La Canción que Encontró mi Corazón

Capítulo 24 — Una familia improvisada

La mañana llegó acompañada de una sensación extraña.

Por primera vez desde que Valentina había decidido alejarse, Adrián tenía la certeza de que algo estaba a punto de cambiar.

No sabía si sería para bien o para mal.

Pero ella había pedido verlo.

Y eso era suficiente para darle esperanza.

Mateo, por supuesto, tenía una opinión mucho más sencilla.

—Se van a reconciliar.

Adrián lo miró mientras desayunaban.

—¿Cómo estás tan seguro?

Mateo mordió una tostada.

—Porque tú haces cara triste cuando no está y cara feliz cuando hablas de ella.

—Eso no demuestra nada.

—Sí demuestra.

—¿Qué?

—Que estás enamorado.

Adrián suspiró.

—¿Y tú cómo sabes tanto sobre el amor?

Mateo se encogió de hombros.

—Tengo seis años.

—Exactamente.

—Los niños sabemos cosas.

Adrián sonrió.

—Claro.

Mateo tomó su vaso de leche.

—¿Va a venir hoy?

—No sé.

—Sí va a venir.

—Mateo...

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque ayer me mandó un mensaje.

Adrián levantó la cabeza.

—¿Qué?

Mateo sonrió.

—Me dijo que me quiere.

Adrián frunció el ceño.

—¿Cuándo hablaste con ella?

—Ayer.

—¿Por qué no me dijiste?

—Porque era secreto.

Adrián se quedó mirándolo.

—¿Y ahora me lo cuentas?

—Sí.

—Mateo...

—No sabía que el secreto seguía siendo secreto.

Adrián soltó una carcajada.

—Eres imposible.

—Pero útil.

—Eso sí.

A media mañana, Valentina llegó al parque.

El mismo lugar donde todo había comenzado.

El mismo banco donde Adrián la había visto por primera vez.

El mismo árbol donde Mateo había perdido su pelota.

Por unos segundos permaneció quieta.

Recordó aquella primera tarde.

No sabía quién era Adrián.

No sabía que tenía un hijo.

No sabía que aquel encuentro cambiaría su vida.

Y ahora estaba allí intentando decidir si podía seguir luchando por aquel amor.

Escuchó pasos.

Adrián apareció.

Ambos se miraron.

Ninguno habló durante varios segundos.

Finalmente, él dijo:

—Hola.

—Hola.

—¿Cómo estás?

Valentina sonrió débilmente.

—He estado mejor.

Adrián asintió.

—Yo también.

Ella bajó la mirada.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte.

—Sí.

—Valentina...

—Me fui porque tenía miedo.

—Lo sé.

—Pero después comprendí algo.

Adrián esperó.

—No puedo seguir tomando decisiones basadas solamente en el miedo.

Él dio un paso hacia ella.

—¿Qué significa eso?

Valentina levantó los ojos.

—Que no quiero terminar contigo.

Adrián sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Incluso con todo lo que está pasando?

—Sí.

Él se acercó.

—Entonces ven aquí.

Valentina corrió hacia él.

Adrián la abrazó con fuerza.

Ella lloró contra su pecho.

—Te extrañé.

—Yo también.

—Muchísimo.

—Yo también.

Valentina levantó el rostro.

—No quiero volver a alejarme.

—No voy a pedirte que lo hagas.

—Pero tenemos que proteger a Mateo.

—Lo haremos.

—Y descubrir quién está detrás de todo esto.

—Juntos.

Ella sonrió.

—Juntos.

Adrián la besó suavemente en la frente.

—Te amo.

—Yo también.

Una voz infantil interrumpió el momento.

—¡LO SABÍA!

Ambos se separaron.

Mateo apareció corriendo.

Detrás de él venía la madre de Adrián.

—¡Papá! ¡Valentina!

El niño llegó hasta ellos.

—¡Volvieron!

Valentina se agachó.

—Sí.

Mateo la abrazó.

—¡Sabía que no podían estar separados!

Adrián miró a su madre.

—¿Lo trajiste?

Ella levantó las manos.

—Él insistió.

Mateo corrigió:

—No insistí.

—¿No?

—Organicé una misión.

Adrián negó con la cabeza.

—Por supuesto.

Mateo tomó una mano de cada uno.

—Ahora tenemos que hacer algo.

—¿Qué? —preguntó Valentina.

—Celebrar.

—¿Cómo?

—Pizza.

Adrián sonrió.

—Eso explica todo.

La celebración terminó convirtiéndose en una pequeña reunión familiar.

Elena llegó con el hermano de Valentina.

La madre de Adrián llevó postre.

Mateo estaba feliz.

Corría de un lado a otro.

—¡Hoy es el día de la reconciliación!

El hermano de Valentina soltó una carcajada.

—¿Quién te enseñó esa palabra?

—La televisión.

—Eso explica muchas cosas.

Valentina miró a Adrián.

—Tu hijo es un espectáculo.

—Lo sé.

Mateo apareció con una caja.

—¡Tengo algo!

—¿Qué es? —preguntó Elena.

Mateo abrió la caja.

Había pequeñas tarjetas.

—Hice invitaciones.

Adrián cerró los ojos.

—Mateo...

—No es para la boda.

Adrián respiró aliviado.

—Ah.

—Es para la cena familiar.

—¿Cena familiar?

Mateo asintió.

—Porque ahora somos una familia.

Todos quedaron en silencio.

Valentina miró a Adrián.

Él tomó su mano.

Elena sonrió.

La madre de Adrián también.

Mateo levantó los brazos.

—¡Familia!

Todos rieron.

Y por un instante, el miedo desapareció.

Pero la tranquilidad duró poco.

El abogado de Adrián llamó.

—Encontramos el archivo 17-B.

Adrián se apartó.

—¿Qué dice?

—Necesito enseñártelo personalmente.

—¿Es grave?

—Es importante.

—Voy.

—Trae a Valentina.

Adrián miró hacia ella.

—La llevaré.

Una hora después, Adrián y Valentina llegaron a la oficina.

El abogado puso un expediente sobre la mesa.

—Este documento fue firmado hace catorce años.

Valentina lo observó.

—¿Qué es?

—Un acuerdo empresarial.

Adrián tomó el documento.




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