La Canción que Encontró mi Corazón

Capítulo 19 — Mateo se entera

La mañana siguiente comenzó con una tranquilidad sospechosa.

Demasiado tranquila.

Adrián estaba sentado en la mesa del comedor, tomando café mientras revisaba algunos documentos en su tableta.

Por primera vez en varios días, parecía relajado.

Incluso sonreía.

Su madre lo observaba desde el otro extremo de la mesa.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Y por qué tienes esa cara?

Adrián levantó la mirada.

—¿Qué cara?

—La de un hombre enamorado.

Adrián casi se atragantó con el café.

—Mamá...

Ella sonrió.

—No tienes que decir nada.

—No estoy diciendo nada.

—Exactamente. Porque tu cara ya lo dijo todo.

Adrián intentó concentrarse nuevamente en la tableta.

Pero su sonrisa regresó.

La noche anterior no dejaba de repetirse en su cabeza.

La lluvia.

La mano de Valentina entre la suya.

Sus palabras.

“Yo también te quiero.”

Y aquel beso.

Su primer beso.

Adrián tocó distraídamente sus labios.

Su madre lo vio.

—Definitivamente estás enamorado.

—Mamá.

—¿Qué?

—Por favor.

Ella soltó una carcajada.

—Está bien. No diré nada.

En ese momento se escucharon unos pasos apresurados.

—¡PAPÁ!

Adrián cerró los ojos.

—Ya empezó.

Mateo apareció corriendo por el pasillo con el cabello completamente despeinado.

—¡Papá!

—Buenos días.

—¿Dónde está?

Adrián frunció el ceño.

—¿Quién?

Mateo puso las manos en la cintura.

—No te hagas.

Su abuela comenzó a reír.

—Buenos días para ti también, detective.

Mateo ignoró el comentario.

—¿Dónde está Valentina?

Adrián dejó lentamente la taza sobre la mesa.

—¿Por qué preguntas?

—Porque ayer saliste y regresaste con cara de tonto.

Adrián abrió la boca.

Su madre soltó una carcajada.

—¡Mateo!

—¿Qué? Es verdad.

—¿Quién te enseñó a decir eso?

—Nadie. Yo lo sé.

Adrián se pasó una mano por el rostro.

—Mateo...

El niño se acercó.

—¿La viste?

—Sí.

—¿Hablaron?

—Sí.

—¿Se abrazaron?

Adrián permaneció callado.

Mateo abrió mucho los ojos.

—¡Se abrazaron!

—Mateo...

—¡Se besaron!

Adrián se quedó inmóvil.

Su madre levantó ambas cejas.

Mateo abrió la boca formando una enorme sonrisa.

—¡SE BESARON!

—¡Mateo! —Adrián intentó detenerlo.

Pero ya era demasiado tarde.

El niño comenzó a saltar.

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!

—Baja la voz.

—¡Tengo que celebrar!

—No hay nada que celebrar.

Mateo lo miró como si acabara de escuchar la mentira más absurda del mundo.

—Papá.

—¿Qué?

—Tú estás enamorado de ella.

Adrián suspiró.

—Sí.

Mateo abrió los brazos.

—¡SÍ!

Corrió alrededor de la mesa.

—¡Voy a tener mamá!

Adrián se levantó inmediatamente.

—Despacio.

Mateo se detuvo.

—¿Entonces sí?

Adrián lo miró.

—No hemos hablado de eso.

—Pero se besaron.

—Sí.

—Y se quieren.

—Sí.

—Entonces falta la boda.

La madre de Adrián comenzó a reír.

—Este niño va demasiado rápido.

Mateo la miró.

—Abuela, tenemos que organizarnos.

—¿Organizarnos para qué?

—Para la boda.

—Mateo...

—Papá, yo puedo llevar los anillos.

Adrián se cubrió el rostro.

—Dios mío.

—¿Puedo?

—Todavía no hay boda.

—Pero habrá.

—No sabemos.

Mateo cruzó los brazos.

—Yo sí sé.

—¿Cómo?

—Porque yo hice el plan.

Adrián lo miró desconcertado.

—¿Qué plan?

Mateo sacó una hoja doblada de su bolsillo.

—Este.

La abrió sobre la mesa.

Era un dibujo hecho con lápices de colores.

Había tres personas tomadas de la mano.

Adrián.

Valentina.

Y él.

Arriba, con letras grandes y torcidas, había escrito:

“MI FAMILIA.”

Adrián dejó de bromear.

Miró el dibujo durante varios segundos.

Mateo lo observaba en silencio.

—¿Te gusta?

Adrián tragó saliva.

—Mucho.

—Entonces no la dejes ir.

Aquellas palabras tocaron algo profundo dentro de él.

Adrián se agachó y abrazó a su hijo.

—No pienso hacerlo.

Mientras tanto, Valentina estaba en casa.

Su madre preparaba el desayuno mientras su hermano revisaba algo en su teléfono.

Valentina entró a la cocina con una sonrisa imposible de esconder.

Su hermano levantó la mirada.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

—¿Por qué sonríes?

Valentina tomó un vaso de agua.

—No sonrío.

Su hermano miró a Elena.

—Mamá.

—Sí.

—Está sonriendo.

Elena sonrió.

—Muchísimo.

Valentina puso los ojos en blanco.

—¿Pueden dejarme tranquila?

—No.

—No.

Madre e hijo respondieron al mismo tiempo.

Valentina suspiró.

—Está bien.

Su hermano dejó el teléfono.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—¿Nada?

—Nada.

—Entonces, ¿por qué pareces una adolescente que recibió su primer mensaje de amor?

Valentina se quedó callada.

Elena abrió los ojos.

—¿Pasó algo?

Valentina se mordió el labio.

—Ayer...

Su hermano se inclinó hacia adelante.

—¿Sí?

—Adrián fue por mí.

—Ajá.

—Estaba lloviendo.

—Ajá.

—Hablamos.

—Ajá.

—Y...

Su hermano golpeó la mesa.

—¡Y qué!

Valentina comenzó a reír.

—Nos besamos.

Hubo silencio.

Después...

—¡LO SABÍA!

Su hermano se levantó de la silla.

—¡Mamá, se besaron!

—¡Ya escuché!

—¡Por fin!

Valentina se cubrió el rostro.

—No puedo creer que les esté contando esto.




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