La mañana había comenzado demasiado tranquila.
Y eso, en la casa de los Montenegro, era una señal de peligro.
Adrián estaba sentado en la mesa del comedor revisando algunos documentos mientras tomaba café.
Valentina estaba frente a él, desayunando en silencio.
Mateo, por su parte, estaba debajo de la mesa.
—Mateo —dijo Adrián sin levantar la mirada—. Sal de ahí.
—No estoy aquí.
Adrián dejó lentamente los documentos sobre la mesa.
—Estoy viendo tus zapatos.
Mateo miró hacia abajo.
—Ah.
Valentina soltó una carcajada.
—Mateo, ¿qué haces debajo de la mesa?
—Estoy pensando.
—¿Pensando qué?
—En algo importante.
Adrián suspiró.
—Eso nunca termina bien.
Mateo salió de debajo de la mesa con expresión seria.
—Quiero tener un perro.
—No —respondió Adrián inmediatamente.
—Pero ni siquiera terminé.
—No necesitas terminar.
—Quiero tener un perro grande.
—No.
—Uno pequeño.
—Tampoco.
—Uno que no ladre.
—Eso no existe.
Mateo pensó unos segundos.
—Entonces quiero un gato.
—Tampoco.
—¿Un pez?
Adrián lo miró.
—Ya tenemos suficiente contigo.
Valentina se rio.
—Pobre Mateo.
—¡Mamá!
Adrián levantó una ceja.
—No lo consientas.
Mateo sonrió.
—Ella siempre me entiende.
Valentina le guiñó un ojo.
—Claro.
Adrián negó con la cabeza.
—Estoy rodeado.
En ese momento sonó el timbre.
Mateo corrió hacia la puerta.
—¡Yo abro!
—¡Espera! —gritó Adrián.
Demasiado tarde.
La puerta se abrió.
Era el hermano de Valentina.
Entró cargando una bolsa enorme de pan.
—¡Buenos días, familia!
Mateo corrió hacia él.
—¡Tío!
—¡Campeón!
Se abrazaron.
Adrián se acercó.
—¿Qué haces aquí tan temprano?
—Vine a desayunar.
—Tú nunca vienes a desayunar.
—Hoy sí.
Valentina lo observó con sospecha.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Eso es exactamente lo que dice alguien que hizo algo.
El hermano de Valentina sonrió.
—Solo vine a compartir.
Mateo abrió la bolsa.
—¡Hay donas!
—Por supuesto.
—Tío, eres el mejor.
—Lo sé.
Adrián cruzó los brazos.
—Estás intentando comprarlo.
—¿Yo? Jamás.
Mateo ya estaba comiendo una dona.
—Me compró.
Todos rieron.
Una hora después, la casa estaba llena.
Habían llegado Elena, Héctor y algunos familiares.
Adrián no entendía por qué Valentina había insistido tanto en reunirlos.
—¿Qué sucede? —preguntó.
Valentina sonrió nerviosamente.
—Tenemos que decirles algo.
El hermano de Valentina levantó la mano.
—Yo ya sé.
Todos voltearon.
Valentina abrió los ojos.
—¿Qué sabes?
—Que estás embarazada.
Silencio.
Adrián se quedó completamente inmóvil.
Mateo abrió la boca.
—¿Qué?
Valentina se puso roja.
—¡¿Cómo lo sabes?!
El hermano sonrió orgulloso.
—Porque encontré una prueba en el baño.
Elena se llevó una mano a la frente.
—¡No tenías que decir eso!
—¿Qué? ¡Es información familiar!
Adrián miró a Valentina.
—¿Es verdad?
Ella respiró profundamente.
—Sí.
Adrián se levantó.
—¿Vamos a tener un bebé?
Valentina sonrió.
—Sí.
Adrián la abrazó inmediatamente.
—Dios mío...
Mateo comenzó a saltar.
—¡Voy a ser hermano!
—Sí —dijo Valentina riendo.
Mateo comenzó a correr alrededor de la mesa.
—¡VOY A SER HERMANO! ¡VOY A SER HERMANO!
El hermano de Valentina lo detuvo.
—Espera.
Mateo se quedó quieto.
—¿Qué?
El hermano miró a Valentina.
—¿Uno?
Valentina y Adrián intercambiaron una mirada.
Ella sonrió.
—No exactamente.
Adrián respiró profundamente.
—Hay algo más.
El hermano de Valentina abrió los ojos.
—¿Dos?
Valentina negó con la cabeza.
—Tampoco.
Mateo dejó de sonreír.
—¿Entonces cuántos?
Valentina tomó la mano de Adrián.
—Tres.
Silencio absoluto.
Nadie reaccionó.
Mateo parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
—¿Tres bebés?
Valentina asintió.
—Trillizos.
El hermano de Valentina dejó caer una dona.
—No.
Elena abrió la boca.
Héctor se quedó mirando al vacío.
Adrián parecía haber olvidado cómo respirar.
Mateo fue el primero en reaccionar.
—¡¿TRES?!
Valentina empezó a reír.
—Sí.
Mateo corrió hacia Adrián.
—¡Papá!
Adrián seguía inmóvil.
—¿Papá?
—Sí...
—¿Estás bien?
Adrián miró a Valentina.
—Creo que sí.
Mateo lo observó.
—Tienes cara de señor que necesita sentarse.
Adrián se dejó caer en la silla.
—Gracias por tu preocupación.
El hermano de Valentina levantó lentamente la mano.
—Tengo una pregunta.
Valentina lo miró.
—¿Qué?
—¿Están seguros de que son tres?
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—¡Es que uno nunca sabe!
Valentina comenzó a reír.
—El ultrasonido confirmó tres.
—Bueno, bueno.
El hombre respiró profundamente.
—Entonces tengo que replantearme muchas cosas.
—¿Como cuáles? —preguntó Elena.
—Mi economía.
Todos soltaron una carcajada.
—¡Ni siquiera son tus hijos! —dijo Valentina.
—Pero soy el tío favorito.
Mateo levantó la mano.
—Eso está en discusión.
—¿Cómo que está en discusión?
—Porque yo voy a ser el hermano favorito.
—Tú no eres mi competencia.
—Sí soy.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Adrián los observó.
—Todavía no nacen y ya tienen una guerra familiar.
Una hora después, Mateo había tomado una libreta.