La Canción que Encontró mi Corazón

Capítulo 4 — La primera mentira

A las siete de la mañana, Adrián Montenegro estaba convencido de que había cometido un error.

No uno empresarial.

No uno financiero.

Uno mucho peor.

Había aceptado llevar a Valentina a cenar.

Bueno... técnicamente no había sido él quien la había invitado.

Había sido Mateo.

Pero Adrián había dicho que sí.

Y ahora se encontraba frente al espejo de su habitación, cambiándose de camisa por tercera vez.

—Esto es ridículo —murmuró.

Se quitó la camisa azul que llevaba puesta y tomó otra.

—Solo es una cena.

Se la puso.

Se miró nuevamente.

—Una cena con una mujer que conocí hace tres días.

Se acomodó el cuello.

—Una mujer que no sabe quién soy.

Se quedó pensativo.

—Y que probablemente ni siquiera quiera saberlo.

La puerta se abrió.

Mateo apareció con el cabello despeinado y todavía en pijama.

—¿Papá?

Adrián se giró.

—¿Qué haces despierto tan temprano?

—Quiero desayunar.

—Son las siete.

—Tengo hambre.

—Siempre tienes hambre.

Mateo lo observó durante unos segundos.

—¿Te estás arreglando para la señorita Vale?

Adrián se quedó inmóvil.

—No.

—Sí.

—No.

Mateo entrecerró los ojos.

—Te pusiste perfume.

Adrián bajó la mirada hacia su camisa.

—¿Y?

—Nunca te pones perfume para ir al trabajo.

—Hoy tengo una reunión.

—Es sábado.

Silencio.

Adrián miró a su hijo.

Mateo sonrió lentamente.

—Te descubrí.

—Baja a desayunar.

—¿Con la señorita Vale?

—Mateo.

—Está bien.

El niño salió corriendo.

Adrián negó con la cabeza.

—Este niño va a terminar dirigiendo mi empresa.

Mientras tanto, Valentina estaba en su casa.

Había recibido la invitación la noche anterior.

Una cena.

Con Adrián.

Y Mateo.

Había aceptado porque Mateo prácticamente se lo había pedido con aquella mirada imposible de rechazar.

Pero no quería reconocer que también había aceptado porque deseaba volver a ver a Adrián.

Por eso había decidido vestirse de la manera más sencilla posible.

Un pantalón de mezclilla.

Una blusa blanca.

Tenis.

Nada de joyas.

Nada de maquillaje excesivo.

Su madre entró a la habitación.

—¿Vas a salir?

—Sí.

—¿Con quién?

—Con unos amigos.

Su madre sonrió.

—¿Amigos?

Valentina evitó mirarla.

—Sí.

—¿Es el hombre del parque?

Valentina abrió los ojos.

—¿Cómo sabes?

—Porque llevas diez minutos frente al espejo.

—No llevo diez minutos.

—Doce.

Valentina soltó una carcajada.

—Mamá...

Su madre se acercó y acomodó suavemente su cabello.

—Solo quiero que seas feliz.

Valentina bajó la mirada.

—No estoy buscando una relación.

—No te pregunté eso.

—Pero...

—Solo dije que quiero verte feliz.

Valentina sonrió.

—Lo sé.

Su hermano apareció en la puerta.

—¿Ya llegó el príncipe?

—¡No es ningún príncipe!

—Entonces ¿por qué te arreglaste?

Valentina tomó un cojín.

—¡Fuera!

Él salió corriendo mientras se reía.

—¡Diviértete con tu desconocido!

Valentina negó con la cabeza.

Pero cuando se quedó sola, sonrió.

Adrián era un desconocido.

Y por alguna razón, le gustaba que fuera así.

A las ocho de la noche, Adrián llegó al restaurante.

Había elegido un lugar discreto.

Nada demasiado elegante.

Nada que pudiera incomodar a Valentina.

Aunque él estaba acostumbrado a restaurantes exclusivos, sabía que ella prefería los lugares sencillos.

Mateo caminaba junto a él.

—¿Crees que venga?

—Claro que vendrá.

—¿Cómo sabes?

—Porque dijo que sí.

—¿Y si cambia de opinión?

Adrián lo miró.

—No la presiones.

—No la voy a presionar.

—Lo prometes.

—Sí.

—Mateo.

—Está bien.

—¿Qué estás planeando?

—Nada.

Adrián lo miró con desconfianza.

—Esa respuesta nunca significa nada bueno contigo.

Mateo sonrió.

Entraron al restaurante.

Y entonces la vieron.

Valentina estaba junto a la ventana.

Mateo salió corriendo.

—¡Señorita Vale!

Ella se levantó y sonrió.

—Hola.

Mateo la abrazó.

—Pensé que no vendrías.

—Te dije que vendría.

—Pero papá dijo que quizá no.

Valentina miró a Adrián.

—¿Ah, sí?

Adrián carraspeó.

—Solo quería prepararlo para cualquier posibilidad.

—Claro.

—De verdad.

Valentina sonrió.

—No te preocupes.

Adrián la observó.

Había algo en ella que lo hacía olvidar completamente lo que debía decir.

—Te ves...

Se detuvo.

—¿Sí?

—Bien.

Valentina arqueó una ceja.

—¿Solo bien?

Mateo intervino.

—Papá quiso decir bonita.

Adrián cerró los ojos.

—Mateo.

—¿Qué?

Valentina comenzó a reír.

—Está bien. Gracias por la aclaración.

Adrián miró a su hijo.

—Vamos a hablar en casa.

—¿Por qué?

—Por muchas cosas.

La cena comenzó tranquilamente.

Mateo pidió una hamburguesa.

Valentina una ensalada.

Adrián algo sencillo.

Durante la comida, hablaron de todo.

Mateo contó historias de la escuela.

Valentina habló de sus libros favoritos.

Adrián habló un poco sobre su trabajo.

Pero evitó mencionar el nombre de su empresa.

—¿A qué te dedicas exactamente? —preguntó Valentina.

Adrián dejó el tenedor sobre el plato.

Aquella pregunta finalmente había llegado.

Podía decirle la verdad.

Podía contarle quién era.

Pero algo lo detuvo.

No quería que la dinámica entre ellos cambiara.

—Tengo una empresa.

—¿Qué tipo de empresa?

—De varios sectores.

Valentina lo miró.




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