La Profeta

Epílogo: Gloria a Seron

Epílogo

Gloria a Serón

Día 28 de nevabry, año 661 d.O. (tres años después)

Irethé, provincia central de Carmesian

El sol salía por el horizonte. Un mensajero cabalgaba por una carretera de arena cercada por árboles de pino, descendiendo por un camino de montaña cerca de la capital de Ciudad Carmesí. Durante el trayecto encontró numerosas patrullas de dos a cuatro hombres armados con proyectores celestérgicos que le dejaban pasar, u otros civiles montados en motocicletas de tecnología oestempuriana que lo saludaban con respeto y reverencias.

El galope lo condujo a través de varios caminos y la vegetación parduzca típica de la comarca interior en aquella época del año, hasta la entrada de un pueblo. Cruzó sus calles a paso rápido, ordenando a grito limpio a los viandantes que lo dejaran pasar. Finalmente, detuvo su montura en medio de una plaza rodeada de estandartes de colores azul, dorado y blanco.

El inquisidor se bajó del animal. Tomó del interior de su alforja un pergamino y aseguró la funda de su lagta en la cintura con la otra mano.

Observó cómo, cerca de la plaza, otro hombre subido a un carro rodeado de soldados vestidos con los mismos colores de la bandera de los llamados serones ayudaba a descargar cajas llenas de armas y munición con un símbolo muy característico grabado en ellas, el emblema de la poderosa familia Merguik, regente de varias naciones de Norempúrium. Un apoyo que los serones iban a seguir teniendo siempre y cuando, por supuesto, hubiera a cambio una considerable cantidad de oro para pagar, obviamente saqueado de los santuarios de las fersas de Irethé.

El mensajero apartó la mirada y avanzó a paso raudo en dirección a un edificio en particular. Un antiguo centro de culto de las conocidas diosas paganas fersas, ahora convertido en una iglesia sagrada dedicada al dios Serón y su profeta en vida, Obel.

Cuando entró por las puertas frontales, encontró filas enteras de devotos y unas pocas devotas en la penumbra, todos arrodillados y mirando en una misma dirección, donde yacía el profeta Obel, demacrado y con el cuerpo carcomido. Estaba sentado en una silla enorme decorada con múltiples capas de telas doradas y blancas. Su cuerpo era gradualmente iluminado por los primeros rayos del sol. La luz caía como una cascada constante sobre el cuerpo del profeta, filtrada por las vidrieras que decoraban las paredes.

Las vestimentas de Obel eran holgadas y de aspecto sedoso. A cada lado tenía sus compañeros más leales. Sentado a su izquierda, con una expresión que hacía pensar que tenía por lo menos veinte veces más edad de la que en realidad tenía, estaba el niño Virko. Al otro lado estaba Goyo, con pronunciadas ojeras y cabellos largos. Redil, por detrás del asiento, hablaba en voz baja con otro hombre vestido con un elegante traje blanco y corbata.

El mensajero pasó entre todos los devotos y se detuvo justo en frente de las primeras filas. Se arrodilló con la mirada apoyada en el suelo.

—Honorable Obel… acaban de informar por la radio codificada que tenemos la localización exacta de los últimos de todos esos malnacidos. Y tal y como ordenasteis, los ejércitos están en posición y listos para asaltar las ciudades principales de Irethé.

Obel extendió su mano abierta sin pronunciar palabra. El mensajero se acercó en todo momento con la cabeza agachada y le dio en mano un informe enrollado. Lo desenrolló y lo leyó en silencio bajo la atenta mirada de reojo de todos los presentes. Redil estrechó la mano del hombre trajeado y se acercó por detrás. Leyó por encima el informe que sostenía Obel.

—Bien —comentó Redil—. Todo va tal y como planeamos. Incluso el Sanctum parece que no ha movido un solo dedo en los últimos meses, como si nos cediesen la victoria. Todas las provincias de Irethé son nuestras y solo las ciudades principales se resisten a ser purificadas de la epidemia fersa. Hoy caerán. Solo… requerimos de un último milagro de Serón, honorable profeta. Un hecho histórico que les deje claro que no les espera ningún tipo de futuro si siguen a sus diosas paganas.

Obel le sostuvo la mirada a Redil durante largos segundos. Hacía muy bien todo ese teatro. Tanto, que durante esos tres años hubo momentos en los que él mismo casi se creyó un dios. Pero, al final, todas las muertes se reducían a un único objetivo: eliminar al Sanctum.

Ni siquiera los que morían sabían que lo hacían con ese objetivo.

—Dilo tú —le susurró con voz ronca, y Redil asintió con la cabeza.

Redil se puso con la espalda recta y alzó la voz, que resonó por toda la iglesia.

—¡Hermanos y hermanas! ¡Hoy hace tres años que inició la liberación de las almas paganas de ésta gran nación! ¡Y este es solamente el inicio de un glorioso futuro de paz mundial! Después de incontables batallas, la resistencia fersa se esconde en las ciudades de Irethé, rodeados por nuestros fieles devotos. ¡Hoy caerán! Sed fuertes, ahora más que nunca… ¡Pronto ninguna persona de Irethé tendrá el chip del damnes, y la población entera se liberará de la enfermedad! ¡Llegado ese momento, todas las naciones escucharán el mensaje de igualdad y prosperidad de Serón!

Hacer pública la existencia de los Securitas fue algo que alarmó a las sociedades de todas las naciones del mundo, sobre todo por la facilidad de comprobar la veracidad de su existencia. El Sanctum tuvo que emplearse a fondo y hacer buen uso del doble pensar para proteger su imagen de las demás naciones, escondiendo mediante manipulación de la información a un nivel nunca antes visto. Toda la guerra se había ralentizado hasta el extremo por mantener ambas organizaciones en la sombra del mundo, el Sanctum disfrazada de policía secreta, la Nueva Mano disfrazada de una nueva religión.

No obstante, Obel conocía perfectamente la verdad. El mundo entero les daba la espalda desde el inicio mismo de la guerra.




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