—No debiste revisarle el celular.
Pocas veces había sido blanco de la severidad de Olga durante su infancia, contadas en la adolescencia. Aquello, además de inesperado, resultaba vergonzoso. Su metro cincuenta se empequeñeció frente al reclamo materno.
—Ya, mamá. No quise hacerlo. No pude evitarlo. Me siento muy mal yo sola. No necesito que tú me lo digas. Pero parece que no oíste lo demás. Lo de los mensajes. Eran muchos. Ella se los enviaba a diario y Ramón se los respondía todos... antes. Me puse a pensar: cada vez que yo me iba a dormir con Rebeca y él se tardaba, era porque estaba hablando con ella. Sabía que se hablaban fuera del trabajo, pero no pensé que tanto. Sentí muy feo. Tú no lo viste sonreír con el celular en la mano.
—Lily: el que busca encuentra. No creo que quieras razones para pensar mal de Ramón.
—No. No pienso mal de él. No creo que haya pasado nada más... Espero que no.
—¿Y si así fuera?
—No me preguntes eso.
—Tú tampoco lo hagas.
Olga guardó silencio un instante, dándole oportunidad de reacomodar su cabeza y corazón.
—De nada sirve que él la haya bloqueado o que no le mande mensajes ya si vas a estar acordándote de lo que no debiste ver. Trabajan juntos, todo lo que deben decirse en el trabajo y tú ni cuenta. Ni modo que vayas a vigilarlos allá.
—Mamá, ya.
—Por eso no tiene caso que estés así. Ramón solo tiene ojos para ti. Se le nota que te adora. No creo que le sonría más a ella, pero eso no lo vas a ver si estás pensando en lo otro. Olvídate de lo que pudo salir mal y disfruta lo que está saliendo bien. Él no tuvo mala intención o no te hubiera dado, así como así, su celular. No importa lo que haga esa muchacha, lo importante es que él te quiere a ti. Hazme un favor y le pides disculpas.
Por el gesto endurecido de Olga, supo que no era una sugerencia.
—Pero si él ni se enojó.
—Porque es muy noble para enojarse contigo, por eso te lo estoy diciendo. Hiciste mal y cuando uno hace mal se disculpa. Punto.
Lily apartó la mirada de la pantalla con ganas de finalizar la videollamada. Había buscado en Olga un hombro para desahogarse y se estaba comiendo una reprimenda. No obstante, debía admitir que haberse sacado lo que le había ardido en el pecho por meses la había hecho respirar a sus anchas.
—Sé que estuve mal. Nunca me había sentido así. ¿A ti nunca te pasó? ¿Nunca te pusiste celosa?
—Con Agustín, no. —Del otro lado de la pantalla, Olga pareció pensarlo mejor y las facciones se le ensombrecieron—. Solo con Carlos. Es de esos hombres que tienen imán para las mujeres. Él no es como Ramón; si una lo buscaba con otras intenciones, no se la pensaba. Ni estando juntos y yo embarazada pudo evitarlo.
Unos segundos de silencio hicieron eco a la confesión. Lily respiró hondo. Tenía presente lo que su madre padeció con el hombre que la engendró a ella. Olga se lo había confesado apenas unos años atrás, luego de que él apareciera de nuevo y torpemente lo aceptara. Desde entonces, sabía que fue un pasaje triste para ambas, aunque ella fuera una niña incapaz de guardarlo por entero en su memoria.
—Lo siento, mamá.
—Por eso te digo que te tranquilices. Deja de desconfiar o lo vas a cansar. Hasta al más santo le puedes hallar la orilla.
—No desconfío de él.
—Y no tienes por qué. Esa muchacha podrá tener o no otras intenciones, pero eso no es culpa de Ramón.
A la culpa se le sumó la miseria por haber dudado, porque sí llegó a dudar. Aquella vez, cuando Ramón le sonrió a Sugey en el Familientag. Con la misma sonrisa tomaba el celular mientras ella lavaba los platos o arrullaba a Rebeca, y no pudo evitar pensarlo. También cuando Sugey respondió el celular en lugar de él. En su cabeza se había formado un ficticio y desagradable escenario. Y sí, había estado furiosa, pero también triste, tan triste que había tenido ganas de llorar hasta desbaratarse. Muchos temores se le habían despertado al mismo tiempo.
Se negó a pensar más en ello.
Para su buena suerte, más allá del celular, alcanzó a ver a Rebeca. La sola imagen de su hija se llevó los malos momentos. Estaba de pie, sus piernas mostraban mayor firmeza con el pasar de los días. Con las manitas sujetas al sofá, practicaba caminar sin atreverse a soltarse aún. No obstante, en ese instante, se quedó quieta viendo a Abril.
A un metro de distancia de la bebé, el gato se pasaba la lengua por el costado, por completo ajeno a las intenciones de su compañera de juegos.
—Lo quiere alcanzar —dijo Lily para sí misma.
—¿Qué? —preguntó Olga.
—Nada, mamá. Te llamo después, tengo que grabar esto.
—Pero Lily...
—Bye.
Finalizó la llamada y abrió la cámara de su celular. Apurada, pulsó el botón de grabar. Se quedó quieta para no interferir. Temía que, si comenzaba a animarla, lograra el efecto contrario. Sin embargo, Rebeca la vio y le dedicó unas risitas que sonaron como música celestial.
—Ma-má —le dijo, flexionando las rodillas una y otra vez, balanceándose en su sitio.
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Editado: 29.09.2026