Más allá de nosotros

28. Cerrar círculos

Desde que Rebeca había comenzado a caminar, se sumó un nuevo reto en el hogar. Ramón no recordaba que con sus hermanos hubiera conocido tanta preocupación, pero con Lily a cargo era distinto. No tomaba a la ligera nada relacionado con su pequeña hija. Y él le concedía razón. A pesar de que el espacio no era grande, el estar de pie hizo a Rebeca alcanzar lugares que antes no podía, con eso, tuvieron que tomar nuevas medidas. Quitar cualquier adorno que pudiera jalar y romper, tapar también los tomacorrientes que ya podía alcanzar, sacar de los cajones más altos los objetos peligrosos para las inexpertas manos. Sin embargo, les daba un respiro que su principal disfrute fuera explorar en donde se guardaba su propia ropa. Podía pasar bastante tiempo sacando las prendas una por una.

Lily jamás se enojaba por eso, y a Ramón le causaba gracia ver cómo, sin atender al color ni a la forma, sus manitas sujetaban la tela con fuerza para luego sacarla y dejarla caer al suelo.

Aquel día, como tantos otros, Ramón aprovechó el descanso entre sus actividades laborales para ver los vídeos que Lily le enviaba de las travesuras más recientes de Rebeca. Era su forma de perderse lo menos posible, también una buena excusa para hablar con su esposa por mensajes.

«Me llamaron de la última entrevista. Para cubrir la incapacidad».

Leer la noticia le sacudió el letargo dejado por la comida. Al mismo tiempo, una sensación fresca, de alivio, le floreció en el pecho.

Imaginó a Lily sonriente y con la alegría desbordándosele en los ojos. Llevaba semanas postulándose con ilusión a empleos, pero de muy pocos la llamaron. Las negativas habían ido mermando su confianza. Que por fin la hubieran elegido significaba para ella mucho más que ganar dinero: era recuperar otra fracción de su vida que había quedado en pausa.

«Vas a ver que cuando te conozcan ya no te van a querer soltar», respondió junto con un emoji de celebración.

«Mejor que me suelten, si no cómo nos vamos a ir a Alemania. Pero mínimo ya voy a poder invitarte a cenar yo».

«Mejor llévame a un motel. Que tenga muchos espejos».

«Que pervertido eres. Nada más en eso piensas».

«No puedo evitarlo. Eres demasiado hermosa», escribió para luego agregar un corazón.

Lily tardó en responder. Quiso pensar que había logrado arrancarle otra sonrisa. O tal vez había bajado la mirada para ocultarse, un destello de timidez casi adolescente que lo enternecía y que haber pasado los treinta años no había borrado en ella.

«Así puedes convencerme de lo que sea».

«Ojalá. Acuérdate, quiero un espejo en el techo y a los lados de la cama».

La puerta de la oficina se abrió en ese momento, obligándolo a despedirse. Klaus entró sin mucha ceremonia. Habían agendado una reunión de equipo en la que, casi podía asegurar, emergería el tema de la competencia entre Abraham y Sugey. No se equivocó, luego de poner sobre la mesa los asuntos importantes, el alemán lo vio directo, como si quisiera hablarle solo a él, aunque el recordatorio fuera para todos.

—El lunes será la presentación de los proyectos que han estado trabajando Abraham y Sugey. También se definirá el vencedor del reto.

—¡Eso! —soltó Octavio, silbando y dando un aplauso fuerte.

—Rudy y yo ya hemos terminado la evaluación del informe escrito, y su novia va a venir. ¿Podemos contar con Lily? Será un placer volver a verla por aquí.

El último comentario le pareció innecesario a Ramón, tan impropio de su líder de equipo. Por otro lado, ya había hablado con Lily y ella quería participar.

—Dijo que sí.

Klaus asintió y siguió con el resto de los puntos. Ramón hizo lo posible por concentrarse en ellos. Cuando la reunión terminó, Abraham fue el primero en levantarse.

—Entonces ya quedó —dijo, mirando a Sugey—. El lunes se acaba esto.

—Eso espero —respondió ella, aún sentada y regresándole la mirada con desgano.

No sonó amistosa.

—Yo nada más quiero ver la cara del que pierda. —Octavio se rio desde su lugar.

—Tú quieres ver sangre —le dijo Rudy. Su seriedad competía con la de Klaus.

—¿A poco tú no? —rebatió el otro.

Era innegable que Ramón se divertía con sus compañeros. La amistad con Sugey se había reducido a interacciones corteses dentro del horario laboral, charlas y bromas junto a los demás que aligeraban las horas. Seguía agradándole verla ahí, quizá por lo que habían compartido en el pasado y porque reconocía que era un buen elemento para el equipo. Incluso, podía apostar a que ella ganaría.

La joven permaneció unos segundos más inclinada en la mesa, escribiendo las últimas anotaciones en su libreta. En cambio, Abraham fue el primero en salir, envuelto en la actitud confiada que lo caracterizaba.

Durante las últimas semanas, sus dos compañeros habían convertido el tema de la aplicación en prioridad. Lo que en un principio había sido una provocación simple y una manera absurda de decidir quién tenía razón, trasmutó a una competencia que ninguno parecía dispuesto a perder.

Y Ramón tenía que admitir que comenzaba a sentir curiosidad. Seguía admirando a Sugey, igual a Abraham: esperaba que el perdedor pudiera aceptar fácil la derrota.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.