Más allá de nosotros

Epílogo

Antes de que el reloj marcara las diez de la mañana, Ramón arribó junto a su familia a Victoria de Durango. Habían optado por viajar temprano pues su pequeña hija estaba de mejor humor y más tolerante a las restricciones por la mañana.

A pesar de que deseaban pasear pues estarían pocos días, fueron al hotel primero para alivianar la pesadez del viaje en autobús. Luego se dedicaron a conocer la ciudad, comer y, por último, buscaron el domicilio que Joel les había enviado por mensaje. Él los había citado a las cinco de la tarde, no obstante, prefirieron tomarse su tiempo para llegar a la hora acordada y terminaron llegando media hora antes.

Primero vieron la tienda abierta, un comercio de barrio con el que ya no contaban muchos fraccionamientos recién construidos. Tan avejentado como las casas y las calles alrededor. Anaqueles con años encima y ese aire familiar de negocio pequeño donde todavía se encuentran tesoros de otra época y el sonido de la televisión abierta es la música de fondo.

Lily y él habían confirmado que era el sitio correcto al verificar la calle y el número en la placa exterior.

Adentro, una mujer anciana y otra muy joven les brindaron un cálido saludo. Los contemplaron unos segundos y parecieron identificar en ellos a los familiares que Joel esperaba.

—Joel no tarda en regresar. Fue a hacer unos encargos —explicó la mujer mayor tras una bienvenida cortes.

La familiaridad al hablar de su hermano marcó la primera impresión de Ramón sobre ella. Sonaba cercana y afectuosa… como una madre. Por lo que sabía, la mujer era la dueña de la habitación que alquilaba Joel y de la tienda donde a veces colaboraba. No imaginó que su relación fuera cercana. En los breves mensajes y llamadas con Joel no hablaba mucho, pero cada frase era significativa. Sabía de Josefina y de Alana, pero nada más. Sin embargo, cuando la dueña de la tienda los invitó a seguirlas a la casa, fueron ellas las encargadas de compartirles los detalles que Joel se había guardado de la manera en que los caminos de los tres se cruzaron.

Y, en las palabras de una mujer casi desconocida cuyo afecto por su hermano saltaba en una voz dulcificada, Ramón conoció una faceta de su hermano que no creyó posible. Sonrió y le tomó a Lily la mano, ella también parecía haberse impresionado de buena manera.

Por los siguientes minutos, sus anfitrionas colmaron a Rebeca de mimos y expresiones cariñosas, haciendo evidente que esa casa hacía mucho tiempo no era adornada por la presencia de un niño pequeño, mucho menos un bebé. Josefina incluso desapareció unos minutos y regresó con una muñeca de estambre para ofrecérsela.

Su pequeña no se resistió. Las manos y los ojos no le alcanzaban a la hora de evaluar un objeto nuevo.

Josefina observaba llena de agrado cada ocurrencia infantil, se le notaban las ganas de pedírsela a Lily para cargarla, pero se contuvo. Acarició la cabecita y volvió a decir que era una bendición. Lo sostuvo incluso cuando Rebeca pegó dos gritos inconformes y pidió a tirones a su madre que la bajara al suelo para poder explorar por sí misma ese ambiente nuevo y estimulante.

—Déjela. No hay nada peligroso y está limpio —casi rogó Josefina.

—Y yo la cuido —ofreció la muchacha a su lado.

A Ramón le bastó notar como Lily miraba a esta última para darse cuenta de que ya había hecho alguna película en la cabeza que la unía con Joel más allá de la amistad. Él no podía asegurarlo, su hermano era un ser extraño. Desde la partida de su padre, se había vuelto ajeno a todo, así era como lo recordaba, aunque alcanzaba a darse cuenta de que el que habitaba esa casa y convivía con esas dos mujeres era otro Joel.

Porque un hogar es más que un lugar conocido, más que la comodidad que brinda una cama tibia y un plato de comida caliente. Habitar unas paredes no las convierte en hogar. El verdadero cobijo late por sí solo, con la cercanía de quien multiplica los buenos momentos y sostiene los complicados. Ramón lo había aprendido a su manera y Joel a la suya. Tuvo la certeza absoluta al verlo atravesar la puerta de aquella vivienda en donde los años se respiraban, filtrando recuerdos por muros, techos y suelos. Memorias de vidas pasadas guardadas en los tapices de los muebles que convivían con lo reciente.

Vestía de forma sencilla, pero limpia. No había rastro de vicio ni vagancia.

La alegría iluminó el rostro ajado de Josefina. Desde el fondo, mientras cuidaba los pasos de Rebeca, Alana le obsequió un gesto travieso al recién llegado. Y Joel les sonrió a las dos.

Ramón apenas podía creerlo. Hacía demasiados años que cualquier expresión afable había abandonado el semblante de su hermano.

Tampoco pudo dejar de notar que no iba solo. Entró con un perro sujeto por una correa. Cuando María Esther le contó que Joel tenía un perro, había dudado un poco de que pudiera cuidar de otro ser, pero era cierto. Nunca volvería a dudar de ninguna buena noticia de Joel.

—¡Carnal, cuñada! —saludó este luego de liberar al animal—. ¡Qué perrón que ya cayeron!

Y, de la forma que Ramón no se atrevió a imaginar que sucediera un día, ni cercano ni lejano, igual que no sucedió la última vez que se vieron antes de la partida de Joel, este fue hacia él. Sus brazos largos, que alguna vez lo habían herido, lo rodearon en un abrazo torpe, rayando en lo tosco, pero cuya sinceridad palpable derritió años de frío.




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