Sin ti, amor.

Capítulo 1: Caer en desgraciada.

Mi padre murió un martes de marzo, a las cuatro y diez de la madrugada, en una cama de hospital que olía a desinfectante y a rendición. Lo sé con tanta exactitud porque yo estaba sentada a su lado, con su mano entre las mías, mirando el reloj de la pared como si pudiera detener el tiempo con la simple fuerza de mi desesperación. Llevaba once días durmiendo en una silla incómoda, comiendo lo que sobraba de las bandejas de los pacientes y estudiando anatomía en voz baja para que él me escuchara. Me gustaba pensar que, aunque ya casi no abría los ojos, le hacía bien oír a su hija recitar los nombres de los huesos, de los músculos, de las arterias. Él siempre decía que yo sería la mejor doctora que hubiera pisado jamás aquella ciudad.

Esa madrugada, la máquina que lo acompañaba emitió un pitido largo, continuo, cruel. Una enfermera entró corriendo, otra detrás de ella, y alguien me apartó con suavidad de la cama mientras yo repetía que no, que esperaran, que todavía faltaba, que mi padre no se iba a ir sin despedirse. Pero se había ido. Se había ido mientras yo recitaba el nombre del nervio vago, ese que recorre el cuerpo entero y llega hasta el corazón. Qué ironía tan despiadada. Yo, estudiante del décimo semestre de medicina, con las mejores notas de mi promoción, no había podido salvar al hombre que más amaba en el mundo.

Me llamo Aiara Ferreira y tenía veintitrés años cuando mi vida se partió en dos.

El funeral fue pequeño y silencioso. Mi padre había sido un hombre bueno, de esos que reparan la cerca del vecino sin que nadie se lo pida, y aun así fueron pocos los que vinieron a despedirlo. La mayoría de las personas que lo conocían trabajaban de sol a sol y no podían permitirse perder un día de jornal. Estaban, sin embargo, los de siempre: el panadero de la esquina, que le dejaba el pan del día anterior a mitad de precio; la señora Almeida, que me vio crecer; y dos antiguos compañeros del taller mecánico donde papá trabajó durante treinta años.

También estaba Lucrecia, mi madrastra, vestida de negro de pies a cabeza, con unas gafas oscuras enormes y un pañuelo de seda que se llevaba a los ojos cada vez que alguien la miraba. A su lado, Daniela, su hija, hojeaba el teléfono con un aburrimiento que ni siquiera se molestaba en disimular.

Yo no lloré durante el entierro. Me quedé de pie junto al ataúd, con la espalda recta y los puños apretados, mirando cómo bajaban a mi padre a la tierra. Sentía que si me permitía derrumbarme, aunque fuera un segundo, ya no volvería a levantarme. Fue la señora Almeida quien me abrazó al final, quien me susurró al oído que mi padre estaría orgulloso de mí, y entonces sí, algo dentro de mí se resquebrajó, y lloré en su hombro como una niña pequeña, mientras Lucrecia observaba la escena con una expresión que yo, ingenua, interpreté como dolor.

No era dolor. Era cálculo.

Mi madre murió cuando yo tenía ocho años. Fue una enfermedad rápida, de esas que no dan tiempo ni para entender lo que está pasando. Recuerdo muy poco de ella: el olor a jazmín de su cabello, una canción de cuna que tarareaba en portugués y la forma en que me miraba, como si yo fuera lo más valioso que había hecho en su vida. De ella solo me quedó una cosa, un collar de oro con un dije en forma de corazón que mi padre le había regalado el día que nació yo. Antes de morir, mamá se lo quitó del cuello con las manos temblorosas, me lo puso a mí y me dijo que nunca me lo quitara. Que ahí dentro iba su amor, y que mientras lo llevara puesto, ella estaría conmigo.

Nunca me lo quité. Ni para bañarme, ni para dormir, ni el día que me presenté al examen de ingreso a la universidad, ni el día que me aceptaron en la facultad de medicina. Aquel corazón dorado latía sobre mi pecho como si fuera el de ella.

Cuando mi padre se casó con Lucrecia, yo tenía once años. Ella llegó a nuestra casa con sus maletas, su perfume caro y una hija de mi edad que me miró de arriba abajo como quien examina un mueble viejo. Papá estaba solo, cansado, y creyó que me estaba dando una familia. Creyó que yo necesitaba una madre y que Daniela necesitaba un padre. Era un hombre demasiado noble para sospechar la maldad de los demás.

Con el tiempo, aprendí a vivir en aquella casa como una invitada. Lucrecia nunca me golpeó, jamás levantó la voz delante de mi padre, pero tenía mil maneras de hacerme sentir que sobraba. Un plato que faltaba en la mesa. Una puerta cerrada cuando yo llegaba. Un comentario envenenado envuelto en una sonrisa. Papá trabajaba tanto que casi nunca lo notaba, y yo no quise cargarlo con mis quejas. Después de todo, ya tenía bastante con mantenernos a todos.

Fue él quien pagó mi carrera, semestre tras semestre, con horas extras y noches sin dormir. Fue él quien vendió su viejo coche para cubrir la matrícula del sexto semestre. Fue él quien me dijo, cuando yo quise abandonar para trabajar y ayudarlo, que ni se me ocurriera, que había sacrificado demasiado para que su hija terminara siendo otra cosa que doctora.

Y ahora estaba bajo tierra.

Una semana después del entierro, Lucrecia me pidió que me reuniera con ella en la sala. Daniela estaba allí, sentada en el sofá con las piernas cruzadas y una sonrisa que me heló la sangre. Sobre la mesa había una carpeta de color marrón y una taza de té que nadie había tocado.

—Siéntate, Aiara —dijo Lucrecia, con una voz tan suave que me erizó la piel.

Me senté. Todavía llevaba puesto el vestido negro del funeral porque no había tenido fuerzas para cambiarme.

—Tu padre, que en paz descanse, dejó algunas deudas —comenzó, abriendo la carpeta con parsimonia—. El hospital, los medicamentos, los últimos tratamientos. Ya sabes que no teníamos seguro. Todo lo que ahorramos durante años se fue en esos últimos meses.

—Lo sé —respondí—. Yo lo vi. Estuve allí.

—Entonces entenderás que la situación es difícil.

—Lo entiendo. Puedo conseguir un trabajo de medio tiempo. Puedo ayudar con las deudas. Pero necesito terminar la carrera, Lucrecia. Me faltan dos años. Solo dos años. Si abandono ahora, todo lo que papá hizo habrá sido en vano.




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