Sin ti, amor.

Capítulo 19: Aire.

Aiara.

El domingo amaneció con olor a jazmín.

No sé de dónde venía. Lo busqué por toda la casa antes de desayunar, abriendo ventanas, asomándome al jardín, rozando con los dedos las macetas del porche. Teodoro juraba que los jazmines no florecían hasta la primavera. Doña Pilar decía que era el perfume del pan recién hecho, que en domingo se le ponía un aroma distinto. Beatriz, con los brazos cruzados y una sonrisa que le llenaba la cara, afirmaba que el aire de aquella casa había cambiado, y que lo que olía a jazmín en realidad era el amor, que se había instalado entre las paredes y ya no pensaba marcharse.

Yo no creo en esas cosas. Pero aquella mañana, de pie en el vestíbulo con la luz entrando a chorros por las ventanas, respirando hondo, dejé de buscar explicaciones y me limité a respirar.

Max bajó a las ocho. Venía despeinado, con la camisa a medio abrochar y una taza de café en cada mano, y se detuvo en el último escalón al verme. Tenía la mirada cansada de quien no ha dormido bien y la sonrisa tierna de quien no se arrepiente.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

—Traigo café.

—Veo que traes dos.

—Uno es tuyo. El otro también.

Reí, tomé una de las tazas y le besé la mejilla. Él cerró los ojos un segundo, como si aquel gesto mínimo le hubiera regalado el día entero. Nos sentamos en la cocina, junto a la ventana abierta. Doña Pilar había dejado sobre la mesa una bandeja de bollos tibios, mantequilla, mermelada de higos y un tarro de miel. Beatriz, por su parte, se había retirado discretamente a la despensa con una excusa tan evidente que casi nos hizo reír.

—Tengo que contarte una cosa —dijo Max, tras un rato de silencio cómodo.

—La sombra del campo.

Se quedó inmóvil.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te conozco. Anoche, al llegar a la verja, te quedaste mirando el sendero. Y después estuviste callado hasta que subimos las escaleras. Y esta mañana tienes ojeras de no haber dormido. —Le tomé la mano—. ¿Qué viste?

Respiró hondo. Me lo contó sin adornos: la figura alta junto al tractor oxidado, la sensación de ser observado, la mirada que le había rozado la nuca como un dedo helado. Que había hablado con el agente Rivas, que había reforzado la vigilancia, que Íñigo y el inspector Cárdenas estaban al tanto. Que no estaba seguro de haber visto nada, pero que prefería ser prudente.

Escuché sin interrumpir. Cuando terminó, apreté su mano entre las mías.

—Hoy es domingo —dije.

—¿Y?

—Que mi padre decía que el miedo trabaja de lunes a sábado. Los domingos descansa.

—Eso no se lo inventó tu padre.

—Se lo inventó mi padre. Y funciona. —Sonreí—. Mañana abriremos una caja. Mañana tendremos miedo, y dudas, y quizá lágrimas. Pero hoy no. Hoy es un día para vivir con el corazón ligero.

—No sé si puedo.

—Yo te ayudo.

—¿Cómo?

—Empezando por hacer lo que te dije que quería hacer. —Dejé la taza sobre la mesa—. Quiero que me acompañes a un sitio.

—¿Adónde?

—Al cementerio.

Max parpadeó. Una sombra le cruzó el rostro, no de rechazo, sino de una emoción más compleja, parecida al respeto.

—¿Estás segura?

—Hace mes y medio que enterré a mi padre y no he vuelto. No me atrevía a ir sola. Pero antes de abrir lo que dejó para mí, necesito decirle que sigo aquí. Y quiero que lo conozcas.

—Aiara...

—Quiero que le pidas permiso.

Se quedó callado. Después, muy despacio, sonrió.

—¿Permiso para qué?

—Para quererme.

El cementerio de San Judas estaba en lo alto de una colina, rodeado de cipreses y de un muro de piedra cubierto de hiedra. Era un sitio sencillo, sin mausoleos ni ángeles de mármol, con hileras de tumbas pequeñas y caminos de grava que serpenteaban entre los árboles. Subimos a pie desde el pueblo, con un ramo de margaritas blancas que Max había comprado en la plaza y un tarro de cristal con agua que yo apretaba entre las manos.

Había poca gente. Una anciana encorvada barría una lápida con una escobilla. Un hombre de mediana edad dejaba flores frescas sobre un nicho. El aire olía a tierra, a cera y a resina de ciprés. A lo lejos, una campana tocaba la hora.

La tumba de mi padre estaba en el rincón más alejado, junto al muro, bajo un olivo viejo de ramas retorcidas. Una losa sencilla de granito gris, con dos nombres grabados: Ricardo Ferreira Lemos, y encima, más desgastado por los años, Ana Lemos de Ferreira. Mi madre y mi padre, juntos por fin, bajo la misma piedra. Alguien había dejado una flor seca sobre la lápida. La señora Almeida, seguramente. Siempre fue ella la que se acordaba.

Me detuve a unos pasos. Sentí que las piernas me flaqueaban. Max, sin decir nada, me rodeó los hombros con un brazo y me sostuvo.

—Puedes irte cuando quieras —susurró.

—No quiero irme.

—Entonces aquí estoy.

Me acerqué despacio. Me arrodillé sobre la hierba húmeda, frente a la losa, con las manos temblando. Coloqué el tarro de agua a un lado, saqué la flor seca con cuidado y deposité en su lugar las margaritas de Max, una a una, con una lentitud casi litúrgica. Después me quedé quieta, con las palmas apoyadas sobre la piedra fría, sin saber qué decir.

—Hola, papá —susurré al fin.

El viento movió las ramas del olivo.

—Perdona que haya tardado tanto. Es que he estado ocupada. —Se me escapó una risa quebrada—. Han pasado muchas cosas. Me quedé en la calle. Pensé en rendirme. Pensé que no tenía sentido seguir. Pero apareció alguien. Apareció esa noche, bajo la lluvia, cuando ya no me quedaba nada.

Sentí las lágrimas rodarme por las mejillas. No las limpié.

—Se llama Max. Es el hombre que está allí detrás, el que no se atreve a acercarse porque tiene miedo de interrumpir. Es un hombre bueno, papá. Tiene las manos grandes y torpes y la costumbre de pedir perdón por todo. Toca el piano de madrugada, aunque cree que no lo oigo. Y me quiere. Me quiere de una forma que yo no sabía que existía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.