Sin ti, amor.

Capítulo 4: Culpa.

Max.

Hay personas que entran en una habitación y la llenan de aire. Mi madre es de las que entran y se lo llevan.

Lo supe desde niño. Recuerdo las cenas de mi infancia, con mi padre intentando contar alguna anécdota del trabajo y ella cortándolo a mitad de frase con un comentario sobre el vino, sobre la corbata, sobre la forma en que sostenía el tenedor. Recuerdo cómo mi padre fue encogiéndose año tras año, como una planta a la que se le niega el sol, hasta que un día su corazón dijo basta y nos dejó solos con la mujer que lo había consumido. Yo tenía veintiséis años. Dejé la facultad de medicina esa misma semana para hacerme cargo de la empresa familiar. Nunca volví.

Aquella noche, después de la llegada de mi madre, no pude dormir.

Me quedé en el despacho con la lámpara del escritorio encendida, la única luz que me permitía en toda la casa, y fingí revisar unos informes que no lograba leer. Las cifras bailaban frente a mis ojos. Cada vez que cerraba los párpados veía a Aiara de pie en el vestíbulo, con el trapo en la mano y el mentón levantado por los dedos enguantados de mi madre, sosteniéndole la mirada con una dignidad que a mí me había costado años aprender.

Lo que más me inquietaba no era la crueldad de mi madre. A esa estaba acostumbrado. Lo que me inquietaba era la furia que sentí en el pecho al verla tocar a Aiara. Una furia caliente, instintiva, que no había sentido en cinco años. Había querido interponerme entre las dos, arrancar aquella mano de su rostro, ordenarle a mi propia madre que saliera de mi casa. Y esa necesidad de proteger a alguien me asustó más que cualquier amenaza.

Porque proteger a alguien era la antesala de perderlo.

Me levanté y fui hasta el mueble donde guardaba la botella de whisky que no tocaba nunca. La miré durante un largo rato. Después volví a dejarla en su sitio. El alcohol había sido mi refugio durante los primeros meses, y también había sido el mejor modo de convertirme en alguien que Valeria no habría reconocido.

Valeria.

Pronunciar su nombre, aunque solo fuera dentro de mi cabeza, me abrió una grieta en el pecho. Eran las doce y media de la noche y había prometido no tocar aquella pieza hasta que me sintiera capaz. Pero esa semana había tocado el piano tres veces. Tres veces en cinco años sin abrir la tapa. Y todo desde que una muchacha empapada y medio muerta apareció bajo la lluvia, arrodillada en el asfalto, con las manos vacías extendidas hacia una calle desierta.

Yo había salido aquella noche sin rumbo, como tantas otras. Conducía de madrugada, sin destino, con las ventanillas cerradas y los faros apagados cuando no había nadie cerca, porque la luz de los coches que venían de frente todavía me paralizaba el pulso. Había aparcado a un par de manzanas de un bar al que no pensaba entrar. Y entonces la vi. A lo lejos, una forma pequeña, encogida, temblando bajo un relámpago. No supe por qué me acerqué. Quizá porque yo también había estado así alguna vez, de rodillas sobre el asfalto, pidiéndole al mundo que me tragara.

Cuando llegué a su lado y me miró, con aquellos ojos castaños llenos de agua y de una desesperación tan antigua que me dolió reconocerla, algo dentro de mí que llevaba cinco años dormido abrió un párpado.

Y ahora tenía a mi madre bajo el mismo techo.

Bajé a cenar a las nueve en punto. No porque tuviera hambre, sino porque conocía a mi madre y sabía que, si no me presentaba, ella enviaría a Beatriz a buscarme con alguna excusa y aprovecharía para interrogarla a solas. Entré en el comedor con la espalda recta y la expresión que había perfeccionado durante años: ni una grieta, ni una emoción.

Mi madre ya estaba sentada a la cabecera de la mesa. Había encendido una vela a su derecha con un gesto despreciativo, como quien hace un favor a un ciego, y había hecho servir la cena en la vajilla buena, la de bordes dorados, la que no usábamos desde el entierro de mi padre. Llevaba un vestido de seda gris perla y el collar de tres vueltas, y tenía la expresión de una reina que acaba de recuperar un trono que nunca debió perder.

—Siéntate, querido —dijo, sin levantar la vista de su copa—. Estás flaco. Esta casa te está consumiendo.

—Buenas noches, madre.

—Buenas noches. Qué sombrío está todo. ¿Cuánto hace que no abres una ventana?

—Cinco años.

—Lo sé. —Sonrió con un deje de condescendencia—. Y fíjate qué bien te ha ido.

Me senté sin responder. Beatriz entró con una sopera de plata y comenzó a servir con las manos temblorosas. Mi madre la observó como quien examina una pieza de mercadería defectuosa.

—Beatriz, querida, ¿sigues usando ese perfume de lavanda barata?

—Sí, señora.

—Se nota. Preferiría que no te acercaras tanto a la mesa. Me quita el apetito.

Beatriz bajó la cabeza y asintió con una humildad que me clavó una astilla en el estómago. Aquella mujer llevaba treinta años en nuestra casa. Había limpiado las rodillas de mi infancia, había cuidado a mi padre durante su enfermedad, había sostenido mi mano en el funeral de Valeria cuando yo ya no podía sostener nada. Y mi madre la trataba como a una criada.

—Beatriz es de la familia —dije, con una calma peligrosa—. Y huele a hogar, que es más de lo que puedo decir de otros perfumes en esta mesa.

Mi madre dejó la copa sobre el mantel con un golpecito seco.

—Qué sensible estás esta noche.

—Estoy cansado.

—Siempre estás cansado. —Cortó un trozo de pan con precisión quirúrgica—. Por eso he venido antes de lo previsto. Alguien tiene que ocuparse de ti. Y, a juzgar por lo que he visto, tienes una tendencia muy preocupante a recoger gente de la calle.

Allí estaba. Lo había esperado desde el momento en que la vi cruzar el umbral.

—Aiara trabaja aquí. Es una empleada como cualquier otra.

—Una empleada. —Dejó que la palabra flotara sobre la mesa—. Qué curioso. Beatriz me ha contado que la encontraste inconsciente en una calle. Que la trajiste aquí en plena tormenta. Que la acostaste en la habitación de invitados, la misma que tu padre usaba cuando se sentía mal. Que llamaste al doctor Salvatierra a las cuatro de la madrugada. Y que, tres días después, la contrataste. Sin referencias. Sin entrevista. Sin consultarme.




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