Sin ti, amor.

Capítulo 23: Anzuelo.

Aiara.

La nota apareció debajo de mi puerta a las dos y cuarenta de la madrugada.

Lo sé porque llevaba horas mirando el reloj de la mesilla, un viejo despertador de latón que Beatriz me había prestado, cuyas manecillas fosforescentes avanzaban con una lentitud cruel. No había podido dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía el hueco vacío del dije sobre el terciopelo azul, la mano de Aldana cerrando el sobre de papel manila, los ojos de Eleonora clavándose en los míos como dos clavos de hielo. Me había quedado tumbada, con las manos sobre el vientre y el cuello desnudo, notando la ausencia del collar como se nota la falta de un diente.

Primero oí el roce. Un deslizamiento suave, de papel contra madera. Después, unos pasos que se alejaban de puntillas por el pasillo.

Me incorporé de golpe. Encendí el candil con la cerilla temblando entre los dedos y vi, sobre las baldosas, un cuadrado blanco asomando bajo la puerta. Lo recogí. Era una hoja doblada en cuatro, de papel grueso, con un aroma tenue a tabaco. La desplegué a la luz amarilla.

Aiara, te necesito. Ven a mi cuarto ahora. No hagas ruido. No se lo digas a nadie. M.

Me quedé inmóvil. El corazón me golpeaba tan fuerte que me dolían las costillas. Leí la nota una vez. Dos. Tres. La letra se parecía a la de Max. Era angulosa, inclinada hacia la derecha, con una eme grande y decidida. Pero algo en ella me inquietaba, un detalle pequeño que no lograba identificar, como una nota desafinada en una melodía conocida.

Pensé en lo que le había prometido hacía unas horas, en la despensa, con su frente apoyada en la mía. Si alguna vez ves algo que te haga dudar de mí, no huirás. Vendrás a mí.

Me puse el abrigo sobre el camisón. Descalza, con el candil en la mano, abrí la puerta con cuidado y asomé la cabeza al pasillo. Estaba vacío. Las lámparas de pared se habían apagado. Solo una rendija de luz plateada, la de la luna colándose por la claustra del fondo, dibujaba un camino pálido sobre el suelo de piedra.

Debí haberme quedado en mi cuarto. Lo sé ahora. Lo supe a medias entonces, mientras avanzaba hacia la escalera con las plantas de los pies heladas y un nudo de advertencia en la boca del estómago. Pero había algo más fuerte que la prudencia. Algo que me empujaba como una mano en la espalda.

Si Max me necesitaba, yo iba a estar allí.

El pasillo del ala este se alargaba como una garganta. Pasé frente a la habitación de Beatriz, de donde salía un ronquido suave. Pasé frente al cuarto de la plancha, donde alguien había dejado una silla en medio del paso. Pasé frente al ventanal del rellano, desde el que se veía el jardín a oscuras y, más allá, el círculo de flores donde había ardido el invernadero. Subí la escalera de caracol sin hacer ruido, sujetando el candil con ambas manos para que la llama no delatase mi presencia.

La puerta de Max era la última del corredor, de madera oscura con un picaporte de latón en forma de cabeza de león. Aminoré el paso. Escuché.

Un sonido metálico, leve, insistente.

Alguien estaba manipulando la cerradura.

Apagué el candil de un soplido. La oscuridad cayó sobre mí como una manta. Me pegué contra la pared, conteniendo la respiración, y fui avanzando centímetro a centímetro hasta que alcancé a distinguir una silueta delante de la puerta. Una forma esbelta, envuelta en una bata blanca, con el cabello suelto sobre la espalda. Se había agachado frente al picaporte y sostenía algo pequeño entre los dedos, que introducía en el ojo de la cerradura con una paciencia concentrada.

Reconocí aquel perfil. La curva de la nuca, el ángulo del hombro. Lo había visto reflejado en cien espejos de mi infancia.

—Daniela —susurré.

Se sobresaltó. El objeto metálico cayó al suelo con un tintineo. Se volvió hacia mí con los ojos desorbitados, y por un segundo vi en su rostro un pánico genuino, desnudo, antes de que la máscara volviera a caer sobre sus facciones como un telón.

—Aiara —dijo, en un hilo de voz—. Qué susto.

—¿Qué haces aquí?

—Yo... estaba... —Se llevó una mano al pecho con un gesto teatral—. Soy sonámbula. Desde niña. Mamá lo sabe. A veces me levanto y camino sin darme cuenta. No sé cómo llegué.

—Tienes una ganzúa en el suelo.

—No es una ganzúa. Es una horquilla.

—Es una ganzúa, Daniela.

—Estás equivocada. —Dio un paso hacia mí, con las manos extendidas—. Escúchame. No hagas ruido. Si Eleonora se entera...

—No te acerques.

—Aiara, por favor.

Se movió tan deprisa que apenas me dio tiempo a retroceder. Me agarró de la muñeca con una fuerza inesperada y, antes de que pudiera reaccionar, abrió la boca y gritó con todos sus pulmones.

—¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Max! ¡Me está atacando!

El eco de su voz rebotó en las paredes del pasillo como un trueno. Sentí que el mundo se inclinaba. Intenté soltarme, pero ella se aferraba a mi brazo con las dos manos, tirando de mí hacia la puerta.

—¡Max! ¡Ayúdame! ¡Es Aiara! ¡Se ha vuelto loca!

—¡Suéltame!

—¡Auxilio!

La puerta se abrió de golpe.

Max apareció en el umbral, con la camisa arrugada, el cabello revuelto y una lámpara de aceite en la mano. Tenía los ojos entrecerrados, el rostro enrojecido por el sueño, y en la otra mano llevaba un atizador de hierro que alzó en el aire antes de reconocernos. Se quedó inmóvil. La luz de la lámpara iluminó la escena como un relámpago: yo en camisón y abrigo, descalza, con el candil apagado a mis pies; Daniela agarrada a mi brazo, con la bata abierta sobre el pecho y los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué está pasando aquí?

—Max —sollozó Daniela—. Me ha agredido. Me ha agarrado del brazo y me ha amenazado. Dice que si no me voy de la casa...

—¡Es mentira! —grité—. ¡Ella estaba forzando tu cerradura!

—Eso es absurdo —lloriqueó Daniela—. Yo solo buscaba el baño y...

—Daniela. —La voz de Max sonó seca como un latigazo.

Ella se calló. Me soltó. Se echó hacia atrás, con las lágrimas rodándole por las mejillas y un gesto de víctima desvalida que habría conmovido a una piedra. Max bajó el atizador. Nos miró alternativamente, con la mandíbula tensa, y por un segundo, un segundo largo, temí ver en sus ojos una sombra de duda.




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