Sin ti, amor.

Capítulo 6: Promesa.

Max.

Esperé a que la casa se durmiera para ir a buscar a mi madre.

No fue una decisión impulsiva. Llevaba horas ensayando mentalmente la conversación, midiendo cada frase, anticipando cada respuesta suya con la precisión de un jugador de ajedrez que conoce de memoria las aperturas de su rival. Después de la cena con los Whitmore, después de ver a Priscila salir despechada y a Aiara recoger la bandeja con aquella espalda recta que parecía hecha de acero, supe que no podía seguir aplazando lo inevitable.

Eran casi las dos de la madrugada cuando bajé al salón. La encontré donde sabía que estaría: sentada frente a la chimenea apagada, envuelta en su bata de seda gris, con una copa de coñac entre los dedos y la mirada perdida en las cenizas. No se sobresaltó al verme entrar. Nunca lo hacía. Mi madre tenía la costumbre de recibir las tormentas con la misma serenidad con que otras personas reciben la correspondencia.

—Tardaste menos de lo que pensaba —dijo, sin volverse.

—Querías que viniera.

—Te conozco, hijo. Eres incapaz de dejar un asunto sin resolver. Igual que tu padre.

Me acerqué hasta el sillón de enfrente y me quedé de pie, con las manos a la espalda. No me senté. Había aprendido que, frente a Eleonora MacCarthey, sentarse era una forma de rendición.

—Lo que hiciste esta noche fue inaceptable.

—¿Lo que hice yo? —Levantó la vista, con una ceja delicadamente arqueada—. Yo organicé una cena civilizada. Fuiste tú quien montó un espectáculo por una criada.

—Priscila mintió. Tú lo sabes.

—No sé nada de eso.

—Vi cómo volcaba la copa. Tú también lo viste. Y no dijiste nada.

—Porque la verdad, querido, es un lujo que no siempre conviene. —Dio un sorbo lento—. Esa muchacha es una distracción. Una distracción peligrosa, que ha conseguido en una semana lo que yo no logré en cinco años: sacarte de tu cueva. Y eso, que debería alegrarme, me preocupa enormemente.

—¿Por qué?

—Porque no se sale de una cueva por nada. Se sale porque alguien enciende una antorcha. Y las antorchas, Max, también queman.

—No tienes ningún derecho a juzgarla.

—No la juzgo. La observo. —Dejó la copa sobre la mesa con un golpecito seco—. Y lo que veo es a una joven muy lista, con un talento excepcional para despertar la compasión de los hombres rotos. Una joven que se queda con las manos vacías justo cuando alguien millonario pasa por ahí. Una joven que, casualmente, ha preferido servir en tu casa antes que pedir ayuda a ningún familiar.

—No tiene familiares.

—Todos tienen familiares. —Sus labios se curvaron—. Incluso los que dicen no tenerlos.

Algo en la manera en que lo dijo me heló la nuca. No era una sospecha. Era un conocimiento. Una carta guardada en la manga que todavía no había decidido jugar.

—¿Qué has averiguado?

—Nada que no vayas a descubrir tú solo. —Se puso de pie con una gracia estudiada y se ajustó la bata—. Te voy a pedir una sola cosa, Max. Una. Que no hagas nada irreversible sin conocer el origen de esa chica. Me lo debes. Soy tu madre.

—Te lo debo todo menos el derecho a decidir por mí.

—Qué nobles palabras. —Sonrió, y aquella sonrisa me recordó a una serpiente que sonríe a un ratón—. Ya veremos si las sostienes cuando llegue el momento.

Se detuvo junto a la puerta, con la mano sobre el pomo.

—Y para tu información, he decidido quedarme una temporada. Tres meses, quizá cuatro. La casa necesita una mano firme.

—No es una casa que necesite tu mano.

—Eso lo dices porque no ves las telarañas, querido. —Me dirigió una última mirada, serena, casi maternal—. Buenas noches.

La puerta se cerró con un chasquido suave. Me quedé solo en el salón, con el olor a coñac y a perfume pesado flotando en el aire, mirando las cenizas como si en ellas pudiera leerse el futuro.

Tres meses.

Aquella mujer iba a convertir mi casa en un campo de batalla, y yo estaba seguro de que la primera baja sería la única persona inocente que había en ella.

Gaspar Ibáñez llegó a las nueve de la mañana, un día antes de lo previsto.

Lo recibí en el despacho. Era un hombre robusto, de cincuenta y tantos años, con un bigote entrecano y una gabardina que parecía tan gastada como sus ojos. Se sentó frente a mi escritorio sin pedir permiso, sacó del bolsillo interior un pequeño envoltorio de terciopelo negro y lo dejó sobre la madera con la delicadeza de quien deposita un huevo.

—Tuvo que hacerse un ajuste —dijo—. El prestamista no quería soltarlo por menos del triple de lo que pagó. Pero me conoce desde hace años, y le recordé un par de favores que me debía. Al final salió por una cifra razonable.

—Págale lo que quiera. No me importa el precio.

—Ya lo sé. Por eso lo negocié yo. —Esbozó una media sonrisa—. A los ricos les gusta pagar de más, pero a mí me gusta ahorrar.

Desenvolví el terciopelo con cuidado.

Allí estaba. Un collar de oro delgado, antiguo, con la cadena nueva, recién soldada por un joyero. Y colgando de ella, un dije en forma de corazón del tamaño de una uña, de líneas suaves, con los bordes desgastados por años de contacto con la piel. Lo tomé entre los dedos y le di la vuelta. En el reverso, grabadas con una caligrafía fina, estaban las dos iniciales: R y A. Y debajo, una fecha. El día en que nació Aiara.

Me quedé mirándolo un largo rato.

Conocía el peso de aquellos objetos. Tenía en el cajón de mi mesilla una alianza de oro blanco que no me había atrevido a mirar en cinco años, y sabía lo que significaba sostener entre las manos un trozo de metal que contenía una vida entera. Aquel corazón no valía nada en el mercado. Pero para Aiara era el único testimonio de que sus padres habían existido, de que habían querido a una niña lo suficiente como para grabarle su nombre en el oro.

—Gracias, Gaspar —dije, con la voz algo ronca—. No sabes cuánto significa esto.

—Algo me imagino. —Se levantó, se ajustó la gabardina y se quedó un momento en silencio—. Una cosa más, Max. No es asunto mío, pero te lo digo como amigo.




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