Sin ti, amor.

Capítulo 10: Cimientos.

Max.

Hay noches que te cambian la manera de mirar el amanecer.

Aquella lo hizo. Dormí apenas dos horas, tumbado sobre la colcha con la ropa puesta y las cortinas del dormitorio abiertas de par en par, viendo cómo el cielo pasaba del negro al azul acero y del azul acero a un gris rosado que me dolía en los ojos y, al mismo tiempo, me sostenía. Había aprendido en aquellos días a respirar dentro de la luz, a contar los segundos, a decirme que los faros no estaban allí. Ya no lo hacía con tanto esfuerzo. Mi cuerpo comenzaba a entender que el sol, al fin y al cabo, no era un enemigo.

Pensé en Aiara con los arañazos de Lucrecia en el cuello. Pensé en su voz diciéndome siempre llegas. Y pensé en una frase de mi padre que había olvidado durante años: un hombre se mide por lo que está dispuesto a defender cuando nadie lo mira.

A las seis bajé a la cocina. Beatriz estaba allí, de espaldas, amasando con la furia de quien descarga una pena sobre la harina. Me miró de reojo y no dijo nada, pero deslizó una taza de café humeante sobre la mesa con un gesto casi ceremonioso.

—¿Aiara? —pregunté.

—Está en el huerto con Teodoro desde antes del alba. Dice que necesita estar entre cosas que crecen. —Golpeó la masa con el puño—. Esa muchacha no pegó ojo, señor Max. La oí caminar por el pasillo toda la noche.

—Lo sé. Yo tampoco.

—Pues entonces ya son dos los que no duermen en esta casa. Y tres, contando a la víbora del ala oeste, que anoche se dedicó a pasear por el jardín como un fantasma con abrigo de piel.

Me quedé inmóvil con la taza a medio camino.

—¿La viste?

—Doña Pilar la vio. Yo solo oí la puerta. —Se limpió las manos en el delantal y me clavó sus ojos castaños—. Señor Max, con todo el cariño que le tengo, esa mujer se ha traído a la peor de las compañías. Y esa compañía no ha venido por casualidad.

—Lo sé.

—Entonces haga algo antes de que sea tarde.

Dejé la taza sobre la mesa y salí al jardín.

Encontré a Aiara de rodillas entre las hileras de tomates, con las manos hundidas en la tierra oscura y el cabello recogido bajo un pañuelo. Teodoro estaba a unos pasos, podando una rosa con una concentración solemne. Cuando me vio llegar, el anciano carraspeó, murmuró algo sobre unas tijeras que se había dejado en el cobertizo y se alejó con una discreción tan poco convincente que Aiara sonrió sin levantar la vista.

—Tiene ochenta y un años y todavía finge que se le olvidan las cosas para dejarnos solos —dijo.

—¿Tan evidente soy?

—Para él, sí. Para mí, no tanto.

Me agaché a su lado. La tierra olía a lluvia antigua y a raíces. Ella siguió trabajando, enterrando con cuidado una plantita de albahaca en un hueco que había cavado con los dedos.

—Max —dijo al cabo de un rato—. Tengo que contarte una cosa que vi anoche.

—Lo sé.

Alzó la cabeza, sorprendida.

—Beatriz me ha dicho que tu madre estuvo en el jardín.

—No solo ella. —Respiró hondo—. Estaba con Lucrecia. Hablaban junto al banco de piedra, a la luz de una lámpara. Tu madre le entregó un sobre. Era el mismo que me ofreció a mí, Max. El de papel color crema. Lucrecia lo abrió y contó algo. Y después se rieron.

La tierra se me quedó entre los dedos como ceniza fría.

—¿Estás segura?

—Lo vi con mis propios ojos.

Guardé silencio un momento. Había esperado algo así, pero oírlo en voz alta lo volvía real, tangible, imposible de ignorar. Mi madre había comprado a Lucrecia. No sabía todavía el precio ni el propósito, pero la jugada era evidente: si no podía sobornar a Aiara para que se marchara, la destruiría desde dentro, con la ayuda de la única persona capaz de hacerle más daño que cualquier extraño.

—No voy a permitir que te hagan nada —dije.

—No es eso lo que me preocupa.

—¿Entonces qué?

—Que no sé qué quieren de mí. —Se limpió las manos en el delantal—. Tu madre quiere echarme. Eso lo entiendo. Pero Lucrecia no necesita dinero para odiarme. Si aceptó el sobre, es porque hay algo más. Algo que ganará si yo desaparezco.

Aquellas palabras se me quedaron grabadas en la cabeza como una grieta.

—La cuenta de tu padre —murmuré.

—Eso pensé yo también.

Me puse de pie de golpe.

—Vístete —dije—. Hoy no vas a trabajar.

—Max, hay mucho que...

—Beatriz se ocupará de la casa. Tú vienes conmigo.

El despacho de Íñigo Arce quedaba en el último piso de un edificio de cristal en el corazón financiero de la ciudad. Era mi abogado desde hacía diez años, un hombre menudo y astuto, de gafas redondas y bigote fino, con la costumbre de morder el capuchón de su pluma cuando algo le interesaba. Lo conocía lo suficiente para saber que, si me recibía sin cita a las nueve de la mañana, era porque mi nombre aún pesaba más que cualquier agenda.

Aiara se sentó a mi lado en un sillón de cuero, con las manos entrelazadas sobre el regazo y el cuello cubierto por un pañuelo claro que le había prestado Beatriz. Parecía pequeña en aquel despacho enorme, rodeada de estanterías de caoba y diplomas enmarcados. Pero mantenía la barbilla alta, y yo, que ya había aprendido a leer su cuerpo, vi el temblor de sus dedos y el modo en que apretaba los nudillos para ocultarlo.

—Cuéntame exactamente qué necesitas —dijo Íñigo, mordisqueando el capuchón.

Se lo expliqué. La cuenta bancaria, el hospital público, la frase de Lucrecia sobre las deudas que no existían. Íñigo escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, se volvió hacia Aiara con una amabilidad inesperada.

—Señorita Ferreira, ¿recuerda el nombre del banco?

—Banco del Sur. Mi padre tenía una libreta azul. La guardaba en el taller, dentro de una caja de herramientas.

—¿Y su nombre completo?

—Ricardo Ferreira Lemos.

—¿Fecha de fallecimiento?

Aiara tragó saliva.

—Catorce de marzo.

Íñigo tomó nota. Después levantó el auricular, marcó un número que se sabía de memoria y habló en voz baja durante unos minutos con alguien al otro lado. Yo lo observaba con el corazón latiéndome despacio, como quien espera el fallo de un jurado. Aiara no se movió. No parpadeó. Solo apretaba el dije contra el pecho.




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