Max.
Íñigo me llamó el viernes por la tarde con una voz que yo conocía bien: la de un hombre que ha ganado una batalla pequeña y sabe que la guerra apenas empieza.
—Firmado —dijo, sin saludar—. El juez Escobedo estampó su rúbrica a las cuatro y diez. Tienes autorización para abrir la caja doscientos catorce del Banco del Sur, en presencia de un notario, de la heredera legítima y de un funcionario judicial. El lunes a las nueve.
Me quedé de pie frente a la ventana de mi despacho, con el teléfono pegado a la oreja y la vista fija en el jardín. Abajo, bajo los manzanos, Aiara tendía la ropa junto a Beatriz. Se había recogido el cabello con un pañuelo azul y reía de algo que la anciana le decía, con la cabeza echada hacia atrás y las mangas arremangadas hasta los codos. El sol de la tarde le doraba los brazos. Pensé que era la imagen más hermosa que había contemplado jamás.
—Max, ¿sigues ahí?
—Sigo.
—Quiero que entiendas que no sabemos qué hay dentro. Puede ser un tesoro. Puede ser un cadáver. Puede ser una carta de despedida o el expediente completo de una red criminal. Tu amiga debe estar preparada para cualquier cosa.
—Lo sé.
—Entonces no la dejes sola este fin de semana.
—No pensaba hacerlo.
—Bien. —Una pausa breve—. Y Max. Cuídate tú también. Los hombres que organizan estas cosas no suelen perdonar que alguien tire del hilo.
Colgué. Me quedé un rato inmóvil, escuchando el rumor lejano de las risas que subían del jardín, y tomé una decisión. Durante tres días habíamos vivido bajo la sombra de una nota amenazante, de un coche que merodeaba por el camino, de una verdad que dormía dentro de un corazón de oro. Aiara no se quejaba, pero yo veía cómo el cansancio le oscurecía los ojos al caer la tarde. Y el lunes abriríamos una puerta que quizá nos doliera.
Antes de eso, quería regalarle una noche sin sombras.
La encontré en la cocina, pelando manzanas, con un cuchillo pequeño y la lengua entre los dientes. Me detuve en el umbral para mirarla. Había algo en la manera en que giraba la fruta, en cómo la cáscara caía en una espiral perfecta, que me llenaba el pecho de una ternura insoportable.
—Aiara.
—Dime.
—Ponte algo abrigado.
Levantó la vista, con el cuchillo suspendido en el aire.
—¿Adónde vamos?
—A un sitio.
—Siempre dices eso.
—Y siempre acierto.
—No siempre.
—El arroz fue una excepción.
Rió, dejó las manzanas sobre la mesa y se limpió las manos en el delantal.
—Dame cinco minutos.
El lago de los Sauces quedaba a veinte minutos a pie por un sendero que cruzaba los campos de trigo. Era un espejo oscuro de agua tranquila, rodeado de juncos y de sauces llorones cuyas ramas rozaban la superficie, que pertenecía a la finca desde los tiempos de mi bisabuelo. De niño pasaba allí los veranos enteros, remando en una barca vieja que mi abuelo había pintado de verde, persiguiendo ranas y coleccionando piedras planas para lanzarlas contra el agua. Después de la muerte de Valeria no había vuelto. Ni siquiera había mirado en aquella dirección desde el balcón.
Salimos a las seis y media, con el cielo teñido de un naranja suave y el aire cargado de olor a trigo maduro. Aiara llevaba un abrigo de lana color mostaza que le colgaba hasta las rodillas, un gorro tejido que Beatriz le había prestado y las manos metidas en los bolsillos. Yo cargaba con una mochila de cuero en la que había guardado una manta, un termo de chocolate caliente, dos tazas de latón y un pequeño gramófono portátil que Teodoro había sacado del trastero y limpiado con un trapo de franela.
—¿Llevas música? —preguntó, señalando la mochila.
—Quizá.
—¿Para qué?
—Para cuando llegue el momento.
—Hablas como un misterioso.
—Es que lo soy.
—Eres un cursi.
—Eso también.
El sendero atravesaba los campos como una cinta pálida. A ambos lados, el trigo se mecía con un susurro suave, dorado a la luz del crepúsculo. Una bandada de pájaros cruzó el cielo en dirección al bosque. Más allá, un tractor abandonado se oxidaba junto a una zanja, con la rueda delantera hundida en la hierba. Aiara caminaba a mi lado, con el brazo enlazado al mío, hablando de cualquier cosa. Me contó que, de pequeña, solía esconderse en un campo de trigo cerca del taller de su padre para leer sin que nadie la molestara. Que una vez se había quedado dormida allí hasta que anocheció y su padre salió con una linterna a buscarla, gritando su nombre por toda la ciudad.
—Cuando por fin me encontró, no se enfadó —dijo, con la mirada perdida en el horizonte—. Se sentó a mi lado en el suelo, me abrazó, y me dijo: no vuelvas a asustarme así, mi niña, que tu padre tiene el corazón pequeño y la cabeza grande.
—Qué frase tan hermosa.
—Era un hombre de frases hermosas. —Sonrió con una tristeza dulce—. Siempre me pregunto qué me habría dicho de ti.
—¿Y qué crees?
—Que te habría puesto a arreglar un motor para ver si eras de fiar.
Rompí a reír.
—Habría fracasado estrepitosamente.
—Habría fracasado. Y él te habría perdonado en seguida.
—Por qué.
—Porque te habría visto mirarme.
Me detuve en medio del sendero. Ella también. Nos quedamos frente a frente, con el trigo susurrando a nuestro alrededor y el sol hundiéndose tras los campos, y en aquel instante entendí con una claridad absoluta que, si algún día se me concedía una sola hora más de vida, quería pasarla mirándola.
—¿Qué pasa? —preguntó, con las mejillas encendidas.
—Nada.
—Max.
—Que te quiero. Y que acabo de darme cuenta de que lo digo mucho, pero nunca lo suficiente.
—Pues sigue diciéndolo.
—Te quiero.
—Otra vez.
—Te quiero.
—Una más.
—Te quiero, Aiara Ferreira. —Le tomé las manos—. Y si tu padre estuviera aquí, me gustaría decírselo a él también.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero sonrió. Se puso de puntillas y me besó en los labios, un beso breve, tibio, con sabor a aire de otoño. Después echó a andar de nuevo, tirando de mi mano.
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Editado: 18.10.2026