Aiara.
Amanecí con la melodía de Max todavía enredada en la cabeza.
No sé cuántas veces la tarareé aquella mañana mientras me trenzaba el cabello frente al espejo de mi cuarto. Una frase que subía, se detenía, volvía a subir y no se rompía. Rendija. Había sido mi idea, un capricho que se me escapó entre dos respiraciones, y él la había aceptado con aquella sonrisa torcida que ya empezaba a considerar mía. Me miré en el espejo y me sorprendió lo que vi: unas mejillas sonrosadas, unos ojos más brillantes de lo que recordaba, una boca que se negaba a quedarse seria.
Llevaba tres semanas viviendo en aquella casa y todavía había momentos en que me costaba creer que no fuera una pausa de la tormenta. Que alguien, en algún lugar, no estuviera a punto de sacudirme por los hombros y decirme que ya era hora de volver a la calle. Pero aquella mañana, con el dije tibio sobre el pecho y el recuerdo del último acorde en la piel, me permití pensar que quizá la tormenta de verdad había pasado.
Qué ingenua fui. Las tormentas no pasan. Se reorganizan.
—Vaya cara de gato que se ha comido al canario —dijo Beatriz cuando entré en la cocina.
—No tengo ninguna cara.
—Tienes la cara de quien ha pasado media noche tocando el piano con el señor Max. —Me guiñó un ojo mientras servía el café—. Doña Pilar bajó a las doce a buscar un vaso de leche y os oyó. Dice que tocabais como dos gorriones aprendiendo a volar.
—Beatriz.
—Yo no digo nada. —Se santiguó con una solemnidad exagerada—. Pero si se me escapa una lágrima en el próximo almuerzo, que nadie me pregunte por qué.
Me reí, con las orejas ardiendo, y escondí la cara en la taza.
Max entró unos minutos después. Se había puesto una camisa clara, sin chaqueta, con las mangas arremangadas hasta los codos, y llevaba bajo el brazo unos papeles que dejó sobre la mesa con descuido. Al verme, se detuvo un segundo. Un segundo apenas, pero lo bastante largo para que Beatriz tosiera con disimulo y se llevara a Doña Pilar hacia la despensa con una excusa absurda sobre unas lentejas.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días.
—¿Has dormido?
—Un poco. ¿Y tú?
—Casi nada. —Esbozó una media sonrisa—. Pero es la primera vez en cinco años que no me importa.
No supe qué responder. Me quedé mirando mis manos alrededor de la taza, sintiendo cómo el corazón me hacía una cabriola absurda en el pecho. Max carraspeó, se sentó frente a mí y empujó hacia mi lado de la mesa una tarjeta de visita color marfil.
—Madame Odette Ferrand. Es modista. Vendrá esta mañana a las diez.
—¿Para qué?
—Para el vestido de la gala.
Dejé la taza sobre el plato con más fuerza de la necesaria.
—Max, ya hablamos de esto. No voy a aceptar que me regales un vestido.
—No te lo regalo. Te lo presto.
—Un vestido hecho a medida no se presta. Se compra.
—Entonces lo anotamos en la lista.
—¿Qué lista?
—La de lo que me vas a devolver cuando quieras. —Sacó del bolsillo una libreta pequeña, de tapas negras, y la abrió sobre la mesa. Había una columna de conceptos escritos con su letra firme: médico, ropa, alojamiento, zapatillas de lana. Y una cifra al final, subrayada dos veces—. Sé que no puedes soportar deberle nada a nadie. Así que llevo la cuenta. Cuando recuperes lo que te robó tu madrastra, o cuando seas doctora, o cuando te parezca, me lo devuelves. Con intereses si quieres.
Lo miré con la boca ligeramente abierta.
—¿Has llevado la cuenta de todo esto?
—Desde el primer día. Beatriz me dijo que si no lo hacía, te negarías a aceptar hasta un vaso de agua.
—Qué traidora.
—Qué sabia.
Me mordí el labio para no sonreír. Max aprovechó mi silencio para añadir en voz baja:
—Aiara. No eres una carga. Pero entiendo que necesites sentirlo así. Si anotarlo te da paz, anótalo. Pero déjame vestirte para esa noche. Por favor. No por mi madre, ni por los invitados. Por ti. Porque mereces entrar en ese salón sintiéndote tan hermosa como eres.
Sentí que se me humedecían los ojos.
—Eso no se dice a la gente a las ocho de la mañana.
—Lo siento.
—No lo sientas. Pero avisa antes.
Rió en voz baja. Y yo, que ya no podía fingir indiferencia, acepté la tarjeta.
Madame Odette Ferrand era una mujer diminuta de unos sesenta años, con el cabello blanco peinado en un moño redondo, unas gafas colgadas de una cadenilla y la costumbre de hablar con alfileres entre los labios. Llegó a las diez en punto con tres ayudantes, dos baúles y un metro de costurera enrollado al cuello como una serpiente amistosa. Se instaló en la sala de costura del segundo piso, una habitación olvidada desde la muerte de la madre de Max, y en menos de una hora la había transformado en un taller de telas y sedas.
—Quítese el uniforme, querida —ordenó, sin mirarme—. Y no se avergüence. He vestido a duquesas y a cantantes de ópera. Todos los cuerpos son hermosos si se les hace justicia.
Obedecí con el rostro encendido. Me midieron la cintura, los hombros, el largo de los brazos, la curva de la espalda. Madame Odette hablaba sola, murmurando cifras a sus ayudantes con una rapidez de metralleta. Cuando terminó, se apartó dos pasos, me examinó con la cabeza ladeada y se quitó las gafas.
—Azul medianoche —sentenció.
—¿Cómo dice?
—El color. Azul medianoche. Con un toque de plata en el corpiño, nada de lentejuelas, que son vulgares. Escote en pico, espalda baja pero sin exagerar, falda de seda con caída libre. —Me clavó los ojos—. Tiene los hombros de una bailarina y el cuello de una reina. Es un delito esconderlos.
—Yo no soy ninguna de esas cosas.
—Eso lo decidirá el espejo, no usted.
Me llevó frente a un espejo de cuerpo entero, apoyó sobre mis hombros un trozo de tela del color de la noche y me dejó mirándome. No me reconocí. La seda me caía por el pecho como un chorro de agua oscura. Mi piel, que siempre había considerado demasiado morena, brillaba contra el azul con una luz que no sabía que tenía. Madame Odette me sujetó el cabello en un moño improvisado, dejando libre el cuello, y el dije dorado quedó justo en la hondonada de la clavícula, como una estrella.
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Editado: 18.10.2026