Sin ti, amor.

Capítulo 17: Estrellas.

Aiara.

Max me enseñó la nota a la mañana siguiente, en la cocina, con la voz baja y la mandíbula tensa.

La había dejado sobre la mesa, junto a la taza de café, doblada en cuatro. Pronto estaré allí. Tres palabras de una letra torcida que yo conocía mejor de lo que me habría gustado. Las leí una vez y sentí cómo se me aflojaban las rodillas. Me senté. Beatriz, que estaba junto al fregadero, dejó de fregar y se volvió con el trapo escurriéndole entre los dedos.

—Es de Lucrecia —dije.

—Creo que sí.

—Estuvo aquí. Anoche. Mientras nosotros bailábamos.

—Estuvo cerca. —Max se frotó la cara con las dos manos—. Íñigo ya lo sabe. Ha pedido protección policial para la casa, pero no del comisario Aldana. Un inspector de confianza, un hombre llamado Cárdenas, que le debe un favor. Habrá un coche discreto en el camino cada noche y un agente patrullando el muro.

—¿Eso es suficiente?

—Es lo que se puede hacer sin asustar a la casa entera. —Me tomó la mano por encima de la mesa—. Aiara, quiero que sepas que no voy a esconderte nada. Ni esto ni nada. Si algo ocurre, serás la primera en saberlo.

—Lo sé.

—Y si tienes miedo, si quieres que nos vayamos unos días a otro sitio...

—No. —Levanté la barbilla—. No pienso irme. Ni esconderme, ni dejar que esa mujer me quite esta casa, ni estos días. Ya me quitó demasiado. No le voy a regalar también los que me quedan.

Max me miró un largo momento. Una sonrisa lenta, entre orgullosa y rendida, le fue subiendo por el rostro.

—Eres increíble.

—Soy terca.

—Eso también.

Beatriz soltó un resoplido, retorció el trapo con una furia contenida y murmuró algo sobre lo que le haría ella a esa mujer si la tuviera a mano. Max le dio un beso en la frente y salió hacia la oficina con el abrigo al hombro. Yo me quedé sentada frente a la nota, con el corazón latiéndome despacio, y entonces tomé una decisión.

Si el mal iba a crecer en la sombra, yo iba a hacer crecer la luz.

Hacía días que le daba vueltas a una idea. Había nacido una noche cualquiera, tumbada junto a él bajo el roble, cuando le conté que de niña creía que las estrellas eran agujeros en una sábana negra y él me dijo que todo lo que nos duele tiene un agujerito por donde entra la luz. Aquella frase se me había quedado clavada como una semilla. Y ahora, con la nota de Lucrecia delante, comprendí lo que quería regalarle.

Quería regalarle un cielo.

Lo primero fue pedir ayuda. Sabía que no podría hacerlo sola, y sabía también que cualquier cosa que preparase en aquella casa sería observada, comentada y, con casi total seguridad, sabotada por el cariño exagerado del servicio. Así que reuní al pequeño ejército en la cocina esa misma tarde, con la puerta cerrada y la voz baja.

—Necesito una sábana negra —anuncié—. La más grande que tengan. Y mucha paciencia.

Beatriz se llevó las manos al pecho con una expresión de éxtasis.

—Una sorpresa para el señor Max.

—Una sorpresa para el señor Max.

—Lo sabía. —Se santiguó—. Lo sabía, Pilar, te lo dije. En cuanto vi a la muchacha mirando la luna con esa cara de estar tramando algo, lo supe.

—Tú siempre lo sabes todo —gruñó Doña Pilar, aunque sonreía.

—¿Y para qué es la sábana, hija? —preguntó Teodoro, que se había colado en la cocina con una taza de té y una dignidad de embajador.

—Para hacer un cielo.

Se hizo un silencio expectante. Les expliqué el plan con las manos temblando de nervios, trazando círculos en el aire. Una sábana negra, colgada del techo de la sala del piano, tensada como un toldo. Mil agujeros diminutos hechos con una aguja, siguiendo el dibujo de las constelaciones que Max me había enseñado. Detrás, lámparas pequeñas, escondidas, que hicieran pasar la luz por cada agujero. Y en el suelo, almohadones y mantas para tumbarse a mirarla.

—Eso es una locura —dijo Teodoro, con admiración.

—Es un planetario casero —corregí.

—Es una locura preciosa —sentenció Beatriz, y se echó a llorar.

La sábana nos costó dos noches de trabajo.

Beatriz encontró en el desván un paño de tela negra de algodón grueso, tan enorme que cubría la mesa de la cocina entera y todavía colgaba por los lados. Teodoro lo cortó, lo cosió y lo reforzó con una tira de lona, con el mismo cuidado con que remendaba las velas de un barco imaginario. Doña Pilar, con las gafas en la punta de la nariz, pinchó los primeros cien agujeros con una aguja de hacer punto, siguiendo el dibujo que yo había trazado con tiza sobre la tela a partir de un mapa estelar que encontré en la biblioteca. Beatriz, que tenía los dedos más pequeños, se encargó de las estrellas menores, las que forman el polvillo de la Vía Láctea, con una concentración que la hacía sacar la lengua.

Yo me ocupé de las constelaciones grandes.

La Osa Mayor, con sus siete estrellas dispuestas como un cazo. El Cinturón de Orión, tres puntos perfectos en línea. El Cisne desplegando las alas. Casiopea, con su forma de eme torcida. Cada agujero me llevaba un recuerdo. Cada estrella era una noche en el jardín, una mano entrelazada con la mía, una frase suya susurrada contra mi sien. Tenía los dedos llenos de pinchazos y los ojos cansados, pero nunca había trabajado con tanta alegría.

—Aiara —dijo Beatriz, en la penumbra de la segunda noche, con un hilo de voz—. ¿Sabes lo que nos has hecho?

—¿Qué?

—Nos has devuelto a Max. —Se quitó las gafas y se secó las lágrimas—. Yo lo conozco desde que era un niño. Lo vi hacerse hombre, lo vi casarse, lo vi perderlo todo. Y después de aquello, pensé que no volvería a ver a aquel niño reírse. Y tú, con tus manitas...

—Beatriz, por favor, que se me caen las agujas.

—Deja que se caigan. —Me tomó la mano y me la apretó con una fuerza sorprendente—. Prométeme que lo cuidarás.

—Te lo prometo.

—Y que no te irás.

—Beatriz...

—Que no te irás, Aiara.

—Me quedaré —dije, y la abracé con tanta fuerza que le crujieron las costillas—. Mientras él me quiera.




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