Sin ti, amor.

Capítulo 28: Guerra.

Max.

Saqué a Teodoro del calabozo a las seis y cuarto de la mañana, con las manos temblando de rabia.

Íñigo había pasado toda la noche en la comisaría discutiendo con un oficial de guardia que no sabía nada, con un secretario que no quería saber nada y con un juez de turno que no contestaba el teléfono. Cuando por fin consiguió que alguien con autoridad firmara la fianza, el anciano llevaba ocho horas sentado en un banco de madera, con la camisa desgarrada, el sombrero entre las rodillas y los labios morados de frío. Cuando me vio cruzar el pasillo, intentó ponerse de pie y las piernas no le respondieron.

—Señor Max —murmuró—. No tenía que haberse molestado.

—Cállate, Teodoro.

—Es que la escopeta...

—Cállate.

Lo levanté en brazos. Pesaba menos que un niño. Lo llevé hasta el coche y lo acomodé en el asiento trasero con mi propio abrigo sobre las rodillas. Cárdenas, que había llegado con el amanecer, nos esperaba apoyado en el capó con los brazos cruzados y la barba sin afeitar. Se inclinó hacia la ventanilla y le puso una mano en el hombro al anciano.

—El doctor Salvatierra le espera en su consulta. Le hará una revisión completa.

—No hace falta, inspector.

—Hace falta.

—Mis rosas...

—Sus rosas esperarán.

Teodoro cerró los ojos. Una lágrima le resbaló por la mejilla arrugada y se perdió en la comisura de los labios. Yo tuve que apartar la mirada. Cárdenas se sentó al volante, arrancó, y el coche se perdió por una calle desierta. Íñigo y yo nos quedamos mirando cómo se alejaba.

—Es una guerra, Max —dijo el abogado, con la voz ronca—. Y la estamos perdiendo.

—Todavía no.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Que ella sigue necesitando la llave.

Llegué a la casa con las primeras luces. Subí las escaleras de dos en dos hasta la sala del piano, con el corazón en la garganta. Encontré la puerta entornada. Dentro, el cielo de tela colgaba hecho tiras, los tapones de botella estaban desparramados por el suelo y el telescopio, convertido en un montón de latón aplastado, yacía junto a la pata del piano. Y en medio de aquella devastación, sentada en el suelo con las rodillas abrazadas contra el pecho, estaba Aiara.

Tenía el rostro hinchado de llorar y el cabello despeinado. En las manos sostenía un tapón doblado, azul y verde, con una marca de dientes.

—Perdóname —dije desde el umbral.

Alzó los ojos. Se levantó muy despacio, con la torpeza de quien lleva horas inmóvil, y vino hacia mí. Me abrazó. Fue un abrazo corto, feroz, de los que cortan la respiración.

—Teodoro está bien —le dije al oído—. Está con el médico. Se pondrá bien.

—Gracias a Dios.

—Lo siento. Lo siento tanto. Esto era...

—Lo sé. —Se separó un poco—. Era nuestro.

—Lo reharé. Uno por uno. Lo pegaré yo mismo con mis manos.

—No me importa el cielo, Max. Me importa lo que significa. —Respiró hondo—. Tengo que contarte algo.

Me contó lo de Eleonora. Cómo se había puesto lívida al oír el nombre de María. Cómo la había agarrado de la muñeca. Cómo había pronunciado la palabra sentencia con aquella frialdad. Yo escuché apretando la mandíbula. Cuando terminó, noté que dudaba. Que había algo más, algo que ella no sabía cómo decir.

—Dime.

—Daniela vino después.

—¿Qué quería?

—Hacerme daño. —Bajó la mirada—. Me dijo cosas sobre Valeria.

Sentí que algo se me enfriaba por dentro.

—¿Qué cosas?

—Que el accidente no fue un accidente. Que los frenos de tu coche fallaron. Que tu madre llamó a alguien cinco minutos antes.

El mundo se quedó callado. Durante un largo rato no oí nada. Ni el viento, ni el crujido de la casa, ni el latido de mi propio corazón. Después, como una grieta que se abre en un cristal, comprendí que no era sorpresa lo que sentía. Era algo mucho peor. Era reconocimiento. Una sospecha antigua, jamás formulada, que dormía en el fondo de mi cabeza desde la noche del hospital.

—Los peritos dijeron que fue desgaste —murmuré.

—¿Y tú lo creíste?

—Quise creerlo.

—Max...

—Tenía que creerlo, Aiara. Si no, tendría que haber vivido sabiendo que... —Me interrumpí. Me pasé una mano por la cara—. Ahora no. No puedo pensar en eso ahora.

—Lo siento.

—No lo sientas. Gracias por decírmelo.

Me tomó la cara entre las manos. Sus dedos estaban helados.

—Pase lo que pase hoy —susurró—, recuerda que somos nosotros contra ellas.

—Lo recuerdo.

—No me sueltes la mano.

—No te la soltaré.

La comida del domingo comenzó a la una en punto.

Eleonora había convertido el jardín en un salón de gala. Una carpa blanca, enorme, cubría el círculo donde antes se alzaba el invernadero. Bajo ella, treinta mesas redondas con manteles de lino, centros de rosas blancas y cubiertos de plata brillaban al sol de mediodía. Camareros de librea circulaban con bandejas de canapés y copas de champán. Un cuarteto de cuerdas tocaba un vals ligero junto a los manzanos. Todo el escenario respiraba una elegancia de postal, una felicidad de cuento.

Y sin embargo yo veía las grietas.

Los camareros eran demasiado numerosos. Los invitados, demasiado selectos. Vi al comisario Aldana con su mejor uniforme, conversando con el juez Pardo, un hombre bajo y rechoncho, de nariz roja y mirada húmeda. Vi a Villalba, a Aguirre, a Roldán y a los demás consejeros, con sus esposas, con sus sonrisas forzadas. Vi a Whitmore, solo, con una copa que no bebía. Vi a monseñor Aurelio, el obispo, un anciano de sotana púrpura que bendecía a los presentes con una mano temblorosa. Y detrás de todos ellos, flanqueando las salidas, a seis hombres de traje oscuro, de cuello ancho y mirada inexpresiva, que no hablaban con nadie y que no comían nada.

Aiara apareció a la una y diez.

Bajó por la escalinata del porche con un vestido sencillo de lana gris, el cabello recogido en una trenza y un chal oscuro sobre los hombros. No llevaba joyas. Caminaba con la espalda recta y los ojos fijos al frente. Los invitados se volvieron a mirarla, uno tras otro, con una mezcla de curiosidad y de recelo. Algunos murmuraron. Una dama de abanico negro se persignó.




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