Sin ti, amor.

Capítulo 14: Despacio.

Max.

Mi madre llegó al jardín con el abrigo de piel torcido y los ojos muy abiertos, y por primera vez en mi vida la vi sin la máscara.

Fue un instante. Una fracción de segundo en la que su rostro, iluminado por los restos del incendio, mostró algo que no supe nombrar. No era culpa. Tampoco miedo. Era la expresión de una jugadora que acaba de ver cómo una pieza se movía fuera del tablero. Después recompuso el gesto, se llevó una mano al pecho y empezó a preguntar con una voz temblorosa si estábamos heridos, si alguien había avisado a los bomberos, si aquello no era una tragedia terrible.

Yo la dejé hablar. Estaba sentado en el banco de piedra, con una manta sobre los hombros que Beatriz me había echado encima a la fuerza, y Aiara dormitaba a mi lado con la cabeza apoyada en mi brazo, vencida por el agotamiento y por el té con coñac que Doña Pilar le había obligado a beber. Esperé a que mi madre terminara su monólogo. Cuando por fin guardó silencio, la miré con una calma que a mí mismo me sorprendió.

—Lucrecia estaba en el invernadero —dije—. Con un hombre llamado Romualdo Quiñones. Le cerraron la puerta por fuera a Aiara y la dejaron dentro con el fuego.

—Qué horror. —Se llevó los dedos a los labios—. No puede ser. Lucrecia es una mujer difícil, pero jamás...

—Madre.

—¿Sí, querido?

—Las dos sabemos que la invitaste tú.

Ella no respondió. Nos sostuvimos la mirada durante un largo momento, con el humo flotando entre nosotros y el crepitar lejano de las últimas brasas. Detrás de sus ojos azules vi cómo se movían las piezas, cómo calculaba, cómo descartaba una excusa tras otra.

—Invité a la madrastra de esa muchacha por caridad cristiana —dijo al fin, con una dignidad ofendida—. No tengo la menor responsabilidad por lo que haga después.

—Está bien.

—¿Está bien?

—No voy a discutirlo esta noche. —Me levanté con cuidado para no despertar a Aiara y la sostuve contra mi hombro—. Pero escúchame bien, porque lo diré una sola vez. Si algo vuelve a pasarle, lo que sea, un resfriado o un rasguño, te haré responsable a ti. Y no tendrás una segunda oportunidad para explicarte.

Eleonora se quedó inmóvil. Era la primera vez que le hablaba así. Y en lugar de la furia que esperaba, vi en su rostro algo más sutil, más peligroso: una especie de respeto reticente, el que se tiene por un adversario que acaba de demostrar que sabe morder.

—Buenas noches, hijo —murmuró.

Se dio la vuelta y se perdió por el sendero, erguida, con el abrigo de piel resplandeciendo bajo la luna. Yo cargué a Aiara en brazos hasta la casa. Pesaba tan poco que me dio una ternura insoportable.

La acosté en la cama de la habitación de invitados, la misma donde había dormido veinte horas la noche de la tormenta. Beatriz le curó las quemaduras de los dedos y le cambió el vendaje del brazo, y después se quedó cuidándola en una silla con un rosario entre las manos. Yo me retiré al pasillo, apoyé la espalda contra la pared y me deslicé hasta el suelo, con las rodillas dobladas y la cabeza entre las manos.

Había besado a Aiara. Había dicho que la quería. Había pronunciado, en voz alta, una promesa que no sabía si podría cumplir. Y había entrado en un edificio en llamas sin pensar en lo que dejaba atrás.

Me dio vértigo. No de miedo, sino de felicidad. Una felicidad tan brusca, tan desproporcionada, que me costaba respirar.

Valeria, pensé. Perdóname.

Y por primera vez en cinco años, el nombre de mi esposa no me abrió una herida. Solo me dejó una tristeza suave, honda, como la de un paisaje que se queda atrás cuando el tren sigue su camino.

Aiara se despertó al mediodía.

Estaba sentada en la cama cuando entré con la bandeja del desayuno, con el pelo suelto sobre los hombros y la manta subida hasta el pecho. Tenía ojeras violáceas, un rasguño pequeño en la mejilla y la mirada limpia de quien acaba de salir de un sueño muy profundo. Cuando me vio, se ruborizó hasta la raíz del cabello.

—Buenos días —dijo.

—Buenas tardes, más bien.

—¿Tan tarde es?

—Casi la una. Beatriz amenazó con despertarte a las diez, pero yo me opuse con tanta energía que casi me corre a escobazos de la casa.

Se rió. Dejé la bandeja sobre sus rodillas y me quedé de pie junto a la cama, con las manos en los bolsillos, sin saber dónde mirar. Era absurdo. La noche anterior la había besado bajo un roble, y ahora, a la luz del día, con una taza de café entre los dos, me sentía como un muchacho de dieciséis años en su primera cita.

—Max.

—Dime.

—Si te quedas ahí de pie, me vas a poner nerviosa.

—Perdona.

—Siéntate.

Me senté en el borde de la cama, a una distancia prudente. Ella tomó la taza, bebió un sorbo, la dejó con cuidado sobre el platillo y me miró.

—Tenemos que hablar —dijo.

Se me detuvo el pulso.

—¿De anoche?

—De anoche. —Respiró hondo—. Max, tengo que decirte una cosa, y quiero que me escuches sin interrumpirme.

—Te escucho.

—Lo que dije bajo el roble era verdad. Todo. —Se mordió el labio—. Pero también soy tu empleada. Vivo en tu casa. Dependo de ti para comer, para dormir, para todo. Tu madre ya me acusa de aprovecharme, y si ahora nos ve besándonos en el jardín, tendrá la munición que necesita. Y yo... —Se le quebró un poco la voz—. Yo no quiero que lo nuestro sea una historia que se empieza con prisa y se acaba con escándalo.

—Aiara...

—No he terminado. —Sonrió con ternura—. Quiero que vayamos despacio. No porque dude de lo que siento, sino precisamente porque lo siento demasiado. Quiero conocerte. Quiero que me conozcas. Quiero que cada cosa llegue a su hora, sin atajos, sin estar huyendo de nada. ¿Me entiendes?

La miré en silencio. Me sorprendió descubrir que no me dolía. Al contrario: sentí un alivio hondo, casi físico, como si alguien me hubiera quitado una piedra del pecho. Yo también tenía miedo de ir demasiado deprisa. Yo también sabía que lo que sentía por ella era tan grande que podía devorarnos a los dos si no aprendíamos a sostenerlo.




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