Aiara.
Eleonora MacCarthey se marchó un martes, sin escándalo y sin despedidas, con la misma elegancia con que había llegado.
Yo la vi desde la ventana del primer piso, mientras sacudía una alfombra pequeña con más energía de la necesaria. Primero salió el chófer con cuatro baúles de cuero y los fue acomodando en el maletero con una cara de resignación que dejaba claro que no era la primera vez. Después apareció ella en el umbral, con un abrigo de lana gris, un sombrero con velo corto y los guantes de cuero negro que se calzaba dedo a dedo. Se detuvo en lo alto de los escalones, miró el jardín como quien repasa una propiedad que piensa recuperar, y por un instante sus ojos azules se alzaron hacia mi ventana.
No sonrió. No hizo ningún gesto. Solo me sostuvo la mirada con una tranquilidad que me erizó la piel, como si hubiera sabido desde el principio que yo estaría allí.
Después bajó los escalones, subió al coche y desapareció por el camino de grava.
Beatriz entró corriendo en el cuarto, con las manos todavía enharinadas.
—¿Se ha ido de verdad? —preguntó, jadeante.
—Eso parece.
—Dios mío. —Se santiguó dos veces seguidas—. Dios mío, que no sea una trampa. Anoche la oí hablando con el señor Max en el despacho. Dijo que necesitaba descansar. Que había sido un año muy duro. Que se iba a Europa, a los baños de Baden, quizá cinco meses. Y que dejaba la casa en manos de su hijo con toda la confianza del mundo.
—Cinco meses.
—Con toda la confianza del mundo, dijo. —Beatriz hizo una mueca—. Esa mujer no ha tenido confianza en nadie desde que nació. Algo trama.
—Quizá solo quiere descansar.
—Y yo quiero ser reina de Inglaterra, hija.
Me reí, pero algo en mi pecho se tensó. Aquella noche, cuando le pregunté a Max qué había hablado con su madre, él me miró con una sombra de cansancio en los ojos.
—Me dijo que se iba. Que mi comportamiento la había herido profundamente, pero que no pensaba obstaculizar mi felicidad. —Soltó una risa seca—. Las palabras exactas fueron: Disfruta, hijo, que las flores duran lo que dura la primavera.
—Eso suena a amenaza.
—Suena a lo que es. —Se frotó el puente de la nariz—. Pero no voy a vivir pendiente de lo que mi madre planea. Si quiere irse, que se vaya. Y si regresa, la recibiremos como corresponde.
—¿Y Lucrecia?
—Desapareció. Íñigo dice que se esfumó de su casa la misma noche del incendio. También Quiñones. Hay una orden de búsqueda contra los dos, pero llevan semanas escondidos. —Me tomó la mano—. Mientras tanto, el doctor Aranda sigue en el hospital, vigilado de cerca. No podemos moverlo todavía. Necesitamos la caja de seguridad.
—¿Cuándo?
—El juez firmará la autorización dentro de dos semanas. Ni un día más, ni un día menos.
—Dos semanas.
—Dos semanas en las que no tenemos nada que hacer salvo esperar. —Sonrió con una calidez que me desarmó—. Y quizá, solo quizá, aprovechar.
—¿Aprovechar qué?
—La primavera.
Aquella noche, cuando todos se acostaron, Max me esperaba al pie de la escalera de servicio con una manta en el brazo y una expresión de niño pillado en una travesura.
—Ven conmigo —susurró.
—¿Adónde?
—A un sitio.
—Max, son las once.
—Lo sé. Por eso.
Me tendió la mano. La tomé sin pensarlo. Descendimos descalzos por el pasillo, sigilosos como ladrones, tratando de no reírnos. Cruzamos la cocina a oscuras, abrimos la puerta trasera con un chirrido mínimo y nos lanzamos al jardín como dos fugitivos. El aire de la noche olía a tierra mojada y a jazmín. La luna llena, enorme, blanquísima, colgaba del cielo como una lámpara olvidada.
Max me condujo hasta el viejo roble. Allí, al pie del banco de piedra, había extendido un mantel de cuadros sobre la hierba, con una cesta de mimbre, dos copas, una botella pequeña de sidra y una docena de velas diminutas en frascos de cristal que parpadeaban entre las raíces. Era un círculo de luz cálida bajo un cielo plateado.
Me quedé inmóvil con la boca abierta.
—¿Tú has hecho todo esto?
—Doña Pilar preparó la comida. Beatriz sugirió las velas. Teodoro puso los frascos. —Se rascó la nuca—. Yo solo di las órdenes. Y elegí la luna.
—¿La elegiste?
—Le pedí que saliera hoy. Me hizo caso.
Reí, con los ojos húmedos, y me dejé guiar hasta el mantel. Nos sentamos uno junto al otro, con las rodillas casi rozándose. Abrió la cesta y fue sacando sus tesoros con una solemnidad de camarero: pan caliente, queso fundido con miel, pasteles de crema, uvas, una cajita de bombones. Me sirvió sidra en una copa y la levantó en un brindis.
—Por las primaveras.
—Por las que duran.
—Por las que duran —repitió, con una sonrisa tímida.
Bebimos. La sidra me burbujeó en la lengua y me subió un calor dulce hasta las mejillas. Comimos entre risas y silencios cómodos, con las manos rozándose cada vez que alcanzábamos el mismo trozo de pan. En un momento dado, Max dejó la copa, se aclaró la garganta con una seriedad teatral y anunció:
—Tengo que confesarte algo.
—Dime.
—He escrito un poema.
—¿Otra vez?
—Esta vez es mejor. Lo juro. —Sacó de su bolsillo un papel doblado en cuatro y lo desplegó con cuidado—. Dos lunas, versión corregida.
No pude contener la carcajada.
—Por favor, no.
—Es una obra maestra. Siéntate derecha.
—Estoy sentada.
—Siéntate más derecha.
Me enderecé, mordiéndome el labio para no reírme. Max se puso de pie, se plantó con las piernas separadas bajo el roble, alzó el papel con una mano y empezó a recitar con una voz grave, afectada, perfectamente ridícula:
Tus ojos, dos lunas que miran mi noche,
me enseñan que el miedo se rinde ante el broche...
—¿Broche?
—Es una licencia poética.
—Max...
—...del abrazo que cierra la herida más larga.
Tus manos, dos aves que no tienen jaula,
y el alma que vuela, por fin, sin su carga.
#1757 en Novela romántica
#620 en Novela contemporánea
amor, amor comfusion intriga, amor romance dudas odio misterio
Editado: 18.10.2026