Max.
No bebí ni una gota de aquel vino, pero me temblaban las manos como si lo hubiera hecho.
Al terminar la cena subí a mi dormitorio, cerré la puerta con llave, arrastré el sillón de cuero hasta apoyarlo contra la madera y me senté con el atizador entre las rodillas. Había dejado la lámpara encendida a media luz. Sobre la mesilla, la copa de agua que Rosalba había colocado con una sonrisa humilde seguía intacta, con su borde de cristal brillando como un ojo. La miré durante diez minutos. Después me levanté, abrí la ventana y la vacié sobre los rosales del jardín.
Aiara no estaba conmigo. Habíamos decidido que durmiera en la sala del piano, bajo el cielo de tela, con Beatriz a su lado en un colchón improvisado y el agente Lagos montando guardia en el rellano. Era el único lugar de la casa que Eleonora había pasado por alto, y la llave de repuesto que guardábamos nosotros dos era la única que abría aquella puerta. Cuando se despidió de mí en el pasillo, con el rostro pálido y los ojos enormes, me pidió una sola cosa.
—Dime qué te susurró.
—No me susurró nada. Fue a ti.
—Pero tú lo oíste.
—No lo oí. Lo adiviné. —Le acaricié la mejilla—. ¿Qué te dijo?
—Que disfrutara de esta noche. Que sería la última.
Apreté los dientes. Aiara lo notó y me tomó la mano.
—No pasará nada —dijo, con una firmeza que no sentía—. Estamos prevenidos.
—Estamos prevenidos —repetí.
—Mañana, cuando amanezca, seguiremos aquí.
—Mañana, cuando amanezca, seguiremos aquí.
Nos besamos en silencio. Después se alejó por el pasillo con paso lento, apoyada en el brazo de Beatriz, y yo me quedé mirando cómo la penumbra se la tragaba.
Pasé las primeras horas de la noche mirando la puerta.
Cada crujido de la casa me parecía una pisada. Cada soplo de viento contra los cristales, una respiración. A las doce oí pasos en el pasillo, ligeros, de mujer, que se detuvieron frente a mi cuarto. Contuve el aliento. La manilla giró despacio, con un chasquido apenas audible, y se detuvo. Alguien probaba la puerta. Esperó. Volvió a probar. Después, tras un silencio largo, los pasos se alejaron.
No me moví.
A la una y media escuché la voz de Daniela, lejana, entre dos paredes, tarareando una melodía. Era la canción de cuna de Aiara. La misma que ella había tocado con un dedo en mi piano. La reconocí con un escalofrío, porque nadie más la conocía en aquella casa. Daniela debía de haberla oído desde el pasillo, una noche, cuando Aiara creía estar sola. Y ahora la tarareaba para torturarme.
A las dos, el silencio fue absoluto.
A las tres menos diez, me dormí.
No fue un sueño profundo. Fue un hundimiento breve, mareante, de esos en los que la conciencia se desliza un segundo y vuelve de golpe. Me despertó un sonido: el clic de una puerta cerrándose en algún lugar de la planta baja. Me incorporé, con el atizador resbalándome de las rodillas, y escuché con todos los sentidos.
Pasos. Lentos. Seguros. Sobre el parqué del vestíbulo.
Me levanté sin hacer ruido. Abrí la puerta del dormitorio con las manos temblorosas y salí al pasillo descalzo. La casa estaba a oscuras, pero la claridad plateada que entraba por el ventanal del rellano bastaba para distinguir las formas. Bajé las escaleras pegado a la pared, procurando no pisar los peldaños que crujían. Al llegar abajo, vi una silueta que cruzaba el vestíbulo hacia la puerta del jardín. Un abrigo largo. Un bastón de ébano. Un perfil afilado que reconocí antes de ver su rostro.
Mi madre.
La seguí. Mantuve una distancia prudente, deslizándome de columna en columna, conteniendo la respiración. Ella abrió la puerta trasera con una llave que sacó del bolsillo y salió al jardín. La noche estaba húmeda, sin luna. Bajo las ramas de los manzanos, se movía con la seguridad de quien conoce cada piedra del camino. No llevaba linterna. No la necesitaba.
La vi detenerse en el borde del círculo de flores donde antes se alzaba el invernadero.
Allí, de pie entre las caléndulas y las violetas, esperaba otra figura. Una mujer delgada, vestida de negro de pies a cabeza, con un velo corto sobre el rostro y las manos enguantadas. Me costó un segundo reconocerla. Cuando se movió y la claridad le rozó el perfil, lo supe: Genoveva. La doncella que mi madre había traído a casa semanas atrás y que yo había expulsado después del escándalo de las perlas.
Me agaché tras un manzano. El corazón me retumbaba en los oídos.
—Llegas tarde —dijo Eleonora, con voz baja y seca.
—Había vigilancia en la verja.
—¿Has traído el paquete?
—Aquí está.
Genoveva sacó de debajo del abrigo un bulto envuelto en papel de estraza y se lo entregó. Mi madre lo sostuvo un instante, lo olió con una mueca delicada y lo guardó en el bolsillo de su abrigo.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para dormir a un caballo.
—Quiero que sea discreto.
—Lo será. Se disuelve sin dejar sabor ni rastro. Dos gotas en un vaso de leche. —Genoveva hizo una pausa—. Pero señora, esto es peligroso. Si la dosis falla...
—No fallará.
—Daniela es impaciente.
—Daniela hará lo que le diga. —Eleonora cambió el peso de un pie a otro, con el bastón crujiendo sobre la grava—. Dile que hay un cambio de planes. No será esta noche. El inspector ha puesto un hombre en el rellano del ala oeste y otro en la cocina. Si nos precipitamos, lo echaremos todo a perder.
—¿Entonces cuándo?
—El domingo.
—Pasado mañana.
—Daré una comida en el jardín. Una celebración del compromiso. Invitaré a los Whitmore, a los consejeros, a media ciudad. —Sonrió en la oscuridad, y aquella sonrisa me heló la sangre—. Max estará ocupado atendiendo a los invitados. Beberá un poco más de lo debido. Subirá a descansar. Y cuando la muchacha, deseosa de verlo, entre en su habitación, encontrará exactamente lo que necesito que encuentre.
—¿Y si él se resiste?
—No se resistirá. —Hizo una pausa—. Estará dormido.
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Editado: 18.10.2026