Sin ti, amor.

Capitulo 12: Luz.

Max.

El sábado amaneció con un cielo tan limpio que me dolió.

Me quedé de pie junto a la ventana del dormitorio, con la taza de café entre las manos, viendo cómo el sol subía sobre los manzanos y teñía de oro el jardín entero. Hacía tres semanas que dejaba abiertas las cortinas durante el día y había aprendido a sostener la luz sin que se me cerrara la garganta. Pero aquel día era distinto. Aquel día la luz no era un ejercicio. Era una sentencia que yo mismo había aceptado firmar.

Esa noche, la casa entera estaría iluminada. Cuatrocientos invitados, cientos de velas, las arañas de cristal encendidas por primera vez desde el funeral de Valeria, los ventanales abiertos hacia el jardín. Una casa que había vivido cinco años a oscuras se convertiría, durante unas horas, en un faro.

Respiré hondo. Conté hasta diez. Y cuando el pulso me bajó, dejé la taza y fui a buscar a Íñigo, que me había llamado a las siete.

Me esperaba en el despacho, sentado en el sillón de cuero, con las gafas en la mano y una carpeta delgada sobre las rodillas. Se había presentado sin avisar, con la corbata torcida y la expresión de quien no ha dormido pero ha encontrado algo que merece el insomnio.

—Tengo noticias —dijo—. Y no son las que esperaba.

—Dime.

—La cuenta del señor Ferreira. Fue vaciada, como te dije, el diecisiete de marzo. Pero no fue la señora Lucrecia quien se presentó en el banco. Lo hizo un hombre con un poder notarial en regla, a nombre de ella. Un tal Romualdo Quiñones.

—¿Quién es?

—Un gestor de dudosa reputación. Tiene un historial de tres expedientes por falsificación de documentos. —Abrió la carpeta—. Lo interesante es el notario que certificó el poder. Se llama Anselmo Barrios. Hace dos semanas, el Colegio de Notarios lo suspendió de manera cautelar por irregularidades en otros nueve poderes similares. Todos firmados a la cabecera de enfermos terminales, con los mismos testigos.

—Una red.

—Una pequeña industria. Alguien localiza a pacientes graves sin familia fuerte, falsifica la voluntad, vacía las cuentas antes de que los herederos reaccionen. —Se mordió el capuchón de la pluma—. Y ahí viene lo que no me gusta. Esos nueve casos tienen algo más en común. Todos los pacientes murieron en el mismo hospital, bajo el cuidado del mismo médico.

Sentí que algo frío se me deslizaba por la espalda.

—¿Qué médico?

—El doctor Fidel Aranda. Jefe de cuidados intensivos del Hospital San Rafael. —Dejó la carpeta sobre la mesa—. Y antes de que me lo preguntes, sí. Ese es el hospital donde murió el padre de Aiara.

Me quedé mirando la carpeta sin tocarla. Fuera, un pájaro cantaba en el roble, ajeno a todo.

—¿Estás diciendo que...?

—No estoy diciendo nada todavía. —Levantó una mano—. Solo que nueve muertes en quince meses con el mismo patrón son demasiadas para una coincidencia. Y que la señora Lucrecia, según los registros de visita, estuvo presente en la habitación del señor Ferreira el día que se firmó el poder. A solas con el médico.

—Aiara estaba allí casi todos los días.

—Ese día no. Salió a primera hora de la tarde a presentar un trabajo en la facultad. Consta en el libro de entradas del hospital. —Me clavó la mirada—. Necesito más tiempo, Max. Dos semanas. Quizá tres. Pero si lo que sospecho es cierto, no estamos ante un simple robo.

—¿Y Aiara?

—No debe saberlo todavía. Si lo supone antes de que tengamos pruebas, podría hacer algo imprudente. Y si Lucrecia o Aranda se enteran de que alguien tira del hilo, destruirán lo que puedan.

Asentí despacio. Me costaba respirar. Pensé en la mano de Aiara apretando el dije, en su voz diciendo mi padre no habría firmado eso, y sentí una rabia tan sorda y tan larga que tuve que apoyarme en el borde del escritorio.

—Gracias, Íñigo.

—No me las des todavía. —Se puso de pie y se ajustó la chaqueta—. Y esta noche, en esa gala, por favor, no hagas nada que ponga en alerta a tu madre. Si Lucrecia está de su lado, cualquier movimiento brusco puede desbaratarnos el caso.

—Intentaré contenerme.

—Es lo que me temía. —Suspiró—. Tienes cara de hombre que lleva un volcán dentro.

—Es que lo llevo.

Esperé a que se marchara y me quedé un rato sin moverme, con la información pesándome en el pecho como una losa. No sabía qué haría con ella. No sabía cómo mirar a Aiara sabiendo lo que ahora sabía. Lo único que tenía claro era que, pasara lo que pasara aquella noche, no permitiría que ninguna de aquellas mujeres volviera a ponerle un dedo encima.

La casa se convirtió en un hormiguero a mediodía.

Llegaron los camareros, los floristas, los músicos. Un ejército de manos desconocidas colgó guirnaldas de luces en los árboles del jardín, extendió manteles blancos sobre mesas redondas, trasladó sillas, afinó instrumentos. Beatriz corría de un lado a otro con una lista interminable, Doña Pilar gobernaba la cocina con puño de hierro, y Teodoro, solemne como un mayordomo de palacio, supervisaba la colocación de cada maceta con la devoción de un capitán de barco.

Yo me refugié en el piano.

Tenía el salón vacío para mí un par de horas. Habían retirado los muebles hacia las paredes, habían descorrido las cortinas, y por los ventanales entraba una claridad tan intensa que me obligaba a entrecerrar los ojos. Me senté frente al teclado, de espaldas a la luz, y toqué la melodía de la otra noche, la de Rendija, con los dedos todavía algo torpes. Cada vez que me detenía, volvía a empezar. Cada vez que el pánico me apretaba el pecho, tocaba más fuerte.

—Se te da mejor que anoche.

Aiara estaba en la puerta, con el uniforme gris y un montón de servilletas dobladas sobre el brazo. Tenía el pelo recogido, las mejillas encendidas por el trajín del día y una sonrisa que, a primera vista, parecía la de siempre. Pero yo ya había aprendido a leerla. Algo en la forma de sostener las servilletas, demasiado fuerte, y en el modo en que evitaba mi mirada un segundo de más, me dijo que me ocultaba algo.




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