Aiara.
Pasé tres días en una cama que olía a lavanda y a pan recién horneado, sin hablar con nadie.
La casa de Remedios era pequeña, de paredes encaladas y vigas oscuras, con un huerto que bajaba hasta el río y una ventana que daba al agua. Tenía dos habitaciones, una cocina de piedra donde ardía siempre un fuego bajo, y un gallinero del que subía, cada amanecer, un cacareo desafinado. Remedios, hermana menor de Beatriz, se parecía a ella como se parece una moneda a su reverso: la misma boca generosa, los mismos ojos castaños, pero con las manos más grandes y la voz más baja, acostumbrada a hablar con los animales. Me recibió en el umbral sin preguntar nada. Me quitó el vestido gris empapado, me lavó los pies ensangrentados con agua tibia y sal, me cubrió con una manta de lana y me puso entre las manos una taza de caldo que yo no pude beber.
Tuve fiebre. No sé cuánto tiempo. Recuerdo el techo de vigas, el rumor del río, el olor del humo. Recuerdo que a ratos creía estar de nuevo bajo la tormenta, tirada sobre el asfalto, esperando unos brazos que me levantaran. Y a ratos abría los ojos y veía a Max, de pie junto a la cama, con la camisa arremangada y la ceja sangrando, diciéndome que no tuviera miedo. Entonces recordaba el dormitorio, la vela, la cama ancha, el cabello suelto de Daniela, el anillo brillando en su dedo, y el aire se me volvía irrespirable.
Remedios no me hablaba. Se sentaba a mi lado, a ratos, con su labor de punto, y tarareaba una canción antigua. Cuando yo lloraba, me ponía una mano áspera sobre la frente y murmuraba una sola frase, siempre la misma: llora, hija, que el agua también limpia.
Al tercer día, la fiebre cedió.
Desperté al amanecer con la garganta seca y el cuerpo ligero, vacío, como una casa donde alguien ha abierto todas las ventanas. Me incorporé despacio. Una luz rosada entraba por los cristales. Fuera cantaban los gallos. Remedios dormitaba en una silla junto a la cama, con las agujas sobre el regazo y la barbilla caída. Me quedé mirándola un largo rato. Pensé que debía levantarme, agradecerle, pedirle perdón por haber invadido su casa. Pero no lo hice. Me limité a abrazarme las rodillas y a mirar cómo el sol subía lentamente por la pared.
Me dolía el corazón. No de la manera aguda y brutal de aquella noche, sino con un dolor profundo, constante, de fondo, como una nota grave que ya no iba a abandonarme jamás. Me llevé la mano al pecho. Y por primera vez desde que había salido de la mansión, me atreví a pensar en él.
Max. Dormido. Con los labios entreabiertos y el pelo revuelto sobre la almohada. Murmurando un nombre que no era el mío.
Sacudí la cabeza. No. No quería recordar aquello. Pero otra voz, más baja, más honda, más terca, me susurró desde el fondo de mí misma: estaba drogado, Aiara. Lo sabes. Lo sabes y no puedes evitar odiarlo un poco por haber dejado que ocurriera.
Cerré los ojos. Respiré hondo.
—Despiertas —dijo Remedios, con voz pastosa.
—Perdóname. No quería...
—Calla. —Se frotó los ojos con el dorso de la mano—. Tienes visitas.
—¿Qué?
—Han llegado hace una hora. Esperan en la cocina.
Se me heló la sangre.
—¿Quiénes?
—No son los hombres de la ciudad. —Se levantó con dificultad—. Es una señora con bastón, una muchacha rubia y un caballero con cara de pocos amigos. Dicen que vienen de parte de Beatriz.
No esperé a que me trajera la ropa. Me puse el vestido de lana azul que Remedios me había prestado, me recogí el cabello con las manos y salí descalza al pasillo. A medida que me acercaba a la cocina, escuché un murmullo de voces bajas, el tintineo de unas tazas, el rumor de un fuego recién avivado. Empujé la puerta.
Me quedé inmóvil en el umbral.
Priscila Whitmore estaba de pie junto a la ventana, con un abrigo gris, el cabello rubio recogido en una trenza sencilla y el rostro pálido de quien lleva toda la noche sin dormir. A su lado, apoyado contra el aparador, con los brazos cruzados y la barba de tres días, estaba el inspector Cárdenas. Y sentada a la mesa de madera, con las manos enguantadas sobre el pomo de un bastón de ébano y una caja de madera oscura a sus pies, había una mujer.
Era una anciana. Tendría unos setenta años. Llevaba un traje sastre de lana negra, un broche de plata en la solapa y un sombrero pequeño, sin adornos, del que escapaban algunos mechones blancos. Tenía la espalda recta, el mentón alto, las manos quietas. Pero fueron sus ojos lo que me detuvo el corazón.
Eran oscuros, grandes, brillantes, con una profundidad serena y dolorosa, como la de un lago al atardecer. Los había visto antes. En una fotografía en blanco y negro, doblada por la mitad, que había guardado durante días en el bolsillo de mi vestido. Y también, mucho antes, en un rincón de mi memoria que ya no recordaba: en un rostro joven, de piel pálida y pelo recogido, que se inclinaba sobre mi cuna, que me cantaba una nana en portugués, que me sonreía con los labios cerrados porque no podía hacerlo de otra manera.
—Aiara —dijo la anciana, con una voz suave y quebrada—. Hija.
No pude moverme.
—Soy María Fornier. —Se puso de pie con dificultad, apoyada en el bastón—. Soy tu abuela.
Hay momentos en que el cuerpo se queda sin palabras. Yo no dije nada. No me moví. Me quedé allí, de pie en el umbral, con las manos colgando a los lados y los ojos fijos en aquel rostro arrugado, que tenía los mismos ojos de mi madre. Los ojos que yo había creído, durante tantos años, que eran los de mi padre. Qué ingenua había sido. Mi madre había muerto cuando yo tenía ocho años y apenas la recordaba. Había confundido su mirada con la de él, porque era la única que me quedaba.
—Siéntate, por favor —dijo la anciana, con la voz temblorosa—. Tenemos tanto que decirte.
Obedecí. Me dejé caer en una silla, con las rodillas flojas. Priscila se acercó sin decir nada y me puso una taza de té caliente entre las manos. Cárdenas carraspeó.
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Editado: 18.10.2026