Sin ti, amor.

Capítulo 27: Ruina.

Aiara.

Max no aceptó la copa.

Eleonora seguía en la puerta del salón con la bandeja de plata en la mano y aquella sonrisa serena, de madre ejemplar, que le había visto tantas veces en tantas fotografías. Sobre la bandeja, dos copas de cristal tallado con un vino tan oscuro que parecía tinta. Max la miró sin moverse. Yo, desde lo alto de la escalera, con la fotografía de la anciana todavía apretada contra el pecho, contuve el aliento.

—Preferimos agua, madre —dijo él.

—¿Agua?

—Hoy no me apetece el vino.

—Qué desconfiados os habéis vuelto. —Soltó una risita breve, cristalina, y dejó la bandeja sobre una consola con un tintineo delicado—. Os asustáis de la sombra de las cosas. Está bien. Que la cena de mañana lo arregle.

—¿Qué cena?

—La comida del domingo. Ya te lo anuncié. —Se alisó el vestido con las dos manos—. He enviado las invitaciones esta mañana. Los Whitmore, los consejeros, el comisario. Hasta el obispo ha prometido venir. Será una celebración de verdad.

—No habrá celebración.

—Habrá celebración, hijo. Porque tú vas a estar presente, sonriente y agradecido. Y la muchacha también.

—¿Y si no queremos?

—Entonces tendréis que explicar a medio mundo por qué desprecian la generosidad de una madre.

Fue una trampa más, tejida con tanta limpieza que no pude evitar admirarla un instante, con el mismo estremecimiento con que se admira la geometría de una telaraña. Max abrió la boca para replicar, pero un rumor de voces y de pasos pesados en el vestíbulo lo interrumpió.

Rosalba apareció en el umbral, pálida, con las manos retorcidas en el delantal.

—Señora —balbuceó—. El comisario Aldana está en la puerta. Con diez hombres.

Eleonora no se inmutó. Dejó caer los párpados con una lentitud casi indolente.

—Hazlo pasar.

Aldana entró en la casa como quien entra en un territorio conquistado.

Venía con el uniforme impecable, el bigote engrasado y un sobre sellado en la mano. Detrás de él, una columna de agentes en fila india se desplegó por el vestíbulo con una disciplina inquietante. Reconocí al joven Dolores entre ellos, con la libreta bajo el brazo y los ojos clavados en el suelo, como un niño que ha sido sorprendido en una travesura.

—Señor MacCarthey —dijo Aldana, con una reverencia teatral—. Lamento la hora. Traigo una orden de registro firmada por el juez Pardo. Se procederá a una inspección completa del inmueble en busca de un objeto sustraído, de naturaleza metálica, perteneciente a la sucesión del fallecido Ricardo Ferreira.

—Una llave —dijo Max.

—Un objeto de interés para la causa.

—No tiene derecho a...

—Tengo derecho a todo lo que el juez disponga. —Alzó el sobre—. Y a continuar mi investigación sobre el incendio del invernadero, que sigue sin resolverse.

Max me miró. Yo negué despacio con la cabeza. Si nos resistíamos, la situación empeoraría. Si colaborábamos, ganaríamos tiempo. Cuando por fin asintió, Aldana sonrió con satisfacción y chasqueó los dedos.

Se desató el caos.

Los agentes se dispersaron por la casa como una plaga. Escuché el ruido de puertas que se abrían de golpe, de cajones arrancados de sus guías, de cristales que se rompían. En la biblioteca, alguien volcó una estantería entera. En el comedor, un candelabro cayó al suelo con un estruendo metálico. Doña Pilar salió de la cocina gritando que no tocaran su despensa, que aquellos sacos eran de harina y no de contrabando, y un agente la apartó de un empujón. Beatriz corrió a socorrerla. Rosalba, en un rincón, lloraba en silencio con las manos sobre la boca, aunque no supe si de miedo o de otra cosa.

Max se plantó entre dos agentes que subían por la escalera principal.

—No pasarán por mi dormitorio sin mi presencia.

—Con todo respeto, señor, la orden...

—Con todo respeto, subiré con ustedes.

Subió. Yo me quedé sola en el vestíbulo, con el pecho agitado, sintiendo bajo el talón izquierdo el pellizco frío de la llave cosida en el forro. Al fondo del pasillo vi a Daniela, apoyada en el marco de la puerta de la sala de estar, con los brazos cruzados y una expresión de curiosidad inocente. Cuando nuestros ojos se cruzaron, ladeó la cabeza con una sonrisa pequeña, casi tierna.

—Qué desorden —susurró—. Qué lástima.

Fue entonces cuando oí el grito de Teodoro.

Venía del patio trasero. Un alarido ronco, viejo, que me atravesó el cuerpo como un cuchillo. Corrí hacia la cocina, empujé la puerta con el hombro y salí al jardín. A la luz de las linternas, dos agentes sujetaban al anciano por los brazos, con el sombrero caído en el barro y la camisa desgarrada en un hombro. Un tercer agente sostenía en alto la vieja escopeta de su padre, envuelta aún en el trapo con que la había traído de la cocina.

—¡Es mía! —gritaba Teodoro, con la voz quebrada—. ¡Es de mi padre! ¡La he tenido toda la vida!

—Arma sin licencia —dijo Aldana, que había aparecido a mi espalda con las manos en los bolsillos—. Tenencia ilícita. Es un delito grave.

—¡Tiene ochenta y un años! —grité.

—La ley no distingue edades, señorita.

—¡Es un anciano! ¡No ha hecho daño a nadie!

—Entonces no le importará acompañarnos a comisaría. —Hizo una seña a sus hombres—. Llévenlo.

Corrí hacia Teodoro. Un agente me cerró el paso con el brazo. Vi cómo se llevaban al anciano hacia el coche patrulla, tropezando, con los pies arrastrando sobre la grava y los ojos vueltos hacia mí. No había miedo en ellos. Solo una tristeza inmensa, resignada, como la de quien sabe que su vida entera ha servido para llegar a ese instante de humillación.

—Aiara, hija —gritó, antes de que lo metieran en el vehículo—. No les des la llave, hija. Pase lo que pase.

Sentí que se me paraba el corazón. Aldana se volvió despacio hacia mí, con una ceja arqueada.

—¿La llave?

—No sé de qué habla —dije.

—Qué extraño. El anciano parece muy seguro.




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