Sin ti, amor.

Capítulo 20: Presente.

Max.

El lunes por la mañana, Íñigo me llamó para decirme que la caja tendría que esperar.

El funcionario judicial designado para presenciar la apertura había sido reasignado a otro juzgado de forma repentina, y el director del Banco del Sur, un hombre meticuloso y poco dado a las excepciones, no aceptaba proceder sin él. La nueva fecha era el miércoles a las nueve. Íñigo se disculpó tres veces. Yo le dije que no importaba, aunque me ardía en el pecho una rabia sorda. Dos días más de espera. Dos días con un telegrama de mi madre pesándome en el bolsillo y una verdad enterrada en una caja de metal a pocos kilómetros de mi casa.

Se lo conté a Aiara en el jardín, mientras ayudaba a Teodoro a rastrillar las hojas secas junto al círculo de caléndulas. Esperé que se derrumbara. Esperé una sombra de decepción, un suspiro, una lágrima. Pero ella apoyó el rastrillo contra un manzano, se limpió las manos en el delantal y me miró con una serenidad que me desarmó.

—Entonces nos queda hoy —dijo.

—¿Cómo?

—Mañana llega tu madre. El miércoles abrimos la caja. Y después, quién sabe. —Sonrió—. Pero hoy es lunes. Y yo todavía tengo una flor pendiente.

Había olvidado la flor. Con los sobresaltos del telegrama, con la noche en vela, con la carta que me había hecho llorar sobre el escritorio hasta que amaneció, se me había pasado dejarla frente a su puerta. Me llevé la mano a la frente.

—Perdóname.

—No hay nada que perdonar. Pero me debes una.

—¿Una flor?

—Una flor y una tarde. —Se acercó, se puso de puntillas y me susurró al oído—. Llévame al lago.

—¿Ahora?

—Esta noche. Quiero que sea nuestra noche. La última antes de que vuelva la tormenta.

Algo en el tono de su voz, grave y tembloroso a la vez, me hizo mirarla con atención. Tenía las mejillas encendidas y los ojos muy abiertos, y en el fondo de aquella mirada castaña brillaba una decisión que no supe descifrar del todo. Pero asentí, y ella sonrió con un alivio inmenso, como quien acaba de dar el primer paso al borde de un precipicio.

—Prepararé el bote —dije.

—Prepararemos todo juntos.

Salimos a las ocho, cuando el sol acababa de ocultarse tras los campos y el cielo se teñía de un violeta profundo.

Esta vez no llevaba mochila. Teodoro había adelantado por la tarde, con una carretilla y una discreción exquisita, todo lo necesario para la velada: mantas, cojines, un farol de bronce, una cesta de comida, una botella de vino tinto y una colcha de lana tejida a mano por la madre de Doña Pilar. Todo estaba ya instalado en la casita del lago, una cabaña de madera que mi abuelo había construido junto a la orilla, a unos cincuenta metros del embarcadero. Yo no había entrado en ella desde hacía diez años. Teodoro la había limpiado de arriba abajo, había barrido las telarañas, abierto las ventanas, encendido la chimenea. Me dijo que si me daba vergüenza el olor a cerrado, la culpa era suya.

Aiara caminaba a mi lado con un vestido de lino blanco que Beatriz le había arreglado esa tarde. Llevaba el cabello suelto, con una flor de jazmín prendida sobre la oreja, y un chal de lana color perla sobre los hombros. El dije dorado brillaba sobre su pecho. Cada vez que el viento le rozaba la piel, se cerraba el chal con un gesto tímido, y yo sentía una ternura tan hondo que me costaba respirar.

—Estás muy callada —dije.

—Estoy pensando.

—¿En qué?

—En que hace dos meses no habría imaginado esto. —Levantó la vista al cielo—. Caminar de la mano con un hombre por un sendero entre trigales, rumbo a una cabaña de madera, con el corazón saliéndome por la boca.

—¿Estás nerviosa?

—Mucho.

—Podemos volver cuando quieras.

—No quiero volver. —Me apretó la mano—. Quiero llegar.

Seguimos andando. A lo lejos, el lago brillaba como una lámina de plata oscura. Los sauces se inclinaban sobre él con sus largas ramas, rozando la superficie. Una bandada de patos se alzó del agua con un aleteo y se perdió entre los juncos. El aire olía a barro húmedo, a hojas maduras, a leña quemada. La casita nos esperaba al otro lado, con una ventana iluminada por una luz cálida y una nube de humo ascendiendo suavemente de la chimenea.

Aiara se detuvo a mitad del camino.

—Max.

—Dime.

—Quiero decirte algo antes de entrar. Y quiero que me escuches sin interrumpir.

—Te escucho.

Se volvió hacia mí. A la luz del crepúsculo, su rostro parecía hecho de una materia más suave que la piel, una luz doméstica y azulada que le subía por las mejillas. Tomó mis dos manos entre las suyas y las apretó contra su pecho. Sentí el latido de su corazón. Desbocado. Sincero. Inconfundible.

—No sé cómo decir esto sin parecer ridícula —empezó, con una sonrisa temblorosa—. Pero lo he pensado muchísimo. Lo he pensado durante días, y durante noches, y en la cocina, y en la huerta, y mientras recitaba los huesos antes de dormirme. Y quiero que sepas que es una decisión mía. Solo mía. No me la ha impuesto nadie, ni mi miedo, ni mi gratitud, ni el telegrama de tu madre.

—Aiara...

—No he terminado. —Respiró hondo—. Nunca he estado con nadie, Max. Nunca. Siempre pensé que sería algo que pasaría sin que me diera cuenta, como las cosas que les pasan a otras. Pero ahora lo sé. Sé que quiero que sea contigo. Que quiero que sea esta noche. Y que quiero que sea porque te amo, y porque confío en ti más de lo que he confiado en nadie, y porque cuando me abrazas siento que por fin llegué a casa.

Me quedé inmóvil. Las palabras me llegaron como un oleaje lento, sacudiéndome los cimientos. No supe qué decir. No supe qué hacer. Solo noté que me ardían los ojos y que el pecho se me llenaba de una ternura casi insoportable.

—No tienes que...

—Lo sé que no tengo.

—No hay ninguna prisa. Lo dijimos. Despacio.

—Hemos ido despacio. —Se rió bajito—. Hemos ido tan despacio que Beatriz estaba convencida de que acabaríamos viejos antes de besarnos. Y me ha enseñado algo precioso, esta lentitud. Me ha enseñado que lo que viene no es una prisa ni una prueba ni una deuda. Es un regalo. Y yo quiero hacértelo.




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