Sin ti, amor.

Capítulo 29: Quebranto.

Aiara.

Se llevaron a Max a las tres de la tarde, con los pies arrastrando sobre la hierba y la cabeza caída sobre el pecho de Daniela.

Yo grité su nombre hasta que se me rompió la voz. Forcejeé con los dos agentes que me sujetaban por los codos, les mordí las manos, les clavé las uñas, les pateé las espinillas con los pies descalzos. Nadie me escuchó. Los invitados, aterrados, se arremolinaban hacia la salida entre murmullos y tropiezos. El obispo, apoyado en el brazo de un sacerdote joven, se alejaba con los labios blancos y la mirada baja. Íñigo gritaba algo sobre un habeas corpus mientras tres hombres de traje oscuro lo conducían, sin violencia pero sin pausa, hacia la verja. Cárdenas, desarmado, con el legajo arrebatado y las manos vacías, permanecía inmóvil junto a su coche, mirando cómo se desmoronaba todo lo que había construido durante ocho meses.

Cuando por fin me soltaron, la carpa estaba vacía.

Me quedé de pie en mitad del jardín, descalza, con el vestido gris hecho jirones y la mejilla palpitante donde me habían golpeado. Había copas rotas sobre los manteles, platos intactos, flores aplastadas. Las notas de un violín olvidado flotaban todavía en el aire. Todo parecía haber sucedido muy lejos, a otra persona. Me llevé la mano al pecho, donde el dije faltaba, y toqué solo la piel desnuda.

—Señorita —dijo una voz detrás de mí.

Era Rosalba. Tenía los ojos enrojecidos y las manos juntas, como una penitente.

—La señora desea que suba a descansar. Se le ha preparado una habitación en el ala este. Hay agua caliente, y un vestido limpio.

—Quiero ver a Max.

—El señor duerme. Ha tomado un calmante.

—Quiero verlo.

—Esta noche, señorita. Cuando haya descansado.

No dije nada. Me quedé mirándola. Había algo en el modo en que evitaba mis ojos, en cómo le temblaba la barbilla, que me hizo pensar que quizá ella también tenía miedo. Pero no se lo pregunté. Subí las escaleras detrás de ella, con las piernas pesadas, y me dejé conducir hasta una habitación estrecha del ala este, sin ventanas al jardín, con una cama de hierro, un lavabo de loza y un espejo ovalado cubierto de polvo.

Cerró la puerta tras de mí. Escuché el clic de la llave en la cerradura.

Me senté en el borde de la cama. Durante largo rato no hice nada. Miraba mis manos, abiertas sobre las rodillas, con los nudillos despellejados y las uñas rotas. Después, muy despacio, me incliné, me quité el zapato izquierdo y lo sostuve a la luz de la lámpara. El forro del talón estaba intacto. La costura, apretada. Sentí, bajo la yema de los dedos, un pequeño bulto duro.

Pero no era una llave.

Era un trozo de cartón doblado, del tamaño de un sello, que alguien había colocado en el hueco donde antes había estado la llave. Lo desplegué con dedos temblorosos. Dentro había una nota escrita con letra pequeña, firme, de trazos muy rectos.

La tengo yo. Nadie sospechará. Confía. P.

Cerré los ojos. Me llevé el papel a los labios. Había ocurrido durante el abrazo. Priscila, con la mejilla pegada a la mía, me había susurrado al oído: dame el zapato un segundo, cuando nadie mire. No supe por qué le hice caso. Quizá porque en el fondo de sus ojos verdes había visto algo que no había visto antes: una desesperación sincera, la de quien se juega algo más que su apellido. Durante el beso de despedida, con un movimiento tan veloz que ni yo misma lo percibí, había deslizado los dedos por mi tobillo, desprendido la costura con una uña afilada y sustraído la llave. Después había vuelto a cerrar el hueco con una aguja que llevaba escondida en el puño.

Por eso no había encontrado nada Rosalba. Por eso mi cuerpo, humillado y registrado, había salido de aquel biombo con las manos vacías.

Doblé el papel y lo guardé entre las costuras de mi vestido. Me tumbé de lado en la cama, con las rodillas contra el pecho, y por primera vez en horas dejé que las lágrimas me recorrieran el rostro sin hacer ruido.

Sonaron las diez en un reloj lejano.

No había comido. No había bebido. Las horas habían pasado sin que me diera cuenta, como una marea oscura. Escuché pasos en el pasillo, el tintineo de una bandeja que alguien dejaba en el suelo, el murmullo de una voz masculina. Después, silencio. Y de pronto, el chasquido de la llave en la cerradura.

La puerta se abrió con un chirrido.

Rosalba estaba en el umbral, con una lámpara en la mano y el rostro lívido. Llevaba el delantal arrugado, los ojos hundidos y los labios apretados en una línea de angustia. Me miró un segundo. Después miró hacia el pasillo, a un lado, a otro, y habló en un susurro tan bajo que casi no la oí.

—Suba a ver al señor.

—¿Qué?

—Al señor Max. Está en su dormitorio. Suba.

—¿Por qué ahora?

—Porque... —Se mordió el labio—. Porque tiene que verlo.

Algo en su voz me heló la sangre. Me levanté de golpe. Me puse el zapato con manos torpes. Me alisé el vestido. Cuando pasé a su lado, Rosalba me agarró del brazo con dedos temblorosos.

—Lo siento —musitó—. Me obligaron.

No pregunté a qué se refería.

Subí la escalera de caracol con el corazón desbocado. El pasillo del ala este estaba a oscuras, sin una sola lámpara encendida. Solo una rendija de luz dorada brillaba bajo la puerta del fondo. La puerta del dormitorio de Max. Caminé hacia ella como quien camina hacia un cadalso. Cada paso me costaba un esfuerzo físico. Cada latido me resonaba en las sienes.

Me detuve frente a la puerta. Escuché.

Una respiración. Lenta, pesada, regular. La de un hombre profundamente dormido. Y debajo de ella, otra respiración. Más ligera. Más aguda. Una risita contenida, casi imperceptible.

Empujé la puerta.

La habitación estaba iluminada por una sola vela, apoyada sobre la mesilla de noche. La luz temblaba sobre las paredes, dibujando sombras largas y deformes. En el centro, la cama ancha de madera oscura. Y sobre ella, bajo la colcha de seda azul que yo misma había planchado tantas veces, dos cuerpos.




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