Aiara.
Saqué la llave del cielo a las siete y media de la mañana.
Max se había marchado a la junta hacía diez minutos, con el traje oscuro y la mandíbula apretada, y yo me quedé en el vestíbulo viendo cómo el coche se perdía por el camino de grava. Cuando el ruido del motor se disolvió, subí las escaleras de servicio con el corazón en un puño. La sala del piano estaba cerrada, pero Max me había dejado la llave de repuesto escondida bajo una maceta del rellano. La giré en la cerradura. La puerta cedió con un suspiro de madera.
Entré a oscuras. Corrí un palmo de cortina, lo justo para que un rayo de sol atravesara la sala y encendiera las estrellas de aguja con un resplandor pálido. Los planetas de colores parecían dormidos. Me subí a la silla que Max había dejado junto al piano, estiré el brazo hacia el rincón donde brillaba el tapón azul y verde con la marca del mordisco infantil, y lo despegué con la uña del pulgar.
La llave seguía allí, sujeta con el alfiler, tan pequeña que cabía en la yema de un dedo.
No sé por qué lo hice. Tal vez fue la voz de Daniela, que me había resonado toda la noche en la cabeza, tal vez el miedo de quien ha perdido ya demasiado. Pero comprendí que aquel escondite, tan hermoso, tan nuestro, era también el primer sitio donde buscaría cualquiera que conociera mis costumbres. Y Daniela las conocía todas.
Bajé de la silla y volví a pegar el tapón con un poco de cola de carpintero que Teodoro me había prestado. Después me senté en el suelo, me quité el zapato izquierdo y, con una aguja y un trozo de hilo negro, cosí un bolsillo diminuto en el forro del talón. Introduje la llave. Cerré la costura con tres puntadas apretadas. Me calcé de nuevo y caminé unos pasos para comprobar que no se notaba.
Sentí su presencia bajo el pie, un pellizco pequeño y frío.
—Aguanta, papá —susurré—. Aguanta un poco más.
La cocina olía a leche hervida y a miedo.
A las diez, Beatriz, Doña Pilar y Teodoro estaban sentados alrededor de la mesa de madera con las manos entrelazadas, en un silencio solemne, como los fieles en una vigilia. Beatriz sostenía un rosario entre los dedos y movía los labios sin emitir ningún sonido. Doña Pilar había amasado tres veces la misma hogaza. Teodoro, con el sombrero sobre las rodillas, acariciaba la culata de la vieja escopeta de su padre, que había traído desde el cobertizo envuelta en un trapo y que descansaba sobre la mesa con la inocencia de un perro dormido.
En la despensa, detrás de una cortina de sacos, esperaban el inspector Cárdenas y dos agentes de paisano, Lagos y Peña. Habían entrado por la puerta trasera a las ocho, vestidos de repartidores, con cajas vacías al hombro. Desde entonces no habían hecho un solo ruido. Cada tanto, yo sentía sus miradas desde la rendija de la puerta, atentas, pacientes, como las de gatos junto a una madriguera.
—¿Y si no viene? —susurró Doña Pilar.
—Vendrá —dije.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque la ambición no descansa.
Beatriz me miró con los ojos húmedos. Me tendió una taza de manzanilla que no bebí. Fuera, el viento mecía los manzanos. De vez en cuando, una criada pasaba por el pasillo con pasos furtivos, mirando hacia la cocina con curiosidad. Eleonora había ordenado que nadie se quedara fuera de su sitio. Daniela, según Rosalba, se había encerrado en su cuarto con un dolor de cabeza.
A las once y cinco, me levanté para tirar las sobras de la manzanilla al fregadero.
Escuché el cristal.
Fue un chasquido seco, breve, procedente del sótano. Después un tintineo, una especie de roce, un jadeo. Todos nos quedamos inmóviles. Beatriz dejó caer el rosario. Teodoro cerró los dedos sobre la escopeta. En la despensa, la cortina de sacos se movió apenas.
Pasaron diez segundos. Veinte. Un silencio espeso, vibrante, como el de una cuerda a punto de romperse. Y entonces, de golpe, un grito de hombre, un golpe de madera, un ruido de cuerpos chocando, una voz que gritaba: ¡Alto! ¡Policía!
Un disparo.
Me tapé los oídos con las manos. Doña Pilar soltó un chillido. Beatriz se santiguó tres veces seguidas. La puerta de la despensa se abrió de golpe y Cárdenas salió corriendo hacia el pasillo del sótano, con el arma en alto y el abrigo ondeando tras él. Lagos y Peña lo siguieron.
—¡Quédense aquí! —gritó.
No obedecí.
No sé qué me empujó. Quizá la rabia acumulada durante semanas, quizá la necesidad ciega de ver con mis propios ojos al hombre que había intentado arrancarme el collar bajo una tormenta. Eché a correr detrás de ellos, por el pasillo de piedra que olía a humedad y a vino viejo, hasta el pie de la escalera que bajaba a la bodega.
Allí estaba.
Quiñones yacía en el suelo de tierra apisonada, boca arriba, con la gorra caída y el rostro lívido. Tenía la camisa empapada de sangre a la altura del hombro y los dedos crispados sobre el suelo. Peña le apuntaba con la pistola. Lagos le sujetaba las muñecas con unas esposas. Cárdenas, de rodillas junto a él, le presionaba la herida con un pañuelo.
—No te muevas —decía—. Respira. Despacio.
—Me han... disparado —balbuceó Quiñones, con los ojos vidriosos.
—Lo sé.
—Me dijeron... que no habría nadie.
—¿Quién te lo dijo?
—Ella.
—¿Quién es ella?
Quiñones giró la cabeza con esfuerzo. Sus ojos, enrojecidos, recorrieron el pasillo, las caras que lo rodeaban, y se detuvieron de pronto en un punto detrás de mí. Se le dilataron las pupilas. Intentó incorporarse. Un gemido escapó de sus labios.
—Tú —jadeó—. Tú me dijiste...
Me volví.
Daniela estaba en el arranque de la escalera, con una bata de lana gris, el pelo revuelto y una mano sobre la boca. Tenía los ojos desorbitados, la piel de un blanco de cera. Un segundo. Fue apenas un segundo, pero lo vi con una nitidez cruel: no era sorpresa lo que la dominaba, sino un pánico helado, animal, el de quien ve desmoronarse una pared que llevaba semanas apuntalando.
#1757 en Novela romántica
#620 en Novela contemporánea
amor, amor comfusion intriga, amor romance dudas odio misterio
Editado: 18.10.2026