Sin ti, amor.

Capítulo 2: Refugio.

Aiara.

Lo primero que sentí fue el calor.

No era el calor sofocante de una fiebre ni el ardor de la herida que me latía en la nuca. Era un calor distinto, manso, envolvente, como si alguien hubiera cubierto mi cuerpo con la luz del sol. Mis dedos rozaron una tela suave, tan fina que durante unos segundos creí que seguía soñando. Hacía tanto tiempo que no dormía en una cama de verdad, entre sábanas limpias y almohadas mullidas, que mi cuerpo no supo cómo reaccionar. Se quedó quieto, desconfiado, esperando que de un momento a otro alguien viniera a arrebatarme aquel milagro.

Abrí los ojos despacio.

El techo era alto, de un blanco apagado, con molduras elegantes en los bordes. Una lámpara de cristal colgaba justo encima de mí, apagada, y a través de unas cortinas gruesas de terciopelo azul oscuro se filtraba una débil claridad grisácea. Podía ser el amanecer o el atardecer. No tenía manera de saberlo. Por un instante, el pánico me recorrió la espalda. No reconocía nada. Ni la habitación, ni el olor a lavanda y madera vieja, ni el camisón blanco de algodón que alguien me había puesto en lugar del vestido negro del funeral.

Me incorporé de golpe y un mareo brutal me obligó a cerrar los ojos. Me llevé la mano a la nuca y sentí un vendaje limpio, perfectamente colocado, que cubría la herida que me había dejado la cadena al romperse.

La cadena.

El collar.

Todo regresó de golpe, como una ola helada que me golpeó de lleno en el pecho. La casa. Las palabras de Lucrecia. La risa de Daniela. La puerta cerrándose. La tormenta. El hombre encapuchado. El hueco desnudo en mi cuello. Y después, la sombra que caminaba hacia mí bajo la lluvia, el abrigo sobre mis hombros, aquella voz grave que me prometió que estaba a salvo.

Me llevé las manos a la boca para ahogar el sollozo, pero fue inútil. Lloré con una violencia que me sacudió entera, encogida sobre aquella cama enorme, con el rostro hundido en las rodillas. Lloré por mi padre. Lloré por mi madre. Lloré por la niña que fui, por la mujer que quería ser, por todo lo que me habían quitado en una sola semana. Lloré hasta que me dolieron las costillas y el pecho se me quedó vacío, como una casa donde alguien acaba de apagar todas las luces.

No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que, cuando por fin logré respirar con cierta normalidad, escuché que alguien me observaba.

Levanté la cabeza.

Junto a la ventana, sentado en un sillón de cuero oscuro, había un hombre. Estaba tan inmóvil, tan perfectamente fundido con las sombras de la habitación, que no lo había visto antes. Tenía los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas frente a la boca. Llevaba una camisa negra arremangada hasta los antebrazos y el cabello oscuro, todavía algo húmedo, le caía desordenado sobre la frente. Y sus ojos, aquellos ojos entre grises y plateados que había visto bajo el resplandor de un relámpago, me observaban con una intensidad que me hizo contener el aliento.

—Perdón —murmuró, con aquella voz grave y áspera que reconocí al instante—. No quería asustarte. No sabía si despertarías sola y pensé que no era buena idea que lo hicieras en un lugar desconocido.

Me quedé mirándolo, sin saber qué decir. A la luz del día, o de lo poco que pasaba por las cortinas, parecía aún más imponente. Debía de tener unos treinta y pocos años. Tenía una belleza dura, afilada, casi dolorosa, como la de una estatua que alguien hubiera esculpido en un momento de rabia. Pero había algo en su postura, en la tensión de sus hombros, en las ojeras profundas que le oscurecían la mirada, que hablaba de noches sin dormir y de batallas libradas en silencio.

—¿Dónde estoy? —logré preguntar. Mi voz sonó rasposa, como si llevara días sin usarla.

—En mi casa. —Hizo una pausa—. Te encontré anoche en la calle. Estabas inconsciente, empapada y con la temperatura corporal peligrosamente baja. No sabía a qué hospital llevarte ni quién eras, y la tormenta había cortado varias carreteras. Así que te traje aquí.

—¿Anoche? —repetí, con un hilo de voz.

—Has dormido casi veinte horas.

Aquel dato me dejó helada. Veinte horas. Mi cuerpo había decidido apagarse por completo, como si hubiera estado acumulando durante semanas un cansancio que por fin se permitía soltar.

—Mi médico, un viejo amigo de la familia, vino a revisarte —continuó—. Dijo que sufriste una hipotermia moderada, un golpe en la cabeza sin gravedad y varias contusiones. La herida del cuello requirió dos puntos. Nada que no pueda curarse con descanso. Ni siquiera tuvo que ingresarte.

—Dos puntos —repetí, tocándome el vendaje.

—Lo hizo con muchísimo cuidado. Dijo que casi no dolería.

Casi no dolía. Lo que dolía era otra cosa.

—Gracias —susurré—. De verdad. No sé cómo agradecerle...

—No me hables de usted. —Esbozó una media sonrisa cansada que no le llegó a los ojos—. Me hace sentir viejo.

—Gracias —repetí, esta vez más bajito.

Él asintió con la cabeza, como si aquella simple palabra fuera suficiente. Un silencio incómodo se instaló entre los dos. Yo no sabía dónde mirar. Notaba las mejillas ardiendo, las manos temblando sobre las sábanas, la garganta cerrada por la vergüenza.

—Me llamo Max —dijo al fin—. Max MacCarthey.

—Aiara —respondí—. Aiara Ferreira.

—Aiara —repitió despacio, saboreando el nombre, como quien prueba una palabra en un idioma extranjero—. Es un nombre hermoso.

—Era el nombre de mi abuela. Mi madre decía que significaba la que brilla.

Algo cambió en su rostro. Fue apenas un parpadeo, una grieta diminuta en la máscara de hierro que llevaba puesta, pero yo la vi. Desvió la mirada hacia la ventana, tragó saliva y volvió a mirarme con una expresión indescifrable.

—Es un buen significado —murmuró.

La puerta se abrió en ese momento, interrumpiendo aquella extraña quietud. Entró una mujer de unos sesenta años, de mejillas regordetas y ojos castaños llenos de ternura, con una bandeja entre las manos. Llevaba un delantal blanco impecable y el cabello gris recogido en un moño tan apretado que parecía sostener toda su personalidad.




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