Lily miró su trabajo. Lo entendía, pero no sentía que fuera a transmitir algo para perdurar. Miró de nuevo al joven que no apartaba la mirada de ella y esperaba su reacción.
—El concepto de tu debut será «principiante»; desde el momento en que te conocí, sentí que eras el tipo de mujer que será inolvidable —comentó la señorita Vont—. El negocio de la música ha cambiado con los años, así que, como el contrato dice una canción cada tres meses, lo mejor será que te acostumbres a trabajar con este hombre.
—No hay manera de que su voz sea tan buena como para que otros la escuchen —se quejó Ángel—. Solo mírala. Cubriendo su cara como si ya fuera famosa. Deberías sentirte afortunada de que esta compañía pusiera sus ojos en ti; hay otros que sueñan con ser aceptados aunque eso nunca vaya a pasar.
—Gracias, me siento afortunada de saber que tengo un talento oculto —respondió Lily, alegre.
Ángel se molestó, pero la señorita Vont se rio.
—Lily, vamos para que conozcas la sala de grabación y otros lugares. Antes de irte deberías ensayar un rato y, luego, vamos a comer algo. Ángel, ven con nosotros.
El tour por la empresa duró al menos dos horas antes de que su compositor perdiera el aliento. No solo fumaba como chimenea, sino que no tenía resistencia para hacer esos recorridos. El señor Manuel los miraba de cerca y comió junto a ellos con la intención de cuidarla de las malas miradas. Cuando ella se quitó el cubrebocas, Ángel no dejó de mirar cómo la piel de la cara tenía unos tonos amarillos que quedaban después de los moretones hechos con golpes.
—¿Qué te pasó? —preguntó, al ver que nadie comentó nada.
—Me metí en una pelea que no era mía —respondió, ofreciéndole ensalada.
La conversación giró en torno a lo que ella, como artista, esperaba de la empresa. Después de firmar el contrato, se arreglaría el calendario de ensayos donde ella debía practicar nuevas canciones y asistir a reuniones para decidir cómo trabajar su imagen. En ocasiones, la empresa tenía un equipo designado para asignar conceptos, pero ahora la manera en que trabajaban era lanzarla como principiante y dejar que el público estableciera lo que quisiera. Así, trabajarían con esa base, dejando que las expectativas y deseos de los oyentes construyeran la imagen ideal del artista sin influir en la letra y música de las canciones. Desde afuera, parecía que dejaban esa decisión a los oyentes, pero desde adentro solo era una táctica más de publicidad que servía para enganchar al nuevo público, captando su interés y tomando en cuenta sus opiniones.
Más tarde, fueron a la sala de ensayos. Ella leyó las canciones y eligió una que tenía más rechazos que versos en ella. Ángel la acompañaría con la guitarra.
It must be fate.
Even when we first met…
Una voz pequeña, casi frágil y cristalina, que tiene la capacidad de proyectar la tensión emocional de un encuentro destinado a tomar caminos separados. Una melancolía pura para dejarle saber al oyente que la despedida es inevitable, aunque el final no hubiera sido decidido por ellos mismos.
La primera impresión no fue buena, pero después de escuchar su interpretación, había mariposas revoloteando en su estómago; mariposas que creyó se habían asfixiado por el humo del tabaco. Sonrió; no era lo que buscaba, sino algo mucho mejor; tenía que pulir esa voz.
Tras despedirse, Lily pidió ser llevada a los dormitorios donde Ray estaba viviendo.
Galia Inc. tenía en su poder al menos una docena de edificios, todos donados por sus grandes artistas, donde actualmente vivían los aprendices. Todos incluían aquello que los artistas más echaron en falta durante el periodo de entrenamiento, como salas de juegos, baños personales o salas de ensayo individuales, y podían disponer de ellos aun después de debutar, solo aportando lo mínimo para los gastos fijos. La mayoría se mudaba a una casa compartida designada para el grupo hasta tener el éxito deseado, y solo entonces cada uno adquiría su propiedad. Ray nunca había vivido lejos de su tío y el departamento le parecía extraño; era un departamento individual donde cómodamente tenía espacio de sobra para vivir a sus anchas. No se quejaba porque no tenía tiempo entre ensayos y prácticas; sentía que no tenía que enfocarse en nada más, pero cuando vio a Lily en su puerta, toda la fortaleza que tenía se esfumó.
La abrazó como si hubieran pasado años desde la última vez que se vieron.
—Me alegro tanto de verte —le dijo con una voz que ella jamás le había escuchado.
—Yo también, pero me estás asfixiando —comentó Lily. Ray se alejó riendo nervioso. El señor Manuel había visto el recibimiento y ella sabía que no dudaría en informarle a su tío, y quizás sería Alan quien no lo encontraría tan divertido.
Conversaron un rato, él comió lo que ella le llevó y después dieron un tour por el lugar. Era un lugar grande; en serio grande cuando Lily se enteró de que había dos pisos bajo tierra. Ray le enseñó el gimnasio, la sala de ensayo y la cocina donde todos pasaban el rato. La sala tenía grandes sillones y una televisión gigante que nadie veía. Cada pocos pasos se encontraban con una persona y Lily era presentada ante ellos. No tenían servicio de limpieza, así que debían hacerlo ellos mismos después de terminar su jornada laboral.
—Dice el entrenador vocal que hubo un tiempo con muchas filtraciones, por lo que hay personal reducido —explicó Ray—, pero para que todos estén bien y se esfuercen como es debido, las visitas están permitidas. Tenemos un gran reglamento, pero no nos quitan los celulares ni el contacto con el exterior. Si tenemos buen rendimiento, nos dejan salir, aunque preferimos ensayar. Somos muy extraños.
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Editado: 21.09.2026