Solo una ordinaria historia de amor

25

—Me parece que veo a Alan más seguido en mi casa que en las veces anteriores —comentó Ángel durante el desayuno una mañana de diciembre.

Lily acababa de servir la comida; Alan había llegado a desayunar con ellos. Ya eran vacaciones de invierno, por lo que se había cumplido un año desde que ella llegó a esa casa. Al contarlo en retrospectiva, la estancia que solo sería por unos días se había convertido en una adopción legal donde ella ahora había tomado, o mejor dicho, tomaría el apellido Dávalos.

—Bueno, vine a visitarte y, de paso, a ver cómo estaba mi novia, querido suegro.

Ángel Dávalos sintió escalofríos al escucharlo hablarle de esa manera. En los últimos tres meses, él había decidido adoptarla formalmente, dándole la opción de tomar su apellido o mantener el propio. Lily no podía estar más contenta por sentirse querida, y es que las cosas que estaba haciendo iban tan bien que quería que se mantuvieran de la misma manera todo el tiempo posible.

Su rehabilitación estaba a punto de terminar. Cocinaba como antes y volvía a escribir, pero dibujar aún era una tarea complicada; no obstante, no sentía que fuera una gran pérdida. Además de eso, su primer sencillo estaba a punto de salir a la venta. En los ensayos sentía que debía mejorar, pero, cuando su compositor y su productor estaban de acuerdo, sabía que había hecho un buen trabajo. Había visitado a Ray con frecuencia y conocía a los chicos con los que él iba a trabajar durante algunos años; todos hablaban de sus expectativas y era algo que, lejos de hacerla sentir incómoda, le demostraba que ella había encontrado un lugar al cual pertenecer.

Por no mencionar que su relación iba viento en popa. Alan rara vez discutía con ella y, cuando lo hacían, ambos se disculpaban. Para las vacaciones de invierno, habían decidido viajar a la ciudad donde él vivía y estudiaba, donde ella llegaría a conocer a sus compañeros de clase y amigos. Alan no quería presentarla, pero no podía mantenerla solo para él; en ocasiones, quería presumirla. Lily era hermosa y era hora de que todos lo notaran.

—No me digas así. Lily aún es joven para pensar en el matrimonio —sentenció Ángel.

Matrimonio.

Era una palabra tan indiferente en su vocabulario que resultaba extraña. Solo tenía diecinueve años, no tenía tiempo de pensar en nada de eso, no porque no fuera importante, sino porque estaba feliz con el tipo de vida que ahora llevaba. Se imaginaba casándose cuando fuera mayor, pero ahora era un sentimiento tan desconocido que no tendría que salir de su boca cómo se sentía al respecto, aún no.

—Querido suegro, ¿qué se siente olvidar el cumpleaños de su hija?

—Ejem, no quiero hablar de ello.

El cumpleaños de Lily fue el siete de septiembre y jamás fue una fecha en la que particularmente quisiera festejar o recibir algo. Su madre lo recordaba como una lucha duradera y su padre lo mencionaba con orgullo, pero, más allá de decirle que nació sana, nadie la felicitó por cumplir un año más de vida e, incluso llegó a pensar que esa no era su verdadera fecha de nacimiento. Aun así, Alan la llamó a medianoche para felicitarla y prometerle un regalo, pero tanto Ray como el señor Dávalos se sintieron avergonzados de no saber una fecha tan importante que, sinceramente, ella también había olvidado.

—Alan, no molestes a mi papá. De hecho, ¿cómo supiste que fue mi cumpleaños?

—Recuerdas que te llevé al hospital; allí escuché tus datos: Lily Oribe, nacida el siete de septiembre hace diecinueve años. Solo para recordarte, mi cumpleaños es el 31 de diciembre y cumpliré veintidós años.

—Sí, y por eso tenemos esto —le enseñó una foto de dos boletos.

Su padre se sintió culpable por pasar por alto una fecha como esa, así que le regaló un viaje para dos. Era cierto que la trataba como hija y respetaría su relación mientras Alan no quisiera pasarse de la raya. Ray incluso le mandó un regalo por paquetería y una larga carta de disculpas por haberse retrasado.

—Hija, escuché que estabas planeando ir a la universidad. ¿Elegiste cuál carrera?

—Sí, lenguas extranjeras —contestó orgullosa.

—¿Por qué? —preguntó Martha, que estaba recogiendo los platos.

—Bueno, cuando grababa las canciones, la gran jefa dijo que, mientras sea más versátil en la pronunciación extranjera, puedo llegar a más público, como en su momento lo hizo el grupo ABBA. Mi compositor hizo comentarios parecidos, diciendo que tenía facilidad para aprender rápido otros idiomas que no sean el inglés, pero estoy aún investigando dónde y cuánto puede costar. También debo investigar el perfil profesional y la currícula.

—No te preocupes por el dinero. Cuando elijas la universidad, solo preocúpate por el examen de admisión y déjame todo lo demás.

—Gracias.

—Lily, se hace tarde —dijo Alan, mirando el reloj.

—Ah sí... Papá, estaré con Alan en una fiesta con sus amigos; no regresaré tarde.

—Está bien, llama al señor Manuel si necesitas que te recoja. Le avisaré de antemano y no tomen demasiado.

Alan conducía mientras platicaban y sonreían por una cita más.

Una fiesta junto a los amigos de Alan, bueno, no tanto una fiesta, sino una reunión casual. Alan mencionó que sus amigos de la ciudad querían conocerla y la invitaron con esa intención. Aceptó, pues, de alguna manera, ampliar su círculo social le parecía bien, pero no dejaba de pensar en aquellos comentarios que escribieron debajo de la inocente foto y no podía evitar preguntarse si esas personas eran las mismas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.