Regresaron en silencio. Alan podía notar que ella no quería hablar del tema y estaba reservada en cuanto a lo que sentía después de ser ignorada por todos en la fiesta. Pese a ser la invitada, también fue ignorada incluso por el anfitrión. Por mucho que Alan hizo el intento de conversar con alguna que otra persona, nadie respondió a esa sinceridad. Él pensó que, por ser sus amigos, la iban a recibir con calidez o con algo para que se sintiera aceptada, pero dejaron claro que no les interesaba conocerla en lo más mínimo. Lily eligió su ropa con cuidado porque quiso conocer personas, pero la decepción más grande fue cuando ese esfuerzo solo la hizo sentir que no pertenecía.
Que el trayecto fuera silencioso, solo reforzaba la idea de que había algo más que la molestaba. La dejó en casa. La despedida fue fría y, en la mañana, cuando él quiso conversar, ella ya había salido a hacer sus trabajos del día.
Le envió mensajes que ella no respondió; esperó en la entrada por su llegada, pero no apareció. Cerca del almuerzo, recibió una llamada de Maurice diciéndole que estaba en la ciudad por si podían verse y salir a algún bar. Aceptó. Envió más mensajes a Lily diciéndole dónde estaba y no tuvo respuesta.
Salió rumbo al lugar donde se encontraría con su amigo, esperando que, al regresar, tuviera palabras que decirle.
—Oye, si me invitas a comer, al menos salúdame —dijo una mujer que acompañaba a Maurice.
—Solo invité a Maurice. ¿Cuándo regresaste?
—El fin de semana. Me quedaré todas las vacaciones… ¿Cómo estás?
—Enojado —contestó Alan—. Anoche fuimos a la fiesta de Emilia y fue un desastre. No importó cuántas veces intentó saludar y presentarse mi novia, solo la dejaron hablando sola. Emilia no debía invitarnos.
—Oh, estábamos allí, así que se fueron temprano —comentó Maurice, llamando al mesero con la mano—. Ni modo, si ella no se puede adaptar a su entorno, solo no la invites.
—¿Cómo puedes decir eso? —se quejó la chica—. Es la novia de tu amigo. Por cortesía, deben conocerse aunque no se hagan amigos.
—Ella debió poner más empeño de su parte. Seguramente es de sangre pesada o le saben cosas. En esta ciudad todo se sabe; por algo nos mudamos. Mary, ¿qué vas a pedir de comer? —preguntó, mirando el menú.
—Ay, mi novio, tan terco —se quejó ella—. Hace rato escuchamos de la madre de Maurice que la señora Oribe fue detenida.
Alan la miró, porque ese apellido surgía en esa conversación.
—¿Por qué? Digo, no sé de quién hablas.
—Ah, es la mamá de una vieja amiga —contestó Maurice—. Lo único bueno en ella es su cerebro; aunque nunca ha sido bonita, siempre esperé que sus padres se llevaran bien. Escuché que, anoche, la señora Oribe golpeó a una mujer de otra colonia que se dice es la amante de su esposo.
—Vaya, los problemas no vienen solos —comentó Mary y señaló cualquier cosa del menú—. Parecen personas muy problemáticas.
—Bueno, gran parte del problema es Lily. Es muy desobediente e indiscreta; no te imaginas cuánto la vi discutir con su madre en la escuela... De todos modos, ella debería arreglar el problema que ocasionó. Las familias no están hechas para distanciarse —declaró Maurice como si dijera lo más obvio del mundo.
—¿Y si ella es también una víctima? —cuestionó Alan.
—Los victimarios también son víctimas —respondió Maurice, cortante—. Cuestión de perspectivas.
La comida terminó con ellos conversando de otro tema. Aunque Alan quisiera ayudarla, la verdad era que no era su asunto hasta que ella le pidiera ayuda. Claro que eran novios y se preocupaba por ella, pero quizás su intromisión resultaría contraproducente.
Todo ese día no se encontró con ella. Por la noche, la vio llegar a la casa, pero no hablaron. Alan pensó que estaba bien darle su espacio, aunque sentía que Lily estaba construyendo un muro entre ellos.
El viaje que él pensó que quizás se cancelaría siguió su curso. Ella lo esperaba en la sala con las maletas listas; sonriendo, vistiendo ropa cómoda y despidiéndose de su padre. Alan notó que ella estaba más seria de lo habitual y que la ropa que usaba cubría cada parte de su piel. Más allá de hablarle, él se dedicó a tomar fotos de los dos y sonreír como si fuera una obligación, limitándose a responder solo a preguntas que considerara simples. Durmieron en la misma cama, pero ella se negó a hacer algo con la excusa de estar en medio del periodo menstrual. Alan intentaba dormir sin poder lograrlo; ella se levantaba en medio de la noche y él sentía que era ella quien se mantenía despierta contra su voluntad.
Fue una semana de viaje donde las apariencias y su actuación estaban al orden del día. Alan no sintió cariño, no sintió apoyo ni conexión. Intentaba conversar, pero Lily no tenía ganas de hablar bajo la excusa de que había practicado tanto su canto que le había terminado doliendo la garganta.
Llegó su cumpleaños y recibió el nuevo álbum de Blue Romance, un álbum que incluso él había olvidado solicitar; no, de hecho, había olvidado todo lo referente al grupo que le gustaba. Le dolía que solo eso tuvieran en común y sentía que, en cualquier momento, ella lo dejaría.
—Lily, ¿sabes cuál es mi fruta favorita? —preguntó él mientras le ayudaba a cocinar el primer día del año.
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Editado: 12.10.2026