Solo una ordinaria historia de amor

30

Sucedió a mediados de octubre.

Lily había recibido una llamada de Ray; en ella, le avisó que su primer MV saldría en una fecha anticipada y le pidió que lo viera de principio a fin, dado que el concepto manejado por el grupo era del tipo sexy. Ella le respondió que lo vería muchas veces hasta aprenderse la coreografía y le deseó suerte en las presentaciones venideras.

Esa tarde, ella iba a llegar a lavar y cocinar. Tendría exámenes la siguiente semana y no quería distraerse pensando en las tareas del hogar por hacer, en lugar de estudiar sus apuntes. Estudiar lenguas extranjeras no era lo que pensaba, pero lejos de ser una decepción, comprendía por qué era importante saber comunicarse con otros. Aprendería inglés, alemán, italiano y francés. Tenía que elegir una materia optativa y seleccionó mandarín. Sabía que sería difícil, pero no era algo que no fuera a lograr.

Recibió un mensaje de Alan avisándole que llegaría después de la cena. Ella sonrió y le mandó una foto de la comida que preparó. No esperaba recibir respuesta, cuando el ruido de alguien tocando la puerta, llamó su atención. Fue a abrir y vio una cara desconocida.

—¿Qué hay, Lily?

—¿Nos conocemos? —quiso saber, arrepentida de haber dejado su celular en la mesa de la cocina.

—Soy Maurice —se presentó—. Fuimos juntos a la primaria.

—Ah, ¿y qué quieres?

—Bueno, soy amigo de Alan, del mismo bar que suele frecuentar, y él me platicó de tu problema —dijo con voz calmada—. Ya sabes, ese distanciamiento familiar. Así que, como él quiere ayudarte a resolverlo, decidí echarles una mano.

—No es tu asunto. Y lo que sea que haya dicho Alan, estuvo fuera de lugar.

—No te enojes con él, fue con las mejores intenciones —sonrió—. Y te traje una sorpresa.

Maurice hizo una seña con la mano; detrás de él aparecieron una mujer con sus tres hijos... su madre acompañada de sus hermanos.

—Hablemos adentro —sugirió Maurice, pero Lily no se movió—. ¿No quieres hablar?

—No van a entrar. No los quiero aquí.

—Ay, por Dios. Lily, quítate de la puerta —habló su madre y la tomó del brazo, empujándola.

Entraron, pero Lily se interpuso en el pasillo.

—Vayanse o llamaré a la policía —advirtió.

—Estoy cansada y quiero dormir un poco. Lily, no seas egoísta. Te fuiste cuando tu padre estaba quitándonos todo. No tenemos casa; Mike irá pronto a la universidad y las gemelas necesitan retomar su carrera deportiva. Nos quedaremos aquí, será un tiempo nada más. Mike, ve a ver las habitaciones.

—No, váyanse. No des un paso más.

La voz de Lily sonaba inusualmente dura. Maurice, en un intento de calmarla, se interpuso entre las dos.

—Lily, no hagas esto. Es tu madre y necesita ayuda. Las familias no deben estar separadas. Tu padre cometió un error y lo sabemos, pero ¿qué serás tú si no ayudas a la mujer que te dio la vida?

—Oye —habló en un tono más agresivo—, ahora que lo mencionas, me acuerdo de ti. Tu padre abandonó a tu madre después de golpearla y, además, llevó a la amante a vivir en la misma casa... ¿Esperas que yo haga lo mismo? Piérdete.

Maurice perdió todo el color de la cara y, sin pensarlo, la golpeó en el rostro. Lily, lejos de quedarse tendida en el suelo, se fue contra él aun sabiendo que iba a perder. La madre intentó separarlos, pero no se esforzó mucho, provocando que Lily recibiera varios golpes más; Mike se acercó a separarlos. Maurice estaba haciendo uso de su fuerza y tamaño contra ella, que solo podía esquivarlo. Lily estaba empujándo con todas sus fuerzas, cuando su madre la detuvo y le dijo:

—No te enseñé a ser una bárbara.

—Váyanse ahora —y escupió al suelo frente a ella. La mujer le dio una cachetada.

—No sé en qué me equivoqué. Te fuiste un día a vivir con un hombre, solo causabas problemas y ni siquiera fuiste a la universidad. Ahora ese hombre te pone casa y sustento, pero no eres ni para ofrecerlo en momentos de necesidad.

Antes de responder, apareció Alan. Estaba sorprendido; miró a los presentes. No sabía qué hacía Maurice allí, ni qué hacían esas personas que parecían ver un espectáculo. Llamó a la policía de inmediato.

Discutieron. La madre de Lily quería entrar a la fuerza a la casa, Mike intentó defender a su madre y Lily trató de sacarlos. Alan reprochó a Maurice las cosas innecesarias que había hecho, pero él no tenía ni pizca de vergüenza o señales de arrepentimiento. Sabía lo que hacía y lo hizo para ayudarlo a él. Cuando llegó la patrulla, la madre de Lily dejó claro que la casa era suya y que vivía allí, pero que estaba siendo ocupada por alguien más. Al ver a la joven golpeada, los oficiales tuvieron que hablar con ella y con Alan. No llegaron a ninguna parte hasta que Alan llamó al señor Dávalos.

Fue una larga hora, donde ella rechazó la ayuda de Alan para curar sus heridas.

La aparición del señor Dávalos como dueño de la casa, señalando a las personas que la ocupaban, dejó en mala posición a la señora Oribe y a sus hijos. Maurice intentó justificar que había sido Lily quien exigió compartir su nuevo hogar con su madre, pero ella ya estaba tan harta de escuchar lo mismo que, en lugar de gritar, comenzó a llorar. No había nada más que hacer; sentía que iba perdiendo las fuerzas.




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