_"Puesta de Sol desde un rascacielos".
ERICK JONES:
2 de diciembre.
_No pude hacerlo-confesé soltando el humo del cigarro-
Arthur y Julián alteraron miradas entre sí, igual de despistados y confundidos.
_¿Hacer qué?-el médico fue el primero en hablar-
Apreté mis ojos con fuerza y suspiré profundo para mirarlos. Me separé del balcón y giré el cuerpo quedando frente a ellos.
_No pude pedirle matrimonio a Stella.
Silencio.
Más silencio.
Estaba de más añadir el adjetivo incómodo puesto que la atmósfera se había vuelto densa de una forma inexplicable.
_No.Lo.Puedo.Creer.¿Dónde están las cámaras?¿Quién eres y qué hiciste con mi mejor amigo?-Julián fue el primero en romper el silencio, obviamente sin creerlo-
_No sabía que podías llegar a dudar de algo así, menos tratándose de algo relacionado con Stella-añadió Arthur-
_Esta vez te pasaste, es una pésima broma y una de mal gusto.
Continuaron con sus comentarios un poco más hasta que me harté de escucharlos. Había apretado tanto los puños que mis nudillos se encontraban más pálidos que nunca. Lo menos que necesitaba eran sus idioteces.
_Basta-setencié alternando una mirada fulminante entre ambos- No es una broma. Y no, no dudé de casarme con Stella, tampoco entiendo que fue lo que pasó. Simplemente no fue el momento ni el lugar, habían muchas personas desconocidas y no teníamos privacidad.
_Pero eso debiste haberlo pensado antes de haber escogido el lugar. O reservarlo únicamente para ustedes-comentó Arthur, con una pose pensativa-
_Exacto, escoge un lugar que sea privado, donde solo sean ustedes; y Aurora por supuesto, hazlo inolvidable porque a fin de cuentas será un día que nunca se volverá a repetir en sus vidas-apoyó Julián, poniendo una mano sobre mi hombro, dándome un fuerte apretón-
_Por ejemplo,¿Sabes qué día es hoy?-preguntó Arthur con una sonrisa y un brillo cómplice sus ojos que solo aparecía cuando se le ocurrían grandes ideas-
_Dos de diciembre-respondí rodando mis ojos ya que no entendía el sentido de su pregunta-
_Y es la ceremonia de iluminación-continuó Julián y su cara se llenó de felicidad al entender lo que quería decir el médico- Todo está fríamente calculado-añadió con entusiasmo, dándome una palmada por la espalda que casi me deja sin aire-
STELLA SPENCER:
Ser madre primeriza para mí no está siendo tarea fácil, sobre todo porque Erick pasa la mayor parte del día en la universidad y tengo que encargarme de casi todo yo sola. Es agotador, a veces a penas tengo tiempo de mirarme al espejo o de dormir lo necesario.
Últimamente he descubierto que me gusta pasar tiempo en el cuarto de Aurora, aunque sea verla dormir o balancearme en el sillón donde le doy el biberón y la duermo. La primera vez que la vi dormir en su cuna lloré, tal vez por la depresión del posparto o tal vez por el pensamiento de que mi madre nunca me pudo cargar en sus brazos y disfrutar de esos pequeños momentos conmigo. No pudo darme cariño, aconsejarme o mucho menos verme crecer.
Sin darme cuenta, ya estaba hecha un manojo de lágrimas, de nuevo. Sollocé varias veces, intentando respirar profundo para calmarme. Busqué mi teléfono en toda la habitación de Aurora hasta que lo encontré en el sillón.
Marqué de memoria el número de Erick, haciéndome un pequeño ovillo en la alfombra del suelo. Abracé con tanta fuerza mis piernas, esperando a que el respondiera.
Un timbre. Solo bastó un timbre.
_Hola, lunática-fue el primero en hablar-
Su voz llegó a mi como un rayo de luz. Se escuchaba el ruido de la carretera, al parecer estaba manejando.
No respondí. Solo solté un pequeño sollozo.
_¿Están bien?¿Ocurrió algo?-preguntó en un tono de preocupación-
Las lágrimas volvieron a empañar mis ojos y mojar mis mejillas sin razón alguna. Solamente lo necesitaba él. Lo necesitaba aquí, abrazándome.
_Te necesito-hablé por lo bajo y con la voz entrecortada-
_Voy enseguida, lunática. No tardo.
Colgó la llamada tras pronunciar esas palabras. Tal y como dijo, Erick no tardó ni siquiera treinta minutos en llegar. Escuché como la puerta se abría de golpe, en un abrir y cerrar de ojos se encontraba abrazando mi cuerpo.
_¿Estás bien?-preguntó en voz baja, acunando mi rostro entre sus manos-
Asentí suavemente.
Nuestros ojos se encontraron en un breve silencio. Su mirada me analizaba con un ápice de alivio o buscando algún signo de malestar. Acarició mi rostro, limpiando con sus labios cualquier rastro de lágrimas.
_¿Aurora está durmiendo?
Asentí de nuevo y noté como suspiraba de tal manera que parecía haberse quitado una carga de encima.
_¿Tiene que ver con tu abuelo?¿Es eso?-volvió a preguntar, sus preguntas no me presionaban o exigían respuestas, al contrario, quería entender mi tristeza-
_No..-finalmente pude despegar mis labios-es..mi madre. Nunca había sentido la ausencia de mi madre hasta que tuve a Aurora. Nunca la conocí, nunca me conoció. Ahora entiendo perfectamente por qué mi padre me odia.
Volví a desmoronarme en sus brazos. Volví a quebrarme y lloré sin consolación como una niña pequeña, como solía llorar de pequeña en aquel cuarto oscuro y solitario lleno de ratas. Erick no pronunció ninguna palabra, solo acariciaba mi cabello y dejaba que llenara de lágrimas su camisa. Minutos después susurró lo siguiente:
_Yo no.
_¿Qué?-alcé mis ojos para verle y su semblante mostraba la mezcla del dolor y la rabia-
_Yo no entiendo a tu padre. Si tú morías dando a luz a Aurora, no la odiaría. Por el simple hecho de que es el único recuerdo vivo que me quedaría de ti, y créeme Stella, yo nunca había sentido miedo ante algo. Hasta que tuve miedo de perderte.
Acomodó un mechón de cabello tras mi oreja, mis lágrimas querían volver a asomarse, pero él no lo permitió. Me tomó por la barbilla para sellar nuestros labios en un beso lento. Un beso que prometía sanar todas mis heridas sin importar la gravedad de las suyas.