Divinas Tentaciones

La verdad enterrada (3era. Parte)

La verdad enterrada (3era. Parte)

El mismo día

Kazanlak

Arianna

Russell me había entregado antes de morir una libreta con información. Presumía que ahí estaba la respuesta sobre su asesino. Podía ser mi salvación o mi condena. Por eso debía actuar con prudencia, con desconfianza… incluso con Dominic.

Al final, él era el nuevo jefe de la mafia en Kazanlak: haría lo que fuera por cuidar su territorio, sus negocios, su poder, entonces no era tan fácil sincerarme. Y en nuestro entorno confiar podía costarte la vida. Ese error ya lo había cometido una vez, por eso volver a dejar que el tonto de mi corazón tomará las riendas no era una opción.

Así que respondí con verdades a medias, sin mencionar la libreta. Sin embargo, pude ver en el azul de sus ojos que algo no le cerraba. Esperaba que explotara, que me soltara un grito, que intentara arrancarme la verdad a la fuerza. Pero no lo hizo. Se mostró demasiado civilizado… demasiado amable. Y eso sí que me descolocaba.

Volvía al mismo punto: ¿Le interesaba Arianna la mujer? ¿O solo me ayudaba por conveniencia?

Sí, estaba confundida… o simplemente necesitaba escuchar de sus labios, con todas las letras que le interesaba. No era tan difícil lo que pedía: si te interesa alguien, lo dices y punto. Pero hablábamos de Dominic Todorov, un hombre incapaz de expresar sentimientos, como si eso lo debilitara.

Y horas más tarde estaba observándolo. Él acomodándose en mi sillón como si fuera un huésped indeseable que no tenía intenciones de marcharse. Pero cada día su sola presencia era un peligro, demasiado tentador, demasiado adictivo. Por eso intentaba no prestarle atención, y encerrarme en mi habitación.

—Es un poco temprano para dormir —murmuró, sin mirarme.

—Me obligas. No puedo echarte de mi propia casa —respondí con fastidio controlado—. Y con la excusa de que me cuidas, te has convertido en mi sombra.

Le lancé una mirada de reojo, los brazos cruzados.

—Arianna, no voy a discutir contigo.

Él dejó la manta sobre el brazo del sillón y dio un paso hacia mí, luego otro.

—Eso buscas para echarme —acusó, serio.

—Creo que te aprovechas de que estoy vulnerable para quedarte en mi casa —disparé, ladeando la cabeza—. Quizá tu ostentosa mansión te aburre… no te sientes cómodo en ella.

Dominic alzó una ceja, casi divertido.

—Admito que no me gustan tantos lujos. Prefiero esto… algo íntimo, cálido. Tu casa tiene ese toque de hogar —dijo con sinceridad. Luego sonrió, descarado—. Además, me encanta verte rabiar.

—Desgraciado —mascullé entre dientes.

Di media vuelta y avancé hacia la habitación. Apoyé la espalda contra la puerta apenas la cerré, respiré hondo… y sonreí como idiota, pero duro un segundo. Vi la libreta sobre la mesita y sabía que no podía seguir aplazando revisarla.

Di unos pasos, la tomé entre las manos y comencé a hojearla con detenimiento. Eran pistas dispersas: apellidos conocidos, otros no; fechas; lugares; transferencias bancarias. Posibles víctimas… o posibles asesinos. Tal vez gente que Russell había eliminado por encargo.

Pero me cansé de intentar descifrarla y la guardé en el cajón con llave.

Y hoy, temprano por la mañana, apareció Petar tocando mi puerta. Apenas la abrí, su cara ya anunciaba malas noticias.

—¿Qué sucede, Petar? —solté, dejando espacio para que entrara.

Él pasó y se plantó en la sala.

—Seré directo, Arianna. Tenemos que pagarles a los proveedores, a las nuevas bailarinas, a los empleados… —enumeró con impaciencia—. Perdemos dinero a diario. A este paso no tendremos clientes cuando volvamos a abrir el club.

—Debemos reabrir Divinas —admití, seca.

—Sí, es lo ideal —respondió él con la voz áspera—. Russell está muerto, nada va a cambiar ese hecho.

—Lo sé —resoplé—. Pero el terco de Dominic piensa que todavía hay peligro. Tanto que sigue metido en mi casa, y sin exagerar, le falta poco para traer su ropa y guardarla en mi clóset.

Petar me sostuvo la mirada.

—Tu novio puede cuidarte, pero no puedes permitirle que decida por ti. ¿Dónde está la Arianna que conozco?

—Dominic no es mi novio —protesté—. Ni siquiera sé cómo definir lo que tenemos. Pero es cierto… es hora de poner límites.

Lo cierto fue que vine al club dispuesta a abrir, pero lo primero que encontré fueron a los hombres de Dominic bloqueándome la entrada. Ni siquiera escuchaban.

Lógico: estallé. Una cosa era “protección”, otra muy distinta era imponerme su voluntad.

¿Acaso alguien aquí olvidó que yo era la dueña del maldito lugar?

Entonces apareció Dominic, con su marcha segura de siempre, buscando hacer su maldita voluntad. Discutimos como siempre, pero esta vez escupió algo parecido a sinceridad; afirmó que le intereso como mujer. O al menos eso entendí. Pero si creyó que eso iba a cambiar mi decisión, se equivocó.

Y en este instante, el silencio pesa entre los dos. Él me mira como si intentara descifrarme. No sé qué espera… o sí: quiere que corra a sus brazos como si fuera otra de sus aventuras, pero tendrá que esforzarse bastante si quiere algo real conmigo.

Dejo que mi voz corte el aire:

—Perfecto. Ya escuché tus argumentos. Pero mi club, mis decisiones.

Me doy vuelta para alejarme, pero su mano cierra sobre mi brazo. No es violento… es posesivo. Su mirada me fulmina.

—Te acabo de decir que me importas. Te abrí mi corazón y solo obtengo esto…

—Sí, te escuché. ¿Y qué?

Su respiración se acelera. Veo cómo se le tensa el cuello.

—¡Maldita sea, Arianna! —gruñe, cerca de mi boca—. Yo no sirvo para… no sé cómo…

—Conmigo las cosas son claras —lo interrumpo, con el mentón en alto—. Nada de palabras a medias.

Intento soltarme, pero él me acerca aún más; su mano pasa a mi cintura, firme. Me sostiene unos segundos sin hablar… uno, dos, tres… cuando creo que me va a dejar ir, ataca mis labios.

No es un beso amable. Es un choque. Urgencia. Hambre. Me roba el aire. Y yo contra toda lógica respondo. No es como otros besos; tiene algo más, algo que me amenaza la cordura.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.