Al día siguiente, en la madrugada
Kazanlak
Dominic
El corazón me latía desbocado mientras sostenía a Arianna entre mis brazos, en el asiento trasero. Petar pisaba el acelerador rumbo al hospital, pero yo solo podía pensar en una cosa: que resistiera, que nada le sucediera a ella ni al bebé.
Me odié…me odié por haberla dejado sola, por no haberla escuchado. Por no protegerla. Y en medio de mi desesperación, su respiración débil me anclaba a la realidad.
—Ya estamos llegando al hospital —dijo Petar sin apartar la vista del camino—. Arianna no perderá al bebé.
Negué con la cabeza, el nudo cerrándome la garganta.
—Es mi culpa todo lo que está pasando —solté con la voz rota—. Yo debí quedarme a protegerla… no marcharme como un idiota a buscar venganza.
—Ya es tarde para lamentos —respondió seco—. Ahora debemos confiar en que los doctores hagan su trabajo y los salven.
Apreté la mandíbula.
—¿Por qué no me dijo que estaba embarazada? —murmuré con la voz rota—. ¿Por qué?
Petar me miró de reojo.
—Parece que no la conocieras.
Petar frenó de golpe frente a la entrada del hospital. No perdí tiempo. Bajé con Arianna en mis brazos, gritando por ayuda. En segundos aparecieron los médicos con una camilla. La vi alejarse por ese pasillo blanco, dejándome con el pecho estrujado, como si me arrancaran algo vital.
—Dígame que estará bien… mi mujer y mi hijo —le pedí al doctor, con la voz hecha trizas.
—Vamos a hacer todo lo que esté en nuestras manos para salvarlos —respondió con profesionalidad—. Mientras tanto, señor Todorov, déjeme revisar esa herida. ¿Me acompaña?
Las horas en la sala de espera se volvieron una tortura lenta, insoportable. Cada minuto pesaba como una sentencia. Hasta que, finalmente, alguien me dijo que estaban a salvo. Que habían resistido. Pero que podían surgir complicaciones.
Desde ese momento no me despegué de Arianna. Necesitaba que despertara. Necesitaba pedirle perdón. Decirle que estaba feliz con la llegada del bebé. Que los cuidaría con mi vida si era necesario.
Horas más tarde, Milos entró a la habitación. Su expresión tensa anunciaba más problemas.
—¿Aún no despierta? —preguntó en voz baja—. ¿Qué dijeron los doctores?
—Hay que esperar… —respondí sin apartar la vista de ella—. ¿Qué haces aquí?
—Tengo al sádico de Bogdan en el sótano de la mansión —informó—. Pero es cuestión de horas para que corra el rumor de que lo tienes cautivo.
Giré la cabeza lentamente hacia él.
—Prepara a los hombres —ordené—. Armas, autos, todo lo necesario. Vamos a atacar a Viktor.
Milos frunció el ceño.
—¿Y el acuerdo? ¿Qué diría tu padre?
Una carcajada amarga se me escapó.
—A la mierda el acuerdo. A la mierda mi padre —escupí—. Ese cabrón casi mata a mi mujer y a mi hijo. Y encima me vio la cara de idiota todo este tiempo. —Apreté los puños—. Se acostaba con Natasha. Eran amantes.
—Eso es exactamente lo que quiere —advirtió Milos—. Provocarte. Que rompas la tregua y quedes sin el apoyo de Oleg.
Lo miré, los ojos ardiéndome.
—Pues lo logró —dije bajo—. Voy a encontrarlo… y voy a matarlo por todo el daño que hizo.
Quizás era un acierto. Quizás era error, pero el miedo de que pudiera volver a hacerlo me carcomía por dentro. Tenía que proteger a Arianna y a mi hijo a cualquier precio, incluso si eso significaba cruzar una línea de la que no se vuelve.
Cuando por fin despertó mi fiera, recuperé el aliento. Pensé que lo peor había pasado. Me equivoqué. En un segundo, todo se fue a la mierda.
Gritaba. Rabiosa. Me reclamaba por mentirle, por ocultarle quién era en realidad. No le mentí… solo omití que Viktor era mi medio hermano. Creí que bastaba con demostrarle que no era como él, ni como mi padre. Que mis actos hablaban por mí.
No fue así. En sus ojos encontré odio. Dolor. Rabia. Una herida profunda, abierta, sangrante. No era culpable de lo que Viktor le había hecho en el pasado: el hijo que perdió, la prisión, pero aun así yo pagaba los platos rotos. Cargaba las culpas de los fantasmas de mi sangre.
Y dolió, cómo dolió su rechazo. El nudo me cerró la garganta. La punzada en el pecho me dejó sin aire. No soporté ver odio en su mirada… ni sentir que la perdía por algo que no podía cambiar.
Salí de la habitación entendiendo, por primera vez, que no bastaba amarla, ni repetirle mil veces que jamás la lastimaría, eso no borraba lo sucedido.
Y ahora no quiere verme. Lo entiendo, debe ser insoportable saber que llevo la misma sangre del hombre que ella odia. Aun así, sigo yendo al hospital. Pregunto por su salud. Por la del bebé. Desde lejos. Como un cobarde que mira sin tocar.
En fin, en este instante, estoy en el sótano de la mansión. Huele a humedad, a sangre vieja y a metal. Mis nudillos arden mientras le caigo a golpes al engendro de Bogdan por lo que hizo en Divinas. Por intentar asesinar a Arianna.
—Golpeas como una niña, tío —me provoca—. Puedes hacerlo mejor —añade, con esa sonrisa burlona que me revuelve el estómago.
Respiro agitado. La sangre me gotea de los nudillos.
—No te voy a matar como quieres, Bogdan —digo entre dientes—. Pero tampoco voy a dejar que el cabrón de Viktor te salve el pellejo.
—Mi padre… —escupe— te hará añicos. Te desmembrará en partes hasta arrancarte el corazón.
Se echa a reír a carcajadas, la cabeza hacia atrás, disfrutando cada segundo.
—Primero tendrá que cruzar mis territorios —respondo, avanzando un paso—. Sobrevivir a la bienvenida que le daré… y después poner un pie en mi mansión.
Chasquea la lengua, divertido, negando con la cabeza.
—Tú irás a buscarlo —dice venenoso—. Ya perdiste, tío… y ni siquiera te diste cuenta.
Un ruido seco rompe el silencio del sótano, pasos apurados bajando la escalera, levanto la vista.
Es Milos. No me mira de inmediato. Tiene la mandíbula rígida, los hombros tensos. La mano derecha le tiembla apenas antes de cerrarla en un puño.
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Editado: 07.11.2026