Divinas Tentaciones

Traiciones, decisiones y más (1era. Parte)

Traiciones, decisiones y más (1era. Parte)

Al día siguiente

Moscú

Viktor

Reconozco que habría sido casi un milagro que Dominic mordiera el anzuelo, pero el imbécil nunca supo actuar con verdadera sensatez. Siempre le pesó ser la sombra de nuestro padre. El apellido Todorov le quedaba grande, y yo lo sabía. A eso apunté cuando intenté venderle mi supuesta colaboración: a su necesidad de demostrar que tenía el control, de tapar su falta de mano dura.

Por supuesto, jamás tuve intención de ayudarlo. Mi único objetivo era encontrar cualquier rastro, cualquier cabo suelto que hubiese dejado el traidor de Russell Novak. Pero Dominic no cedió. Ni siquiera cuando lo provoqué, cuando lo empujé con desprecio. Su maldito orgullo fue más fuerte. Lo único que obtuve fueron insultos y amenazas del animal de mi medio hermano.

Aun así, no pensaba quedarme de brazos cruzados.

Contaba las horas esperando noticias de Kazanlak. De ese gusano escurridizo de Petrovic… o de Tatiana. Sobre todo, de la libreta. Mientras tanto, todo debía seguir funcionando como un reloj suizo: embarques, burdeles, casinos. Nada de retrasos. Nada que pusiera en duda mi capacidad de mando.

Fue entonces cuando el celular vibró en mi bolsillo.

Estaba sentado en el asiento trasero del auto, un vaso de whisky entre los dedos. Miré la pantalla antes de responder.

—Espero que tengas buenas noticias, Tatiana —dije con calma estudiada.

Al otro lado de la línea, su respiración se oyó breve, contenida.

—Tengo una pista sobre la libreta —respondió sin rodeos—. Es un rumor, pero sólido. Al parecer, una de las bailarinas se acostaba con Russell… y podría tenerla en su poder.

No contesté de inmediato. Dejé que el silencio trabajara por mí.

—Entonces ya sabes qué hacer —dije al fin—. Encuentra la libreta. Mata a la bailarina. Y haz que parezca obra de Lucca Petrovic.

Hubo una pausa. Apenas un segundo. Lo suficiente para notar su incomodidad.

—¿Inculparlo? —preguntó, midiendo cada sílaba.

Apreté el vaso con los dedos, disfrutando la simpleza del plan.

—Exacto —respondí—. Hazlo creíble. Que no quede duda. Así matamos dos pájaros de un solo tiro.

Su voz bajó un tono.

—¿Y Arianna Stoica? —se atrevió a preguntar—. Su nombre también está circulando.

El cristal crujió levemente bajo mi mano.

—Una cosa a la vez —corté, sin levantar la voz—. Primero eliminamos a las ratas. Después… iremos por su reina.

Del otro lado, Tatiana exhaló despacio.

—Es arriesgado —insistió—. Arianna se ha convertido en la mujer de Dominic. Él la protege, no se despega de ella como si fuera su sombra.

Mi sonrisa se endureció.

—Entonces la historia se repetirá —dije—. Pero esta vez Dominic no será un estorbo en mis planes.

Di un sorbo lento al whisky antes de continuar.

—Con suerte, Petrovic hará el trabajo sucio por mí —añadí—. Que se desespere. Que intente salvar su pellejo. Que se destruyan entre ellos… mientras yo observo.

—Petrovic es escurridizo —advirtió—. Nada se puede dar por sentado con él.

—Lo sé —respondí—. Por eso, cuando tengas la libreta en tus manos… me avisas.

No esperé su respuesta. Corté la llamada.

Apoyé la cabeza contra el respaldo del asiento y cerré los ojos un instante. Todo estaba en movimiento. Las piezas ya avanzaban en el tablero. Y, aun así, esperaba que nada me señalará, no podía permitir perder mis territorios por una mala maniobra.

A todo esto, las noticias vuelan… o el viejo bastardo tiene ojos y oídos en todas partes.

Sea como sea, me veo obligado a soportar su visita inesperada.

Ahí está Oleg Todorov, instalado en mi mansión como si fuera suya, el habano entre los dedos, repartiendo órdenes con la misma naturalidad con la que siempre lo hizo.

—Quita esa cara de perro rabioso, Viktor —dice con voz autoritaria—. Tienes el privilegio de verme. Algo que no hice con Dominic.

Aprieto la mandíbula. No vino a saludarme. Vino a recordarme que todavía necesito su respaldo para legitimar mis territorios. A restregarme, una vez más, que sin él no soy nada.

—Da gracias de que te hice parte de mi imperio —continúa—. Y ni se te ocurra reclamarme que no te di mi apellido.

La rabia me sube por la garganta, pero no me molesto en ocultarlo.

—Ya me cansé de agradecerlo —respondo con sorna—. Pero sí me molesta que hayas tenido otra familia. Un hijo legítimo, una esposa que ocupo el lugar de mi madre.

—Lo miro de frente—. Yo soy el bastardo que se encarga de tu porquería, de ensuciarme las manos con sangre.

Oleg exhala el humo con calma, imperturbable, como si no entendiera la humillación que tengo que tragarme por su culpa. Dominic tiene su apellido y yo solo su desprecio, su desdén.

—¡Te encanta ser el verdugo de mis enemigos! Y hablando de porquerías —dice—, recuerda que no quiero guerras dentro de mi imperio, no lo tolerare.

Suelto una risa breve, cargada de ironía.

—¿Por qué lo dices, padre? ¿Tienes miedo que ataque a Dominic?

Antes de que responda, el sonido del celular corta el aire. Miro la pantalla: Mikael.

—Debo atender —digo cortante—. Es un asunto de negocios.

Me alejo unos pasos y contesto.

—No es buen momento, Mikael. ¿Qué sucede?

Su voz llega tensa.

—Tengo malas noticias, jefe. Uno de los hombres asegura que Bogdan estuvo en el club Divinas… hablando con Dominic.

Me detengo en seco. La rabia burbujeando por dentro, tenso la mandíbula.

—¿Estás seguro de lo que dices?

—Completamente. Acabo de enviarle una foto.

Abro el archivo. Ahí está. Dominic con esa cara de perro rabioso frente a mi hijo.

—Mierda… —murmuro—. ¿Qué carajos hizo ese idiota? ¿Me traicionó? ¿Me apuñalo? —añado con amargura.

—Jefe —pregunta Mikael—, ¿Cuál es la orden? ¿Lo interceptamos… o damos la orden de matarlo?

Me quedo en silencio, pero percibo la mirada del viejo. Lo sabe…sabe que sucede algo.




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