El mismo día
Moscú
Viktor
Existían riesgos cuando le encargué a Petrovic ocuparse de Russell, pero jamás imaginé que sería tan estúpido como para dejar huellas. Con la experiencia que tenía, debía hacer un trabajo limpio: sin rastro, sin testigos, sin errores. Incluso podría sortear cualquier imprevisto. Aun así, nunca confié en el cabrón. Por eso Tatiana era mis ojos y mis oídos en Kazanlak.
Su llamada trajo buenas noticias… pero también encendió mis alarmas. Russell abrió la boca antes de morir. No solo habló: esparció información vital. Fechas. Nombres. Tratos. Mafias. Y lo hizo con Arianna Stoica. Eso era grave; lo más inquietante era lo que Tatiana callaba.
Escuchaba sus tacones repicar contra el suelo a través de la línea. Ese sonido siempre anunciaba traición. Finalmente, su silencio se apagó con su voz helada:
—Viktor… esa mujer, Arianna Stoica, tiene conexiones dentro de nuestro mundo. Tiene inmunidad. Y con la información que Russell le entregó, es una amenaza para tu imperio de drogas.
Solté una carcajada áspera mientras exhalaba humo.
—La dueña de un club de quinta no me intimida —espeté con desdén—. Tampoco tiene cómo probar nada.
Tatiana respiró hondo, casi resignada.
—Ese es el problema, Viktor —aclaró la garganta—. En más de una ocasión trabajé con Russell. Tenía la maldita manía de anotarlo todo en una libreta: fechas, lugares, nombres, números…
Me quedé inmóvil. El cigarrillo tembló entre mis dedos. Después mascullé un rugido:
—¡Hijo de puta! Ese traidor siempre fue demasiado astuto… pero nadie se burla de mí.
Me levanté de la silla. El humo volvió a llenar mi boca.
—Tatiana —dije despacio— encuentra esa libreta, sea como sea. Esa información, en manos de mis enemigos, es un arma mortal.
Ella dudó. Lo sentí.
—Necesito tiempo —respondió con voz tensa—. Todavía no puedo moverme con libertad en el club. Soy nueva entre las bailarinas; si empiezo a hacer preguntas, llamaré la atención. Primero debo ganarme su confianza.
—¡Tiempo es lo que no tengo! —gruñí al teléfono, apretando los dientes—. Si Russell le entregó la libreta a Arianna Stoica, estoy muerto.
Golpeé la mesa con el puño. El vidrio vibró.
—Si tienes que robar, seducir o matar… hazlo —escupí entre dientes—. Sin dudarlo.
Tatiana dejó escapar un suspiro frustrado.
—Ahora yo tengo que arreglar el desastre de Petrovic…
—No me falles —la corté, con voz mortal—. Yo nunca doy dos oportunidades. Recuérdalo.
Colgué antes de escuchar su respuesta. Llevé el cigarrillo a los labios, pero el sabor era amargo. La rabia seguía hirviendo en mis venas. Lo que comenzó como un trabajo simple, Petrovic lo arruinó con su estupidez, y eso era imperdonable.
Marqué su número. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Nada.
—Contesta, maldito cobarde… —murmuré.
Volví a marcar. Por fin respondió.
—Viktor —dijo ansioso—, tengo buenas noticias. Russell dejó de ser un problema. Ahora quiero que cumplas con tu parte del acuerdo.
Me reí, bajo y oscuro.
—No voy a cumplir una mierda —respondí con calma cruel—. Hiciste un desastre en Kazanlak degollando a Russell dentro del club. ¿Qué demonios tenías en la cabeza?
Petrovic bufó.
—En parte fue culpa de tus hombres. Tras el ataque a Arianna Stoica, el imbécil de Dominic Todorov tiene patrullas día y noche. Incluso compró a la policía…
—No me vengas con excusas baratas —interrumpí—. Tenías que hacer tu maldito trabajo sin dejar huellas. Ahora tengo a Dominic respirándome en la nuca. Muy pronto juntará las piezas y vendrá por mí.
Hice una pausa. Dejé que el silencio lo mordiera.
—Así que las reglas cambiaron.
—¿Qué insinúas? —farfulló—. ¿No me ayudarás a quedarme con Divinas?
Miré mis nudillos, blanqueados por la tensión.
—Harás una limpieza total —dictaminé—. O, dicho en tu idioma: eliminarás a cualquiera que pueda exponernos… incluyendo a Arianna Stoica.
Hubo un silencio denso. Petrificado.
—Ese no fue el trato —protestó—. Además, ella está protegida por ese imbécil de Dominic.
Sonreí. Pura maldad.
—Confío en que encontrarás la manera. Si realmente quieres ese club… resuélvelo.
Y colgué, sin despedirme, sin compasión.
Al final, en el fondo, había algo que seguía perturbándome; una espina que no podía arrancarme. ¿Hasta qué punto Dominic conocía lo que sucedía en sus propios territorios? ¿Llegó a hablar con Russell antes de morir? ¿Sabrá algo sobre la maldita libreta?
Ese pensamiento se repitió durante días, martillándome la sien, hasta que tomé la decisión inevitable: llamarlo.
Dominic jamás supo actuar con frialdad. Nunca. Era incapaz de controlar su rabia ni su odio. Me detesta, y precisamente por eso quería empujarlo, provocarlo, escucharlo perder el control.
Marqué su número. Uno, dos, tres cuatros y nada, no respondió.
Y en este instante, vuelvo a marcarle. Sé que debe estar preguntándose qué demonios busco esta vez. Finalmente, la línea cobra vida con su voz ronca, cargada de fastidio.
—Viktor… ¿Qué quieres?
Sonrío con calma y apoyo el cigarrillo entre mis labios.
—Buenos días, Viktor, ¿Cómo estás? —digo con sorna—. Esa debería ser la forma correcta de responder. Intenta ser un poco más diplomático… como lo era Natasha.
Un golpe seco. Lo escucho inhalar como un animal herido antes del ataque.
—No la nombres —escupe, rabioso—. No tienes derecho a llenarte la boca con su recuerdo.
Entrecierro los ojos, disfrutando cada sílaba que le desgarra la garganta.
—A eso me refiero. Ella era una mujer singular, hermosa, inteligente… todavía no logro comprender cómo se casó con un salvaje como tú.
Su respiración se acelera al teléfono.
—¿Para qué mierda me llamas, Viktor? —insiste con la voz amargada.
Me reclino en el sillón.
—Llegaron a mis oídos noticias poco gratas desde Kazanlak. Al parecer, no puedes mantener el orden en tus propios territorios… y eso me afectará tarde o temprano.
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Editado: 07.11.2026