El mismo día
Kazanlak
Dominic
Los siguientes minutos con las manos al volante sentí el corazón en vilo, sentí que el destino estaba empeñado en romperme en mil pedazos. Como si estuviera condenado a vivir en los escombros por culpa del legado de Oleg Todorov. Una historia que se volvía a repetir, donde comprendí muy tarde que amar tenía un precio muy alto en mi mundo. Aun así, me negaba a perder a Arianna, a la mujer que me devolvió las ganas de vivir.
Pisaba el acelerador, rebasaba vehículos, manejaba contra el reloj con esa última imagen de ella observándome con dolor y rabia contenida. Y como me reclamaba por dentro por no haberme quedado a su lado. La verdad temía no poder volver a verla. No poder sincerarme y repetirle todos los te amo que le debía. No poder formar una familia con ella. Porque lo soñaba muy en el fondo de mi ser, aunque jamás lo dije en voz alta.
Y en medio de esa espiral, la voz de Milos irrumpió desde el asiento del acompañante.
—Si sigues conduciendo como un loco, nos vamos a matar —gruñó con la voz desesperada—. Casi chocas con ese auto.
No aparté la vista del camino.
—Necesito ver a Arianna —respondí, con la voz tensa—. Necesito verla a salvo. Así que no reclames, Milos. Sigue insistiendo con el puto celular de Gregory.
Milos apretó los labios y volvió a marcar.
—No responde… —dijo tras unos segundos—. Pero si hubiera pasado algo, ya lo sabríamos.
Negué, sin creerle.
—Entonces llama a Petar. A la seguridad. A cualquiera —espeté—. A quien sea que pueda decirme que Arianna está bien.
Milos obedeció. Marcó un número tras otro. Nada. Silencio. Ninguna respuesta que me diera sosiego. El nudo en el estómago se cerró aún más. Imaginaba la peor desgracia, inclusive podía escuchar el eco de los disparos y el cuerpo de Ariana envuelto en sangre.
Sin bajar la velocidad, hundí el pie en el acelerador y seguí devorando kilómetros, con la sensación de que cada segundo podía ser demasiado tarde.
Sin embargo, a medida que nos aproximábamos a Divinas, desde unas calles atrás percibía el caos en el tránsito: personas corriendo a toda prisa, otros apresurados subiendo a sus vehículos. Cuando la distancia fue mínima vi el lugar envuelto en llamas en la parte trasera.
Frené de golpe el auto, agarré el arma y salí disparado. Milos venía detrás, como siempre.
—Milos ve por la parte trasera, busca la manera de saber de Arianna —ordene con voz autoritaria—. Yo voy a entrar e intentar averiguar si está a salvo.
—¡Maldición Dominic! No puedes entrar allí —dijo, sujetándome con fuerza del brazo—. Las llamas están devorando el lugar y sería suicidio.
Me zafé de su agarre con brusquedad, pero antes de dar otro paso, una silueta emergió del humo.
Petar, cubierto de hollín, tosiendo, arrastrando a un par de bailarinas casi en shock.
—¡Petar! ¿Dónde está Arianna? —la voz me salió rota, sin control—. ¿está en un lugar a salvo?
—La terca no quiso marcharse hasta que todas las chicas estuvieran a salvo —dijo entre jadeos—. Y creí que estaba aquí afuera con el resto de la gente…
Giró la cabeza, desesperado, barriendo la escena con la mirada. Cuando volvió a mirarme, lo supe antes de que hablara.
—Pero no….
El silencio me atravesó.
—No ha salido… —tragué saliva—. debe seguir adentro.
No esperé nada más. Me lancé hacia el club. El griterío, el humo, el calor pegándose a la piel. El suelo cubierto de vidrios, mesas volcadas, cuerpos empujándose para huir.
Entonces escuché los disparos. El sonido seco me heló la sangre.
Y ahora camino por los pasillos, atento a cualquier sombra, a cualquier ruido que no sea el fuego crepitando. El humo me raspa la garganta, los ojos me arden, pero sigo avanzando. La llamo con desesperación.
—Arianna… Arianna, vine por ti, volví, mi fiera —la voz me sale rasposa, rota.
La respuesta no es la que espero. No es su voz.
—Tarde llegas, tío. La perra ya tiene un pie en la tumba.
La sangre me hierve al instante. La voz de Bogdan se filtra entre las llamas y el humo, burlona, segura, y el pulso me golpea en las sienes.
—¡Hijo de puta! Si le pusiste un dedo encima, te mato… —escupo, levantando el arma, buscando su silueta entre las sombras.
—La perra se lo buscó por meterse donde no debía. Y más te conviene bajar el arma si no quieres correr con la misma suerte.
Aprieto la mandíbula hasta que me duele. Siento el arma firme en mis manos, pesada, familiar. No bajo la mira.
—Inténtalo, engendro, pero de nada te servirá —escupo con rabia—. Para Viktor seguirás siendo sustituible. No te ve como su heredero. Menos mi padre te respaldará para llevar las riendas de su imperio.
Una risa seca atraviesa el aire cargado.
—Del cabrón de mi padre ya me ocuparé, pero al viejo Oleg no le quedará más alternativa que dejarme su imperio —suelta con veneno.
El primer disparo me toma de sorpresa. Luego otro. Y otro más. Una bala me roza el brazo y el ardor es inmediato. Me pego a la pared, contengo la respiración, el corazón golpeando desbocado mientras mantengo el arma firme. Me asomo apenas y respondo, disparando sin cesar para ganar terreno, para obligarlo a retroceder.
—Solo en el infierno tendrás un imperio —grito—. Muere, maldito engendro.
Descargo el último cartucho cuando escucho nuevas detonaciones a mis espaldas. No estoy solo. Milos.
—¡Dominic! Ve a buscar a Arianna. Yo me encargo de controlar a este sádico.
No respondo. No hace falta. El cuerpo se me mueve solo. Empujo puertas, reviso, nada. Sigo avanzando por las bodegas, el humo cada vez más espeso, hasta que una puerta se resiste.
—¡Arianna! ¿Estás allí?
Giro la perilla con desesperación, pero no cede. El pánico me muerde el pecho. Retrocedo y de una patada la tumbo.
Y ahí está en el suelo. Inconsciente.
—Mi fiera… respóndeme, por favor, no me abandones.
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Editado: 07.11.2026