Unos días después
Kazanlak
Dominic
La llamada de Viktor no era por nostalgia. Mucho menos para remover el pasado. Era para destruirme. No encontraba otra razón. Aun así, no podía ignorarla. Viktor Dragomir no era solo un recuerdo incómodo: era otro líder de la mafia, un sádico con tentáculos en demasiados lugares. Su sola sombra podía afectar mis negocios, mi territorio… mi estabilidad.
Miré a Arianna dormida a mi lado. Su respiración era tranquila, ajena a la tormenta que siempre me perseguía. No iba a atender esa llamada ahí. No era prudente. No iba a sembrar más desconfianza de la que ya crecía entre nosotros.
Me levanté despacio, tomé el celular y caminé hasta la sala. Apreté el botón. Su voz apareció al instante, cargada de veneno. Tuvo el descaro de nombrar a mi esposa muerta, pero si eso no fuese suficiente provocación habló de mi incapacidad para hacerme respetar, incluso insinuó que la muerte de Russell Novak había debilitado mi imperio.
Sí, el cabrón buscaba humillarme. Restregarme que él era mejor, más fuerte, más temido. Y como si no bastara, me ofreció su ayuda.
Y en ese segundo habría dado todo por tenerlo frente a frente, por romperle la cara. Incluso me lo imaginé: el habano entre los dedos, esa sonrisa de superioridad disfrutando cada palabra. Pero solo existía una respuesta.
—Viktor, tu puto ofrecimiento no me interesa. —mi voz salió dura, contenida—. Puedo encontrar al asesino de Russell Novak y cuando lo encuentre le daré una lección por atreverse a venir a mi casa a causar caos.
Su risa fue lenta, irritante.
—Tú nunca has tenido el temple para esta vida… eres un minino jugando a león. Déjame a mí el trabajo sucio.
Estallé a los gritos, la rabia burbujeándome por dentro. Colgué antes de decir algo que no pudiera sostener. Fue entonces cuando la vi.
Arianna estaba en el pasillo, inmóvil, observándome con esa mirada confusa que me atravesó el pecho. El teléfono aún pesaba en mi mano. Me acerqué, intentando aligerar la tensión, pero ya era tarde.
No sabía exactamente cuánto había escuchado. Lo que fuera, ya me tenía con la soga al cuello. Ella no disimuló su desconfianza. Preguntó sin rodeos.
Por un segundo me quedé en blanco. Callar no era una opción, pero tampoco contar todo. Respiré hondo. Mi voz rozó el ambiente, baja, medida.
—Arianna, aunque me moleste, a veces debo tratar con la escoria de este mundo. —la miré de frente—. Y tú mejor que nadie lo sabes… tienes un club donde se reúnen criminales, desde simples ladrones hasta mafiosos.
Ella negó con la cabeza, tensa.
—No es lo mismo. No me mezclo con mis clientes. No me llaman a mi celular como si fuéramos amigos.
Apreté los dientes antes de responder.
—Viktor no es mi amigo… pero debes entender que, para evitar sangre, a veces hay que hacer sacrificios.
Sus ojos se endurecieron.
—Por favor, no me vengas con estupideces. No haces tratos con tus enemigos.
Di un paso, luego otro, sin invadirla del todo.
—Hay un orden de jerarquías en nuestro mundo. Sobrevive el más astuto… pero también el que sabe apagar los fuegos. —Tragué saliva—. Y por ahora Viktor no es mi problema, sino el asesino de Russell.
Ella cruzó los brazos, firme.
—Y con esa excusa ese animal puede hacer su voluntad en Kazanlak.
—Jamás lo permitiría. —mi voz se volvió más grave—. Kazanlak es mi territorio, mi casa, y haré todo para protegerla, incluso de él.
Di otro paso percibiendo su perfume.
—¿Ahora será que puedo desayunar con mi mujer? —pregunté, deslicé mis manos en su cintura.
—¿Desayunar? —Torció la boca, desconfiada—. Tal vez.
La miré sin bajar la guardia.
—Arianna, aprende a confiar en mí. Aprende a ser mi compañera. ¿Sí?
Las palabras salieron firmes, pero por dentro ardían de ironía. Le pedí confianza cuando yo mismo no le entregaba todas las cartas. No cuando apenas comenzábamos y cualquier verdad mal dicha podría romperlo todo.
Lo cierto es que las aguas parecen haberse calmado. Demasiado, incluso para mi gusto.
Los rumores sobre la muerte de Novak se apagaron como si nunca hubieran existido, desplazados por asuntos más urgentes: embarques de droga, nuevos aprendices de narco, disputas menores que no llegan a incendiar territorios. Aun así, mis hombres siguen alerta. Yo también.
Mientras tanto, como en las últimas noches, me pierdo observándola bailar en Divinas.
Y en este instante, doy un sorbo lento a mi cerveza. La música gitana vibra en el aire, se mete bajo la piel. Y ahí está Arianna, en el escenario, moviéndose como si el mundo no pesara sobre sus hombros. Cada giro suyo me desarma. Cada movimiento me ata un poco más.
Me tiene a la deriva. El corazón hecho un desastre. Y lo peor es que ya no quiero salvarme. No quiero, ni puedo, imaginar una vida sin verla, sin tenerla a mi lado.
Entonces, una voz se cuela a mi espalda. Sucia. Con olor a provocación.
—La puta es hermosa… y debe ser una dinamita en la cama. ¿Ya te la follaste?
Mi cuerpo se tensa antes de que mi mente procese las palabras. Aprieto la mandíbula. Los dedos se cierran alrededor de la botella.
Me giro despacio.
—Engredo… —gruño—. ¿Qué carajos haces en mis territorios?
Bogdan sonríe, ladeado, disfrutando cada segundo. Se acerca demasiado.
—Te gusta la puta, pero acá entre nosotros dime… —inclina la cabeza— ¿qué tan buena es con las mamadas? ¿Mejor o igual que tu difunta esposa?
Me levanto de golpe. La silla raspa el suelo. Lo tomo de la camisa y lo acerco a mi rostro.
—Cierra el hocico… —mi voz sale baja, contenida— o te mando en un ataúd directo a Moscú.
No retrocede. No pestañea.
—No lo harás —chasquea la lengua, satisfecho—. Vas a bajar el puño porque quieres saber qué hago aquí.
Se libera apenas de mi agarre, acomodándose la ropa con calma estudiada.
—Tal vez quiero dinero. Tal vez trabajar para ti —suelta con sorna—. ¿Qué crees?
#43 en Thriller
#10 en Suspenso
#93 en Detective
#93 en Novela negra
venganza amor, secreto pasado sombras asesinato diario, intriga peligro pasión lujuria
Editado: 07.11.2026