Divinas Tentaciones

El precio de amar (1era. Parte)

El precio de amar (1era. Parte)

El mismo día

Kazanlak

Dominic

Milos había dicho en voz alta lo que yo ya sabía y me negaba a aceptar: habían secuestrado a Arianna para atraerme a una trampa. No teníamos tiempo. No teníamos pistas. Todo dependía del engendro de Bogdan, y eso significaba que tenía todo en mi contra.

Y como un animal enrabietado lo tomé del cuello de la camisa, mis dedos crujieron bajo la tela. Su respiración se cortó. Mi corazón golpeaba como un tambor de guerra, la sangre rugiéndome en los oídos. Mis ojos crispando de la furia.

—¡Bogdan! —escupí mostrando los dientes—. Eres un gusano miserable si crees que tienes el poder de decidir sobre la vida de mi mujer.

Lo sacudí con violencia, acercando mi rostro al suyo.

—Habla —gruñí—. O te lanzo a los perros para que te devoren vivo.

Bogdan no suplicó. No tembló. Al contrario, lanzó una carcajada ronca, provocadora, como si mi furia le resultara un espectáculo.

—Mátame, tío… —dijo con desprecio—. Hazlo y pierdes la única oportunidad de salvar a tu puta.

Mi puño se estrelló contra su boca con toda la rabia que llevaba dentro. Bogdan escupió sangre, pero no perdió la sonrisa. Esa maldita sonrisa burlona seguía ahí, intacta.

—Dominic… —intervino Milos con voz tensa—. No va a hablar. Golpearlo solo lo enloquece más. Está disfrutando verte perder el control.

Apreté los dientes. Las manos me temblaban.

—Tengo que hacerlo —respondí sin apartar la mirada de Bogdan—. Arianna está embarazada. No puedo perderlos.

Bogdan alzó la cabeza como pudo, los labios manchados de rojo.

—Vaya sorpresita, tío… —se burló con voz venenosa—. Vas a ser padre. Aunque… miento. Ese bastardito no va a nacer.

El aire se volvió irrespirable.

—¡Cierra el hocico! —rugió Milos, dando un paso al frente—. Los mayores hablan.

Luego giró hacia mí, más serio, más frío.

—Tengo un plan, Dominic.

Solté a Bogdan de golpe. Cayó al suelo con un gemido ahogado. Me acerqué a Milos, necesitaba algo… cualquier cosa.

—¿De verdad? —pregunté, la voz rota.

—Sí. Ofrezcamos una recompensa por información sobre Arianna —dijo sin rodeos—. Alguien va a traicionar a Viktor, siempre pasa. Y mientras tanto volvemos al tugurio donde estaba Bogdan. Tal vez encontremos algo o alguien que nos colabore.

Asentí. No era perfecto, pero era lo único.

Milos se encargó de esparcir el rumor. El dinero empezó a hablar por nosotros. Y cuando el dinero hablaba, nadie era leal por demasiado tiempo.

Recorrimos clubes nocturnos, laboratorios clandestinos, antros donde el aire olía a sangre vieja, sudor rancio y cocaína barata. Gente que trabajaba para Viktor. Gente que juraba no saber nada, que sostenía mi mirada con falsa dignidad… hasta que la presión se volvía insoportable. Hasta que el miedo empezaba a pesar más que la lealtad, pero yo no iba a detenerme.

A todo esto, salía de un club casi sin esperanzas, con el cuerpo rígido y la cabeza ardiendo de frustración, listo para subirme al auto y seguir buscando como un animal herido, cuando Egor me detuvo con un gesto seco.

Me giré despacio.

Había un tipo con él. Veintitantos. Demasiado joven para este mundo. La mirada inquieta, la frente húmeda.

—Jefe… —dijo Egor—. Este sujeto asegura que escuchó a uno de los hombres de Viktor hablar de un secuestro.

Lo miré fijo. No pestañeé.

—Deja que hable, Egor —ordené al fin—. ¿Qué escuchaste?

El tipo tragó saliva. La nuez subió y bajó con dificultad antes de animarse.

—Escuché a Mikael… —balbuceó—. Hablaba con esa zorra de su novia. Sobre una mujer. Algo de entrar a un hospital… después dijeron que la llevarían a…

Di un paso al frente.

—Sigue —lo presioné—. No te quedes callado. Te daré el dinero prometido… y más.

—A la casa del bosque —soltó de golpe—. No queda lejos. Se ve el sendero desde la ruta. No hay forma de perderse.

Ahí lo entendí, el verdadero infierno recién empezaba.

El hombre me dio las indicaciones. Claras. Demasiado claras. Ingresar ahí no era ir a buscarla: era entrar en la boca del lobo. Morir… o matarlos a todos.

Y antes de avanzar por el sendero, frené el auto. Bajé. El aire nocturno me golpeó el rostro, frío y espeso. Mis hombres me miraban en silencio, esperando.

—La gente de Viktor nos espera —dije—. Nos van a recibir a los tiros. Su misión es impedir que entremos.

Hice una pausa. Sentí el peso de cada mirada clavarse en mí.

—Esto no es solo rescatar a Arianna —continué—. Es no agachar la cabeza. No volver a ser pisoteados.

—Los hombres están contigo —dijo Milos—. Saben que, si gana Viktor, perdemos todos.

Asentí y con un gesto ordené avanzar.

Egor conducía. Yo apretaba el arma con fuerza. El pulso me martillaba en las sienes. Cuando el portón apareció a la distancia, el mundo explotó en disparos, gritos, metal cediendo bajo el impacto.

Egor no frenó. Pisó el acelerador y el portón cayó con un estruendo salvaje. Me bajé casi en movimiento, disparando por instinto. La lluvia de casquillos dorados brillaba en el aire como una burla cruel. Granadas. Cuerpos cayendo. Milos cubriéndome la espalda mientras las balas me silbaban demasiado cerca.

Y ahora avanzo entre autos agujereados, sangre fresca, hombres retorciéndose en el suelo. Cambio el cargador con manos temblorosas. Respiro hondo. El pecho me arde, entonces el impacto en mi cuerpo. Una bala entra en la pierna como un hierro al rojo vivo.

—¡Mierda…! —jadeo del dolor.

Siento la sangre correr dentro de la bota, caliente, pegajosa, pero no me detengo. No ahora. No tan cerca.

Disparo dos veces, tres. Un matón cae en la entrada de la casa. Aprovecho el hueco y entro.

Mis latidos a mil por hora, la adrenalina corriendo por mis venas. Avanzo por los pasillos, con la respiración rota, buscando un rastro, un sonido, cualquier señal de Arianna.

Y entonces escucho voces a la distancia: Arianna y Viktor.




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