Divinas Tentaciones

Dolor, angustia y más (1era. Parte)

Dolor, angustia y más (1era. Parte)

El mismo día

Kazanlak

Arianna

Creí que nunca volvería a sentirme así: rota, impotente, furiosa. Pero volvió a sucederme.

La partida de Dominic me atravesó como una cuchillada. Me dejó una herida profunda al marcharse sin una puta explicación. ¿De verdad no entendía que no podía tratarme como si fuera un adorno decorativo, algo que se deja en una repisa mientras él decide el rumbo de su vida?

Desde el inicio habíamos puesto reglas, aunque nunca las pronunciamos en voz alta. Éramos una pareja, con todo lo que eso implicaba. Al menos yo lo era.

Y aun así, lo único que recibí fueron evasivas. Órdenes. Frases cortas, secas, como si fuera una más de sus amantes, alguien que debía obedecer sin pestañear. Pero no. No iba a quedarme llorando en los rincones como una magdalena, ni a encerrarme en una habitación a pudrirme de pena. Mi vida no se detenía por él. Ni por nadie.

Apenas pude, me fui a Divinas.

Claro que llevaba al perro guardián de Gregory pegado a mis talones, siguiéndome como una sombra incómoda, pero él era mi menor preocupación. Lo que de verdad me carcomía era el miedo por Dominic… y por ese ser diminuto que, quizá, crecía en mi vientre.

Todavía eran sospechas. Nada confirmado. Pero mi cuerpo hablaba, y cada día estaba más segura de que no me estaba engañando.

Como si pudiera leerme la cabeza, Petar apareció en mi oficina cuando menos lo esperaba. Cerró la puerta tras de sí y dejó una bolsa de papel sobre el escritorio.

—¿Qué es esto? —pregunté, desconfiada.

—Conociéndote, sé que no vas a ir a un hospital a sacarte las dudas sobre ese embarazo —dijo, directo—. Así que te traje algunas pruebas.

Lo miré de reojo.

—Eres terrible cuando quieres algo.

Esbozó una media sonrisa antes de ponerse serio.

—Me preocupo por ti, Arianna. Por más que intentes ocultarlo, tus ojos no mienten. —Hizo una pausa mientras se acomodaba en la silla—. Y si estás embarazada, tienes que cuidarte.

Tragué saliva.

—Gracias, Petar… no sé qué haría sin ti.

—No me agradezcas todavía —replicó—. Anda, hazte el test y sácame de esta maldita incertidumbre.

Mis manos temblaban cuando lo hice. El tiempo se volvió espeso, interminable. Miraba el reloj de mi muñeca una y otra vez, como si eso pudiera acelerar el resultado. Me mordía el labio, respiraba hondo, sentía un nudo apretándome el estómago.

Y entonces lo vi. Dos rayitas.

El aire me abandonó los pulmones. El corazón se me desbocó. Los ojos se me llenaron de lágrimas antes de que pudiera evitarlo. La imagen de Dominic cruzó mi mente sin permiso.

Quería que mi hijo tuviera a su padre a su lado. Lo quería con una desesperación que me asustó. Pero el miedo a perderlo… ese miedo ya me estaba carcomiendo por dentro.

A todo esto, el resto de la noche lo pasé apoyada en la barra, observando el pulso del club como si fuera ajeno a mí. Las luces, la música, las risas falsas… todo seguía su curso, pero yo estaba atrapada en una espiral de pensamientos que siempre terminaban en el mismo punto: Dominic.

Pero entonces el humo de los cigarrillos empezó a fastidiarme más de lo normal. Me ardía la garganta, el estómago se me revolvía. Otro maldito síntoma. Con un suspiro cansado, decidí volver a mi oficina.

Apenas crucé la puerta, una voz surgió desde la oscuridad de un rincón.

—Es bueno verte en el club, cuidando tu territorio… y no refugiada en la mansión de Todorov.

Me detuve en seco. El pulso se me tensó.

—Lucca —dije sin sorpresa—. Sí que eres osado al entrar en mi club. Me basta con tronar los dedos para que te saquen a patadas.

Dio un paso al frente, lo suficiente para que pudiera verle la sonrisa ladeada.

—Osado no es el término correcto —respondió—. Digamos que quiero ser un buen samaritano contigo. Después de todo lo que compartimos… del amor que nos unía.

Sentí asco.

—No me vengas con estupideces. Nunca hiciste nada sin esperar algo a cambio. ¿Qué quieres?

Su expresión cambió. Se volvió más seria, más venenosa.

—El cabrón de Dominic está reunido con Bogdan. La mano derecha de Viktor Dragomir —soltó—. Y como hizo con Russell, ahora quiere eliminarme. Incluso le puso precio a mi cabeza.

Negué despacio, pero el nudo en el pecho empezó a cerrarse. Lucca avanzó un paso más.

—La escoria se juntó para controlar Kazanlak… y el resto de Europa.

—¿Qué mierda estás diciendo? —escupí, rabiosa—. Dominic jamás se aliaría con Viktor Dragomir. Y mucho menos se ensuciaría las manos con un parásito como tú.

Sonrió. Caminó a mi alrededor, despacio, como un depredador.

—Me odia. Me considera un peligro. Cree que puedes volver conmigo… y perder Divinas. —Se detuvo a mi espalda—. Al final este club no es solo un tugurio. Acá se hacen alianzas, se mueven millones de euros, circula información. Y Dominic no tolera quedarse sin su parte.

Me giré de golpe.

—¡Cállate, Lucca! —le grité—. No te creo ni una puta palabra. Solo quieres envenenarme contra Dominic y meter tus manos en mis negocios, como antes.

Sin responder, sacó algo del bolsillo y lo lanzó sobre el escritorio.

—Acá tienes la prueba de quién es tu novio.

Mis dedos se quedaron inmóviles.

—Dominic y Viktor son familia —continuó—. Comparten la misma sangre. Son medio hermanos.

Tomé la foto. La miré apenas un segundo… y fue suficiente.

Ahí estaba Dominic, con una sonrisa contenida, de traje oscuro. A su lado, su esposa muerta. Y junto a ellos, Viktor Dragomir. Todos vestidos de gala, como si celebraran algo.

—¿Ves que no miento? —susurró Lucca con voz venenosa, inclinándose hacia mí.

Sentí que algo se quebraba.

Me giré con los ojos encendidos de furia y dolor.

—¡Lárgate! —grité—. ¡Lárgate de mi club! ¡Fuera, maldito cabrón!

No respondió. Simplemente desapareció en silencio. Por un segundo me negaba a creerle, me dije debía ser mentira. Pero la foto pesaba demasiado.




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