El mismo día
Kazanlak
Arianna
Reconocía que confiar en Dominic me costaba más de lo que quería admitir. Ya había creído ciegamente en un hombre que no supo valorarme y me dejó heridas profundas, de esas que no se cierran con el tiempo. Incluso me arrebató la posibilidad de ser madre. Después de eso, volver a confiar no era sencillo.
Además, en nuestro mundo no existían las lealtades puras, solo el deseo de permanecer en la cima a cualquier precio. Dominic no era distinto. Era un líder de la mafia y, como todos ellos, siempre antepondría sus intereses. El amor no tenía lugar en ese juego. Por eso necesitaba escucharlo de sus propios labios. Necesitaba saber cuál era su vínculo real con esa escoria llamada Viktor Dragomir.
Lo que obtuve fue una respuesta práctica. Fría, incluso. Tenía algo de verdad, lo sabía. En este mundo también existían reglas no escritas para sobrevivir. Pactos incómodos, silencios necesarios. Y aun así, necesitaba algo más que lógica. Necesitaba la certeza de que no se vendería a nadie, de que defendería lo suyo, lo nuestro con uñas y dientes.
Y ahí estaba frente a él, atrapada entre mi desconfianza y lo que mi corazón insistía en gritar. Lo miraba hablar, moverse, sostenerme la mirada… y aun así sentía que no me estaba diciendo todo. No sabía si era su lenguaje corporal, esa tensión apenas visible en su mandíbula, o si era yo, imaginando grietas donde no las había.
Al final, fui yo quien rompió el silencio.
—No me falles, Dominic. No me rompas… —advertí, con la voz más frágil de lo que hubiera querido.
No respondió con palabras. Me calló con un beso fugaz, apenas un roce, como si temiera profundizar demasiado.
—Aprendamos juntos a ser marido y mujer con todas las letras con confianza, con esto que tenemos, —dijo apoyando su frente contra la mía—. ¿Sí, mi fiera?
—¿Mi fiera? —arqueé una ceja, sin apartarme.
Asintió con una media sonrisa, insegura, poco habitual en él.
—Sí… eres una bella fiera salvaje que me… —titubeó, se detuvo—.
—¿Qué más? —lo presioné, sosteniéndole la mirada.
Soltó el aire con frustración, pasándose la mano por la nuca.
—No me hagas esto, Arianna —protestó—. Sabes que soy torpe… demasiado contigo. —Hizo una pausa breve—. ¿Desayunamos?
Sonreí apenas, sin concederle del todo la victoria.
—Te salvaste, Todorov —murmuré—. Pero no siempre podrás.
Él respondió con esa media sonrisa que me desarmaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. Y sin darme cuenta, ya había dado un paso hacia él. Uno solo, pequeño, pero suficiente para dejarlo entrar en mi vida. Lo hice con miedo, con reservas, esperando no quebrarme en el intento.
Desde entonces, comencé a despertar con su cuerpo como abrigo, con su calor rodeándome la espalda, con gestos que me derretían y esa manera excesiva casi peligrosa de protegerme. Aun así, me esforzaba por no dejar que Dominic alterara mi rutina, mi mundo, mi centro.
Pero la duda no se marchaba. Ese bichito incómodo por saber más de él seguía rondándome la cabeza, insistente. Necesitaba certezas, no promesas. Y fue entonces cuando, una noche en Divinas, el pasado se presentó como una oportunidad.
Gustav Vasilev.
Lo vi primero de espaldas, cerca de la barra, mientras yo le daba indicaciones a Santi. Luego escuché su voz, grave, conocida, atravesando el ruido del club como un recuerdo que se niega a morir.
—Siempre lo digo a donde voy: no hay mejor club que Divinas.
Me giré de inmediato. Ahí estaba. Algunas arrugas nuevas marcándole el rostro, canas visibles entre el cabello oscuro, pero con la misma sonrisa ladina de siempre.
—Viejo zorro —solté, sin poder evitar una sonrisa genuina—. Pensé que no volvería a verte.
—Ya sé que me extrañaste —dijo, tomando mi mano y depositando un beso lento en el dorso—. Te ves sensacional… ¿culpa del amor? ¿O culpa de Dominic Todorov?
Fruncí los labios.
—Cómo viajan los chismes.
—Me gusta mantenerme informado —respondió, sin soltarme—. Más cuando se trata de mis amistades.
Lo solté con suavidad y señalé el pasillo.
—Vamos a mi oficina. Ahí podremos charlar.
Caminamos entre la música y las luces hasta cerrar la puerta detrás de nosotros. El murmullo del club quedó lejos. Apenas lo hice, su voz volvió a llenar el espacio.
—Me alegra verte con ese brillo en los ojos, Arianna. Lástima que no sea yo el culpable… sino Dominic Todorov.
Crucé los brazos, apoyándome en el escritorio.
—No juegues conmigo. Podrías ser mi padre —dije con ironía—. Pero ya que mencionas a mi novio… ¿qué puedes decirme de él?
Gustav alzó una ceja, sorprendido.
—No te hablo del mafioso —aclaré—. Hablo del hombre. De su pasado. De su familia.
Se tomó un segundo antes de responder.
—Lo que debes saber —dijo al fin— es que no se parece a su padre. No tiene nada de Oleg. Hay dureza en él, sí, pero no crueldad. Dominic aprendió a golpes a sobrevivir en este mundo.
Hizo una pausa breve, midiendo sus palabras.
—Su madre murió de cáncer. A su esposa la asesinaron mafias rivales. Y ahora controla Kazanlak, después de que Oleg dividiera sus territorios entre sus herederos.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Herederos? —pregunté—. ¿Dominic tiene hermanos? ¿Familia?
Gustav negó lentamente.
—No lo llamaría así…
No llegó a terminar la frase cuando la puerta se abrió sin previo aviso. Me giré, molesta.
—Arianna, disculpa —dijo Tatiana—. Tenemos un problema en los privados.
Su voz era demasiado cordial. Demasiado suave.
Tatiana Veloka era una de las nuevas bailarinas: esbelta, rubia, ojos claros, sonrisa siempre lista. Lo que me inquietaba no era su belleza, sino su actitud. Siempre dispuesta. Siempre obediente. Demasiado complaciente. Demasiado sumisa.
Algo en ella no me gustaba.
—Busca a Petar —ordené, sin disimular la firmeza—. Él está a cargo. Ahora cierra la puerta.
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Editado: 07.11.2026