Divinas Tentaciones

Traiciones, decisiones y más (2da. Parte)

Traiciones, decisiones y más (2da. Parte)

El mismo día

Kazanlak

Arianna

Tal vez entendí el peligro demasiado tarde. No fue ingenuidad; fue una mezcla venenosa de orgullo y necesidad de control. En mi mundo, una muerte nunca fue una excepción. Por eso creí erróneamente que con la ausencia de Russell toda amenaza se apagaría, que el caos moriría con él.

Me equivoqué. La muerte de Carla me abrió los ojos de la forma más cruel posible. La culpa cayó sobre mí como un peso físico, opresivo. No podía dejar de pensar que quizá habría podido evitarlo si hablaba antes, si confiaba en Dominic, si no me quedaba inmóvil aferrada a la libreta como si fuera solo un objeto y no una condena. Por eso terminé revelando lo que sabía… aunque ya fuera tarde.

Durante el trayecto a la casa, el nudo en la garganta no cedió. La imagen de Carla tendida en el callejón regresaba una y otra vez, implacable. No podía dejar de pensar quién sería el siguiente. Porque algo estaba claro: quien la mató estaba eliminando cabos sueltos, borrando cualquier rastro que Russell hubiera dejado. Y ahí volvía al mismo punto, al mismo miedo.

¿Qué información tenía yo entre las manos? ¿A quién perjudicaba?

A todo esto, cuando le mostré la libreta a Dominic, jamás imaginé que su reacción sería pedirme que me mudara a su mansión. La propuesta me dejó desconcertada. Solo había dos razones posibles: o quería llevar nuestra relación a otro nivel… o me veía como la próxima víctima, pero la segunda alternativa, era la más obvia.

Y ahora el silencio nos envuelve como una jaula. No es paz, es contención. Un espacio frágil donde cualquier palabra puede romper algo. Miro sus ojos azules. No saben mentir. Ahí está ese miedo que intenta ocultar: miedo a volver a perder a alguien, miedo a no poder protegerme. Pero hay algo más, una sombra que no logro descifrar. Una decisión que todavía no pronuncia.

Finalmente, su voz rasposa rompe el aire.

—Arianna todas las respuestas que te pueda dar no apagaran esas dudas, pero a veces lo mejor es confiar sin buscar razones.

No respondo de inmediato. Aprieto los dedos, clavo la mirada en el suelo, como si ahí pudiera encontrar una verdad menos dolorosa.

—Me hubiera gustado escuchar decir que no es solo obligación o miedo esto de mudarme contigo.

Lo noto tensarse. Apenas. Como si mi frase hubiera tocado una herida que no esperaba.

—¡Ah…entiendo! —responde—. Hablas de un discurso… —se corrige enseguida—. Más bien como una propuesta romántica…. Tal vez lo haga cuando nada empañe lo que siento por ti.

Trago saliva. El nudo en la garganta se resiste a bajar.

—Carla murió… —mi voz se quiebra— murió por culpa de esta maldita libreta, y suena extraño, casi cruel, escuchar tu pequeña confesión justo ahora.

El dolor empuja desde adentro. Las lágrimas amenazan con presentarse y me niego a darles permiso.

—¡Basta, Arianna! —espeta con su voz inquieta—. No puedes seguir guardándote ese dolor que llevas dentro. No fue tu culpa lo que sucedió con Carla, sino de Russell…

Da un paso más. Uno solo, pero suficiente. Me rodea con los brazos, me aprieta contra su pecho como si pudiera contener todo lo que se me desborda.

—Pude evitarlo… —mi voz tiembla de dolor—. Carla podría seguir con vida.

Siento cómo su respiración se vuelve más lenta, más pesada, antes de separarse apenas de mí. No me suelta del todo.

—Ya no hay forma de enmendarlo —dice—. Queda continuar y esperar encontrar al cobarde de esas muertes.

Hace una pausa mínima.

—Pero mientras tanto debes venir a mudarte conmigo y no es negociable.

Silencio. Aprieto los labios. Lo sé, no puedo negarme, pero detesto esto de sentir vulnerable, sentir que no puedo controlar lo que se viene.

—Si me mudo contigo, no significa que me tendrás encerrada, no soy un objeto, soy tu mujer, ¿lo entiendes?

Me sostiene la mirada y eso basta para mí.

Horas más tarde

Armé mi valija como si pudiera guardar toda mi vida en ella. Como si la mudanza fuera un nuevo inicio, cuando en realidad se trataba de sobrevivencia. Antes de cerrar la puerta, lancé un último vistazo y dejé atrás los recuerdos que abrigaban mi casa. Esa donde las paredes hablaban de mis raíces gitanas, de mi madre. Me repetí que era provisorio, aunque no estaba segura de creerme esa mentira.

Sin exagerar, la mansión me ahoga. Desde los hombres custodiando el portón, la entrada principal, hasta la servidumbre siguiéndome como una sombra. No estoy a salvo: estoy vigilada en una cárcel de barrotes invisibles.

Dominic no deja de hablar. Dice que puedo cambiar lo que quiera, que haga de este lugar algo mío. Habla como si así pudiera apagar el temblor que me recorre por dentro.

—Mi fiera no necesitas preguntarme nada —dice mientras me rodea la cintura—. Aquí no eres una visita. Eres la dueña, mi mujer. Cualquier cosa que desees, la tendrás. Solo pídelo.

¿Dueña? ¿Pedirlo?

Me aparto lo justo para mirarlo.

—No estamos casados, Dominic. No hables como si este lugar me perteneciera… porque no es así. Y tampoco quiero nada tuyo.

Me observa en silencio, midiendo el terreno. Cuando vuelve a hablar, baja la voz, casi con cuidado.

—Yo creí que si querías algo mío… —hace una pausa mínima— mi corazón. Como yo el tuyo.

El aire se vuelve denso. Irrespirable.

—Creo que no es el momento para esta charla… —digo, sin saber si es miedo o defensa.

—Yo creo que sí —responde—. Quiero que tengas la seguridad de lo que somos.

—Dominic —lo interrumpo—, acepté mudarme contigo. Eso debe bastarte.

Sus labios se tensan. Va a decir algo. Lo sé. Pero Milos aparece en la sala y corta el momento como un cuchillo.

—Dominic, ¿me das un momento?

—Por mí no te preocupes —indico antes de que dude—. Ve a ocuparte de tus negocios.

Asiente y se aleja. Y el silencio que deja atrás pesa más que su presencia.

Avanzo por los pasillos sin rumbo fijo hasta que una puerta entreabierta llama mi atención. La empujo. Una biblioteca antigua. Dos sillones de cuero. Un escritorio grande donde reposan varias fotografías.




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