Divinas Tentaciones

Que comience el infierno (4ta.Parte)

Que comience el infierno (4ta.Parte)

El mismo día

Kazanlak

Arianna

Admito que el dolor del engaño de Dominic pesaba más que una infidelidad. Mucho más. Porque no fue su cuerpo lo que me dolió, fue su silencio. Su omisión. Y aun así, me odiaba por amarlo, por no poder enterrar lo que sentía por él, aunque lo intentara.

Lo peor era eso: que, pese a todo, no podía negar la verdad. Desde el inicio encontré sinceridad en su forma de estar conmigo. No era solo control, no era solo territorio. Dominic estuvo a mi lado incluso cuando no se lo pedí, cuando su cercanía me asfixiaba, cuando su presencia se volvía una sombra constante. Como un ángel de la guarda torpe y obstinado, protegiéndome sin permiso.

Había verdad en él. En su torpeza emocional. En el azul de sus ojos siempre vi deseo, sí, pero también algo más profundo. Amor. No el que se grita ni se promete, sino el que se demuestra con hechos. Aunque nunca fue capaz de decirme te amo, pero podía sentirlo en cada gesto, en cada decisión tomada por mí.

Lo sabía. No fui justa con él, tampoco podía culparlo por el daño que me hizo el monstruo de su medio hermano. Dominic no era responsable de los actos de Viktor y aun así lo castigué. Porque descubrir que compartían la misma sangre me quebró por dentro.

Y ahí estaba sentada en la habitación del hospital escuchando los reclamos de Petar. Intentó abrirme los ojos. Convencerme. Hacerme entender que había algo más grande que mis heridas del pasado: una guerra declarada entre Dominic y Viktor. Una guerra donde solo uno sobreviviría.

Guardé silencio. Como si callar pudiera desligarme del problema. Como si así dejara de importarme el destino de Dominic.

Finalmente, respiré hondo y rompí el silencio con mi voz al ambiente.

—Petar… —mi voz sonó cansada, quebrada—. Lo que suceda entre Dominic y el monstruo de Viktor no es mi asunto.

Me miró fijo. Sus ojos se endurecieron.

—¡Claro que sí! —respondió, alzando apenas la voz—. Estamos hablando del padre de tu hijo. Del hombre que amas. No puedes quedarte de brazos cruzados mientras se destruyen y arrastran a Kazanlak a una masacre sin tregua.

Apreté los dedos sobre la sábana.

—Soy una simple mujer… —dije, casi en un susurro.

Su mirada se clavó en mí. Inquisitiva. Implacable.

—Por favor —insistió—. Sé que estás furiosa con él. Pero sus problemas de pareja pueden esperar. Ahora lo urgente es evitar una masacre. Evitar que muera el padre de tu hijo.

Tragué saliva.

—¿Y pretendes que enfrente a las mafias? —pregunté—. ¿A Oleg Todorov?

—Arianna… —dijo más bajo—. Siempre lo has hecho a tu manera. Conoces los secretos de muchos líderes. Y ahora tienes la libreta en tus manos. Eso es suficiente para contener una guerra.

Negué despacio.

—No se trata de sentarme a charlar con ellos como si fuéramos amigos —repliqué—. También debes contemplar que a nadie le gusta intervenir en una guerra ajena. Menos en la de la familia Todorov.

—Yo solo escucho excusas —sentenció.

El silencio volvió a caer entre nosotros. Mi mano se posó en mi vientre como si pudiera ayudarme a decidir.

—Necesito pensar con calma —dije al fin—. ¿Puedes darme unas horas?

Petar asintió. En su rostro se mezclaban el cansancio y la frustración. Salió sin decir nada más, dejándome sola con una verdad que ya no podía esquivar.

Las horas siguientes fueron un vaivén entre la razón y el corazón. Pensaba, lloraba en silencio, volvía a pensar. El embarazo, el estrés, el miedo acumulado y lo que los médicos me habían suministrado hicieron lo suyo. A ratos los párpados se me cerraban sin que pudiera evitarlo, como si el cuerpo se rindiera antes que la mente.

Estaba acostumbrada al ir y venir de doctores y enfermeras, a las puertas que se abrían y cerraban sin aviso. Por eso, cuando escuché el leve chirrido de la puerta, no reaccioné de inmediato.

Vi apenas la silueta de una mujer con bata blanca, de espaldas. Pensé que era una revisión más. Cerré los ojos otra vez. Entonces sentí el frío.

Metal contra la piel. Duro. Helado. Presionándome el rostro.

—Levántate despacio —ordenó una voz baja y tensa—. Nada de gritar. Nada de estupideces.

Abrí los ojos de golpe. Vi a Tatiana, la bailarina. La misma que nunca me inspiró confianza. Sus ojos no tenían rastro de duda. Solo urgencia.

—¿Por qué haces esto? —pregunté con la voz quebrada—. ¿Es por dinero?

—Cierra la boca —escupió—. No me hagas repetirlo dos veces.

Miró la puerta con nerviosismo mientras yo intentaba incorporarme. El mareo me golpeó, pero no me dejó caer: me sujetó del brazo y me arrastró con violencia cuando alguien más entró a la habitación.

—Vamos, Tatiana, rápido —dijo un hombre—. Antes de que se den cuenta de que eliminé al imbécil del guardaespaldas.

Tenía un arma en la mano. Grande. Real. Mis piernas temblaron.

—No me empujen… —repliqué, tratando de sostenerme—. Puedo caminar sola.

No me escucharon.

Salimos al pasillo. Tatiana me clavaba el arma en la espalda, el hombre miraba por encima del hombro, paranoico, asegurándose de que nadie nos siguiera.

Entonces lo vi.

Petar apareció a mitad del pasillo.

—¿Enfermera? —preguntó, desconfiado—. ¿A dónde llevan a Arianna?

Lo miré. Negué con la cabeza. Intenté advertirle sin palabras.

Pero fue inútil, el hombre no dudó. Disparó una vez, otra más y continuó varias.

El sonido seco de los tiros retumbó en el pasillo mientras Tatiana me gritaba que corriera. Mis piernas apenas respondían. El terror me paralizaba.

Afuera, una camioneta negra esperaba con el motor encendido. Otros hombres estaban listos, armas en mano, cubriendo la retirada.

Me empujaron hacia el vehículo. Petar corría detrás, esquivando balas. Yo gritaba. Forcejeaba. Sentía manos tironeándome, sujetándome el cabello, los brazos.

—¡Dejen de dispararle! —supliqué, con la voz rota—. ¡Ya me tienen!




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