El mismo día
Kazanlak
Dominic
Reconocía que era un desastre expresándome. Me costaba abrirme, poner en palabras lo que sentía. Muchas veces me pregunté cómo me había casado… pero fue ella, mi ángel, quien lo hizo posible: Natasha. Y ahí estaba el verdadero problema: no sabía cómo acercarme a Arianna sin terminar a los gritos, sin discutir. Apenas pude repetir unas cuantas palabras con torpeza y creí que eso bastaba.
Error con letras mayúsculas. Ella me respondió con una calma helada, con esa actitud que podía lanzarme un balde de agua fría sin pestañear. Y yo, que no tenía paciencia, exploté. Me molesté conmigo mismo, balbuceé lo que sentía como un idiota, pero ella parecía pretender una declaración completa, casi poética, como si para mí no fuera una tortura exponerme.
Así que hice lo único que sabía hacer mejor: la besé. Con pasión, con hambre, con ese deseo que aún me costaba nombrar.
No hubo resistencia. Todo lo contrario: me devolvió el beso. Y lo sentí… no era un simple arrebato. Era como si por fin los muros no existieran. Sentí esa magia, ese fuego que quemaba mis límites; tanto que por un instante fui un adolescente descontrolado, queriendo hacerla mía.
Lo bueno o lo malo fue la maldita llamada. Por un segundo no quise atender. Temía que ella cambiara de opinión, que todo retrocediera y volviera a verme como su enemigo. Eso no podía permitirlo.
No sé cómo se me escapó proponer una cena en su casa. Hasta yo me sorprendí. Pero contra cualquier pronóstico… aceptó. Debí parecer un idiota con la sonrisa que se me escapó.
—Solo para asegurarme —dije acercándome un poco más—, escuché bien: aceptaste cenar conmigo, ¿correcto?
Ella sostuvo mi mirada.
—Sí, Dominic. Voy a arriesgarme a tener una velada romántica contigo. Será interesante conocer otra faceta tuya.
Me permití algo que no solía concederle a nadie: ternura.
—No te vas a arrepentir —murmuré. Deslicé mi pulgar por su mejilla, suave—. Mi chica merece una noche especial.
Arianna dejó escapar una pequeña sonrisa mientras negaba con la cabeza.
—No corras —advirtió en un murmullo firme—. No me presiones. Solo deja que fluya.
Asentí despacio y le robé un beso antes de responder la llamada. Supuse que ella también cargaba con miedos y cicatrices… pero esta vez no había escapado.
Milos me había llamado por un problema con un cargamento de droga. Unos policías imbéciles quisieron aumentar su tarifa. Después de revolverlos con unos tragos y un par de sobres bien cargados, quedé libre del asunto.
Justo me disponía a salir de Aurum cuando escuché su voz colándose en la oficina.
—Pensé que ibas a dispararles a esos sujetos, pero me sorprendiste —comentó Milos con burla ligera—. La fiera te está cambiando.
Fruncí el ceño.
—Cállate. No sigas hablando.
Él alzó las manos, divertido.
—Solo digo la verdad. Reabrió su club, estás menos gruñón… y pronto tu novia va a estar dando órdenes a nuestra gente.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Ya terminaste de burlarte de mí? —mascullé.
Milos se encogió de hombros con una sonrisa ladina.
—Menos mal que soy tu amigo. Si no, por imprudente ya estaría en problemas.
Antes de replicar, un golpe en la puerta captó mi atención. Era una de las bailarinas.
—Señor Todorov… —dijo con cautela— necesito un minuto de su tiempo.
—¿Qué sucede, Olga? —intervino Milos, molesto—. ¿Por qué molestas a Dominic?
Le lancé una mirada que bastó para callarlo.
—Déjala hablar, Milos. Sé directa, Olga.
La mujer respiró hondo.
—Usted dijo que estaba interesado en cualquier información relacionada con el asesino de Russell Novak… —aclaró la garganta—. Estuve hablando con Carla, una de las bailarinas con quien él tenía mucha confianza.
Me incliné hacia ella, atento.
—¿Qué te dijo?
—Carla aseguró que Novak estaba preocupado —expuso la mujer, crispando los dedos—. Sabía que querían asesinarlo por negarse a hacer su trabajo. Al parecer alguien con mucho poder… quizás un líder de la mafia o una autoridad del gobierno.
Di un paso más, mi mirada fija en la suya.
—¿Mencionó un nombre? ¿Una pista? ¿Una descripción física? Cualquier cosa podría ayudarme.
La mujer negó de inmediato.
—No, señor. Es todo lo que me contó.
Asentí una única vez.
—Milos, dale un incentivo a Olga por su colaboración —ordené sin apartar mis ojos de ella. Luego añadí, más grave—: No comentes con nadie esta conversación. Nadie. Ni siquiera con Arianna.
Sus palabras confirmaban que la muerte de Russell no era un asunto de faldas, sino fastidio a alguien peligroso, y quizás algo más había de fondo. Entonces no podía bajar la guardia.
Sin embargo, aquí estoy, en la cocina, cortando vegetales, revisando que no se queme la cena, mientras Arianna se fue a duchar. Me sirvo un poco de vino cuando escucho el sonido de sus tacones contra el piso. Levanto la mirada y ahí está. Muy hermosa, demasiado sensual con ese vestido floreado.
Trago saliva, le sirvo una copa y la deslizo sobre la mesada.
—Pensé que ordenarías la cena… no esperaba verte cocinando —comenta Arianna—. No es la imagen que se espera de un mafioso peligroso.
—Delante de ti ahora no está el mafioso, sino un hombre normal que… —titubeo, y ella arquea la ceja.
—Cómo te cuesta abrirte.
—Y a ti te divierte —apago el horno y acorto distancia—, pero este soy yo: con dudas, con miedos, con la torpeza a la orden.
—Vaya confesión —replica nerviosa, mordiéndose el labio—. ¿Y qué sigue?
—Sigue que me dejes entrar del todo… —deslizo mis manos por su cintura—. Ya no quiero discutir con… mi novia.
—Eso suena a relación formal —revira. Me inclino un poco, percibiendo su respiración agitada.
—Suena a verdad —rozo sus labios con los míos—, a lo que me pide mi ser entero.
Mi aliento choca contra su piel; cada palabra es un golpe directo a sus defensas. Mis labios atrapan los suyos con intensidad arrolladora, un beso que grita más que mil palabras y me arrastra al abismo de su ser.
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Editado: 07.11.2026