Divinas Tentaciones

Que comience el infierno (1era. Parte)

Que comience el infierno (1era. Parte)

El mismo día

Moscú

Viktor

Había errores que sobrevivían, incluso cuando uno deseaba extirparlos de raíz. Bogdan era uno de ellos. Mi hijo. Un psicópata sin una pizca de lealtad, impredecible, capaz de clavarme un cuchillo en la espalda si eso le garantizaba placer o ventaja. Sin embargo, llevaba mi sangre. Y peor aún: era el único nieto del viejo Oleg. Una carta que debía jugar con extremo cuidado.

Con mi padre respirándome en la nuca, no podía dar un paso en falso. No con Bogdan. No ahora. Cualquier movimiento impulsivo sería interpretado como debilidad, y Oleg jamás perdonaba eso.

Y ahí estaba con el celular pegado al oído cuando Mikael insistía desde la otra línea. Lo escuchaba, pero también sentía la mirada del viejo atravesándome la espalda, pesada, inquisitiva. Esperé. Dejé que el silencio se alargara hasta incomodarlo.

—Mikael —dije por fin, con la voz controlada—, no estamos hablando de un simple empleado. Ese idiota lleva mi sangre. Eliminarlo ahora no es el camino.

—Pero algo hay que hacer —replicó, tenso—. Bogdan está dolido porque no confió en él para ocuparse de Russell. Hará lo que sea para desquitarse.

Apreté la mandíbula.

—Lo conozco lo suficiente para saber que fue a provocar a Dominic —aseguré—. Nada más.

—¿Entonces?

—Por ahora necesito que lo encuentres —ordene autoritario.

Hubo un silencio breve.

—¿Encontrarlo? —su voz sonó desconcertada.

—Sí —respondí sin vacilar—. Encuéntrenlo donde sea, pero no lo maten. Quiero saber qué carajos está haciendo el sádico de mi hijo.

Corté la llamada sin darle margen a discutir. Al hacerlo, sentí el peso exacto de la presencia de Oleg. Me giré apenas. El viejo exhaló el humo del habano con lentitud, como si midiera cada segundo de poder que aún conservaba.

—¿Dónde está ese hijo tuyo? —avanzó un paso—. Quiero entrenarlo para que sea mi sucesor… o tal vez lo haga con los hijos de Dominic.

—Él no tiene hijos —respondí seco—. Ni los tendrá.

Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.

—Lástima que te revolcaras con Natasha. Era la nuera perfecta. Pero fue necesario eliminarla para mantener el orden en la familia.

No respondí. No iba a darle ese placer. Ya tenía suficientes reproches clavados en la piel.

Bogdan no era el verdadero problema. La libreta sí lo era. De ella dependía que mi imperio siguiera en pie, lejos de amenazas, lejos de los cuestionamientos de Oleg.

Y todo estaba estancado por culpa del parásito rastrero de Petrovic. Ni una llamada. Ni una señal desde Kazanlak.

Días después, el celular vibró en mi bolsillo, era Tatiana.

Respondí sin preámbulos.

—Ya era hora, Tatiana —dije—. ¿Encontraste la libreta?

—Todo lo contrario, Viktor —contestó—. El sicario de pacotilla que contrataste sigue haciendo estupideces.

Me tensé.

—¿Qué hizo esta vez Petrovic?

—Se me adelantó. Asesinó a la bailarina aun sabiendo que no tenía la libreta. Quiere engañarte… y proteger a la perra de Arianna.

Sentí cómo la rabia me subía por el pecho.

—¡Hijo de puta…! Me las va a pagar. Ahora mismo mando a mis hombres a cazarlo.

—Ni se te ocurra —me cortó—. Y que quede claro algo.

Escuché el eco de sus tacones contra el suelo. Caminaba. Pensaba.

—Dominic Todorov sospecha hasta de la mosca —continuó—. Vigila a las bailarinas, a los empleados del club… está esperando que alguien cometa un error. Yo no pienso caer por culpa de Petrovic.

Respiré hondo, conteniendo el impulso.

—Vamos en orden —dije—. ¿Descubriste o no quién tiene la maldita libreta?

—La tiene Arianna Stoica —afirmó—. Tal vez en su casa, tal vez en el club. Pero con Dominic cuidándola, acceder a ella será imposible acceder a ella.

Aprete la mandíbula. La puta libreta estaba tan cerca de Dominic y cualquier mal paso desataría la guerra.

—Entonces hay que esperar —resolví—. Invéntate cualquier excusa… y desaparece por un tiempo.

Colgué. Todo pendía de un movimiento, un error y la mierda, se desataría una guerra encarnizada.

Lo cierto es que sigo atento a cada movimiento en Kazanlak, esperando la brecha exacta para actuar sin ser detectado. No puedo permitirme errores. Mucho menos darle al viejo una excusa para respirarme en la nuca, para descalificarme como su sucesor.

Ahora, por fin, me tomo un respiro.

Dejo el abrigo sobre el sillón, aflojo el nudo de la corbata y avanzo hacia el bar. Me sirvo un trago generoso. Apenas llevo el vaso a los labios cuando la voz de Mikael corta el aire.

—Jefe, tengo noticias de Kazanlak.

No lo miro. Giro el vaso entre los dedos, despacio.

—Habla —digo seco—. Sé directo.

—Nuestros hombres aseguran que Dominic mandó a golpear a Bogdan.

Alzo una ceja, más curioso que sorprendido.

—Pero ya sabe cómo es su hijo —continúa—. Buscó venganza.

Bebo un sorbo lento. Dejo que el alcohol queme antes de hablar.

—¿Cómo se vengó? —pregunto con calma—. ¿Eliminó a Dominic?

—Hubo un incendio en el club Divinas —responde—. Y atraparon a Bogdan.

Una risa baja se me escapa, áspera.

—El hijo de perra incendió el lugar… —digo divertido—. No. Corrijo, apoyando el vaso con suavidad. —Se dejó atrapar.

Levanto la vista por primera vez. Mikael frunce el ceño.

—¿Sabes por qué? —añado, curioso.

Niega con la cabeza.

—Me dio los motivos para atacar a Dominic —digo frío—. Hago una pausa mínima. —Y para matar a la perra de Arianna Stoica.

Mikael duda antes de hablar.

—Esa mujer está hospitalizada después del incendio.

El vaso se detiene a medio camino. Mis labios se curvan apenas.

—Una oportunidad inmejorable —murmuro.

Bebo otro sorbo y dejo el vaso sobre el bar.

—Dile a Tatiana que se infiltre en el hospital —ordeno.

Mikael traga saliva.

—¿Le digo que la asesine?

Lo miro fijo. Dejo que el silencio lo incomode.




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