Divinas Tentaciones

Verdades a medias (3era. Parte)

Verdades a medias (3era. Parte)

El mismo día

Kazanlak

Dominic

Para mi desgracia, hay lazos que jamás pedí, ni quise, mucho menos elegí. No nacieron del afecto, sino de la sangre. Y la sangre, en este mundo, es una condena. Borrarlos no era una opción, así que la distancia se convirtió en mi mejor arma. Levanté muros. Siempre lo hice. Pensé que así podría dejar atrás el peso de ese vínculo que me resistía a reconocer, marcar una diferencia, ser visto solo como Dominic Todorov… no como una extensión de otros errores.

Pero al destino le gusta jugar conmigo de la forma más retorcida posible.

Por eso no me sorprendió —aunque sí me irritó— que el engendro de Bogdan apareciera en Divinas.

Cuando ese animal salía de la sombra protectora de Viktor, nunca era por algo inocente. Siempre había un motivo oscuro detrás. Algo que le beneficiaba a él… y que a mí me hacía pagar los platos rotos. Su sola presencia era un arma de doble filo.

Y aun así, no pude evitar la curiosidad. ¿Por qué quería la cabeza de Petrovic?

¿Una rivalidad mal resuelta? ¿Una humillación? ¿O algo más grande que todavía no alcanzaba a ver?

Lo observé en silencio durante un segundo. Su sonrisa burlona me revolvía el estómago, como si se alimentara de mi contención. Al final, mi voz rasgó el ambiente.

—Bogdan, tu pequeña rivalidad con Petrovic resuélvela sin inmiscuirme, sin causar caos, sin derramar sangre en mis territorios. De lo contrario, puedo olvidar los pactos.

Él soltó una risa corta, insolente.

—¿Cuándo te volviste un cobarde, tío? —escupió—. ¿Le tienes miedo a Viktor?

El pulso me golpeó en las sienes.

—Engendro, deja de llamarme tío —gruñí—. Tú eres igual que tu padre. Un error. No eres un Todorov al cien por ciento.

Vi cómo su expresión se tensaba apenas un segundo, lo justo para saber que había dado en el blanco.

—El abuelo Oleg no piensa lo mismo —respondió con veneno—. Tarde o temprano me quedaré con todo. Los territorios de Viktor y los tuyos. Al fin de cuentas, soy su único heredero.

Sentí que la paciencia se me agotaba.

—¡Basta, animal! —corté—. No quiero seguir escuchándote.

Dio un paso más, confiado, demasiado.

—Puedo reinar contigo, tío… —hizo una pausa calculada—. Solo dame al gusano traidor de Petrovic y te daré el arma para hundir a Viktor.

Fue suficiente.

—Colmaste mi paciencia, engendro.

Levanté la mano con un gesto seco. Mis hombres reaccionaron al instante, sujetándolo de los brazos con firmeza. Bogdan se resistió apenas, más por orgullo que por fuerza.

—Saquen a esta basura de aquí —ordené sin elevar la voz—. Y no vuelvan a dejarlo entrar al club.

Mientras lo arrastraban hacia la salida, Bogdan giró el rostro, los ojos cargados de odio.

—Te arrepentirás, Dominic —farfulló.

No respondí. Ya no hacía falta.

Lo vi alejarse escoltado por mis hombres, mascullando amenazas que no me impresionaban, pero cuando desapareció de mi vista, el ruido del club volvió de golpe y con él, las dudas. Se quedaron ahí, clavadas como astillas imposibles de sacar.

¿Qué había hecho Petrovic? ¿En qué me afectaba a mí? ¿Tenía algo que ver con Novak?

Apreté la mandíbula. No podía permitirme ignorarlo. No en este momento. No con demasiadas piezas moviéndose al mismo tiempo.

Por eso no fui directo a Aurum, necesitaba medir el ambiente, oler el aire, asegurarme de que el suelo bajo mis pies seguía siendo firme. Fue ahí donde me topé con Milos.

Estaba apoyado en la barra. Al verme, ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa burlona.

—Dominic… —dijo— pensé que no te despegarías de la fiera. ¿Ya se cansó de ti? ¿Pelearon?

Me detuve frente a él, sin devolverle la sonrisa.

—Arianna y yo estamos bien —respondí con sequedad—. Pero necesito ocuparme de algo importante.

Su expresión cambió apenas. Lo justo para que lo notara.

—¿Qué será?

—Bogdan estuvo en Divinas —dije—. Me pidió la cabeza de Petrovic.

Milos frunció el ceño.

—¿Y?

—Y poco me importaría que esas dos ratas se destruyan entre sí —continué—, pero siento que hay algo más grande detrás de esa rivalidad. Algo que no veo… y que me afecta.

Milos soltó el aire despacio, serio ahora.

—Si es como crees, Dominic, no puedes seguir viviendo en la casa de tu novia —dijo—. No es un lugar seguro, por más hombres que la custodien.

Lo sabía. Maldita sea, lo sabía.

—Lo sé… —admití—. Después veré cómo abordo ese tema con Arianna.

Me enderecé, clavando la mirada en él.

—Por ahora vigila a Petrovic —ordené—. Necesito saber qué carajos sucede en mis territorios. Quiero estar preparado… si esto escala a una guerra de mafias.

Milos asintió sin hacer preguntas. Sabía lo que eso significaba. Yo también.

Llegué a pensar que con el amanecer tendría un poco de sosiego, paz, aunque fuera unas horas de calma. Me equivoqué. Otro asesinato. Otra muerte de la gente de Arianna. Otra señal de que alguien busca algo con desesperación… que Russell dejó demasiados cabos sueltos o que ese engendro de Bogdan decidió cobrarse su rabia por no entregarle la cabeza de Petrovic.

La única certeza que poseía era el peligro respirándonos en la nuca. Y, aun así, algo me dijo que Arianna sospechaba de alguien. Por eso no di rodeos.

Y en este instante, el olor de la sangre de Carla se mezcla con la basura. Es ácido, pesado. El silencio se vuelve un refugio incómodo mientras me quito la chaqueta y cubro su cuerpo. Me agacho, evito mirar su rostro destrozado, cuando escucho la voz de Arianna detrás de mí.

—No sé si Russell nos trajo una plaga con su muerte… —sus manos tiemblan apenas, su voz baja, frágil—. Si todo está relacionado, pero… necesito mostrarte algo, Dominic.

Alzo la mirada hacia ella.

—¿Entonces sospechas de alguien?

—Toda la gente a nuestro alrededor es sospechosa. —respira hondo, vuelve a mirar el cuerpo inerte de Carla—. Aunque creo tener una pista…




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