Divinas Tentaciones

Lo que no se dice (1era. Parte)

Lo que no se dice (1era. Parte)

El mismo día

Kazanlak

Arianna

Quise convencerme de que podía arrancarme esa espinita con solo insistir un poco más, pero no fue así. Volví a mirar la foto del joven en la biblioteca una y otra vez, como si al chasquear los dedos la memoria fuera a responderme. Nada. Solo ese escalofrío persistente, recorriéndome la nuca, avisándome que ahí había algo que no lograba nombrar.

Para distraerme —o quizás para insistir sin admitirlo— comencé a recorrer el lugar. Estanterías repletas de libros antiguos, lomos gastados, títulos en idiomas que apenas reconocía. Buscaba algo más. Una pista, una señal, cualquier cosa que hablara de la familia de Dominic. Fue inútil.

Entonces, la puerta se abrió con suavidad.

No la escuché entrar, pero sí su voz, firme, medida, como si cada palabra hubiera sido ensayada.

—Señora, ¿cuáles son sus órdenes para la cena? —preguntó—. ¿Desea que le prepare algún plato en especial?

Giré apenas el rostro hacia ella. Fedora estaba de pie, erguida, las manos juntas al frente, el gesto imperturbable.

—No me llame señora —respondí—. Prefiero Arianna. Y tampoco me pregunte por la cena ni por las cuestiones de la casa. Mi presencia aquí no debería alterar su trabajo… ni el de nadie.

Ella no se inmutó. Ni un músculo.

—Sigo las instrucciones del señor, tal como me lo ordenó —replicó, con ese tono neutro que no dejaba espacio a réplica—. Además, usted es la nueva patrona.

La palabra patrona me pesó más de lo que esperaba.

—No parece agradarle mi presencia aquí —dije, midiendo cada sílaba—. Pero no quiero imponer nada… ni que se piense que intento usurpar el lugar de la difunta esposa de Dominic.

Fedora avanzó un paso. Solo uno. Tomó una de las fotos y la acomodó con precisión milimétrica sobre el escritorio.

—Lo que me parezca no debería importarle —contestó sin mirarme—. Y le recomiendo no hurgar en las cosas del señor.

No hubo amenaza directa. No la necesitó.

El silencio cayó pesado, denso. Me quedé observando las fotografías, sintiendo esa hostilidad pasiva clavarse en la piel, preguntándome sin éxito qué demonios tenía delante de mí… y qué precio podía tener haber cruzado esa puerta.

A todo esto, ni loca me quedaba encerrada en esa mansión. Apenas pude, me subí al auto con rumbo a Divinas. Obvio, llevaba a la peste de los gorilas de Dominic siguiéndome como sombras pegajosas… o peor, a él mismo sentado a mi lado, vigilando sin decirlo.

Aun así, apenas cruzaba la puerta del club, algo en mí se aflojaba. Me sentía libre. Relajada. Como si ese lugar todavía me perteneciera.

Hablaba con los empleados, observaba a las bailarinas ensayar alguna rutina, corregía detalles, y al final terminaba refugiada en mi oficina, revisando cuentas, números, movimientos. Todo parecía normal… hasta anoche.

Petar entró como siempre: cigarro en mano, gesto cansado, dejándose caer sin pedir permiso en el sillón frente a mi escritorio. Su voz llegó antes que el humo.

—Hoy el club no da abasto. Incluso los privados están llenos.

—Debe ser el morbo —respondí sin levantar la vista—. La gente quiere detalles sobre la muerte de Carla. No hay otra explicación.

Petar no contestó de inmediato. Me observaba. Lo sentía.

—Te ves cansada, Arianna —dijo al fin—. Y no es de hoy… lo vengo notando hace días.

—Son ideas tuyas, Petar —contesté, incorporándome del sillón.

Fue entonces cuando el mundo se me inclinó apenas. Un segundo. Nada más. Alcancé a sujetarme del borde del escritorio antes de perder el equilibrio.

Petar se levantó de golpe.

—Lo digo de nuevo… —insistió, con el ceño fruncido.

—No es nada —lo corté, firme, sin darle espacio—. Nada.

Él no retrocedió. Me miró distinto. Más atento. Más serio.

—No será que estás… —insinuó, haciendo un gesto vago con la mano.

Abrí los ojos de par en par.

—Ya sabes…

Tragué saliva. La posibilidad cayó pesada, directa al pecho. No dije nada. No pude.

Me quedé ahí, de pie, con la duda clavada como una astilla bajo la piel… sabiendo que, si era cierta, nada volvería a ser igual.

Y si eso no era una señal, la casi certeza llegó en el momento menos oportuno. Dominic apareció, como cada mañana, con la bandeja del desayuno. Pero el olor al café me revolvió el estómago y salí disparada al baño, sin darle tiempo a decir una palabra.

Vomité con violencia. Fue entonces cuando el miedo se coló sin permiso y, como un reflejo, llevé la mano a mi vientre. Me miré unos segundos en el espejo, pálida, desencajada, como si necesitara confirmar lo que ya empezaba a sospechar.

—¿Estás ahí, bebé? —murmuré en un hilo de voz—. ¿Será posible?

Estaba nerviosa. Asustada. Sin saber cómo decirle a Dominic lo que pasaba por mi cabeza. Respiré hondo, me enderecé y ensayé el mejor rostro que pude antes de salir, decidida a hablarle.

Pero al verlo, supe que algo estaba mal. Tenía la libreta en la mano. El rostro tenso. Perturbado.

Y ahora el silencio nos envuelve. Lo observo sin decir nada, leyendo en sus gestos una rabia contenida, una certeza peligrosa. Entonces su voz rasga el ambiente.

—El nombre de Natasha está en la libreta —dice—. Y debo irme…

Lo miro confundida mientras comienza a vestirse, como si la decisión ya estuviera tomada, como si yo no existiera en ese plan.

—¿Ya descubriste al asesino y vas a ajustar cuentas con él? —pregunto sin rodeos—. ¿Verdad?

No responde. Solo levanta la mirada mientras se ataba los cordones de los zapatos. Se incorpora y me planta un beso en la frente, breve, casi mecánico.

Sale de la habitación. Hace un gesto a sus hombres para que lo acompañen.

No. No puede tratarme así. No cuando las decisiones se supone que las tomamos los dos.

—Pensé que me cuidarías… —alzo la voz para detenerlo.

Se gira apenas y me mira por encima del hombro.

—Dijiste que querías una vida conmigo —continuo, con la voz quebrada—. ¿Cuándo cambiaste eso?




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