Divinas Tentaciones

Lo que no se dice (2da. Parte)

Lo que no se dice (2da. Parte)

Al día siguiente

En las afueras de Kazanlak

Dominic

Dolor, rabia, odio. Aun así, ninguna de esas palabras alcanzaba para describir lo que sentí al ver el nombre de Natasha en la libreta. Fue un golpe seco, directo al pecho, como si alguien me hubiera metí la mano en mi corazón para estrujarlo.

Alguien había dado la orden de ejecutarla. No fue Russell. Él solo era un sicario, un engranaje más. Para hombres como él, la muerte no era un misterio: se anotaba, se codificaba y se cumplía.

Ahí estaba la fecha exacta, implacable, debajo del código: N17 / limpieza. Eso no era una suposición, tampoco una coincidencia, fue una ejecución planificada.

Pero lo que terminó de romperme fue lo que seguía, escrito con la misma frialdad quirúrgica: unas iniciales. BGD: Bogdan.

El pulso me martillaba las sienes. No había marcha atrás. Si Bogdan figuraba ahí, entonces sabía algo. Y yo iba a encontrarlo, aunque para eso tuviera que alejarme de Arianna.

Tal vez debí decirle la verdad. Toda. Pero esa guerra era mía. No iba a cargarla con mi odio ni arrastrarla a un ajuste de cuentas que llevaba mi sangre. No iba a ponerla en la línea de fuego.

Decidí irme, pero no estaba preparado para verla así.

Cuando levanté la vista y encontré su expresión de confusión y miedo algo dentro de mí se resquebrajó. Tragué saliva. El nudo en la garganta quemaba, pero forcé la voz a salir firme, aunque no lo estaba.

—Aún quiero una vida contigo —dije, despacio, mirándola a los ojos—. No ha cambiado eso.

Ella no se movió. Solo me observó.

—Pero primero tengo que hacer esto —continué, bajando apenas la voz—. Para tenerla

Hice una pausa. Necesaria. Dolorosa.

—No me odies, Arianna.

—No te marches así —replicó ella, dando un paso hacia mí—. No sin darme una explicación… —su voz tembló apenas—. La necesito.

Aparté la mirada un segundo. Solo uno. Respiré hondo antes de volver a enfrentarla.

—Gregory va a acompañarte a todos lados —dije, con un tono que no admitía discusión—. Por favor no salgas sin él.

Ella frunció el ceño.

—Dominic…

No me acerque, no le di tiempo a más, no podía alargar la despedida.

—Adiós, mi fiera.

No esperé respuesta. Me di la vuelta y salí antes de que la duda pudiera alcanzarme.

Subí al auto rodeado de mi gente. El motor arrancó. No podía permitirme flaquear. No cuando la muerte ya estaba tan cerca.

—¿A dónde vamos, Dominic? —preguntó Milos desde el asiento del conductor.

Busqué su mirada.

—A buscar a Bogdan —respondí, con la voz cargada de acero—. Ese engendro no debe estar lejos.

Milos apretó el volante.

—¿Vamos a matarlo?

Abrí los ojos y clavé la mirada al frente.

—No —dije, despacio—. Primero quiero respuestas. —Hice una pausa—. Y él va a dármelas.

La búsqueda se extendió por cada bar, cada burdel de mala muerte, cada antro donde podría esconderse ese sádico. Recorrimos la ciudad como perros de caza, sin descanso, hasta que finalmente lo encontramos casi al amanecer.

Estaba en un tugurio infestado de humo, alcohol barato y carne cansada. Rodeado de prostitutas. Riéndose.

Y ahora cruzo la puerta de la habitación.

—Largo —gruño.

Mi voz corta el ambiente como una cuchilla. Detrás de mí, Milos avanza con el arma en la mano.

Bogdan se endereza despacio, sin apuro, como si me hubiera estado esperando. Las mujeres reaccionan al instante: gritos ahogados, cuerpos desnudos huyendo, tacones chocando contra el piso mientras salen a las corridas.

—Mira quién vino a unirse a la fiesta… —dice, sonriendo—. Dominic Todorov en persona.

Inclina la cabeza, burlón.

—¿Qué pasó con la zorra del club?

Doy un paso al frente. Uno solo.

—No vuelvas a nombrar a mi mujer —espeto, con la voz baja, peligrosa—. O voy a dejar que Milos te llene el cuerpo de plomo.

Bogdan alza las manos en falsa rendición.

—Tío, no te pongas violento. Fue solo un comentario.

Le da un trago largo a la botella de whisky sin apartar la mirada de mí.

—Entonces… —se limpia la boca con el dorso de la mano— ¿qué quieres de mí?

Siento cómo la furia me quema por dentro.

—Hubo una orden —escupo—. Tu nombre aparece vinculado a la muerte de Natasha.

Avanzo otro paso.

—Mi esposa estaba embarazada y la asesinaron.

Por un segundo, muy breve, algo cruza por su mirada. Pero enseguida vuelve esa sonrisa de mierda.

—Me hubiera encantado volarle los sesos a esa perra —suelta con cinismo—, pero no fui yo.

La mandíbula se me tensa.

—No te creo, engendro —rujo, a centímetros de su cara.

Bogdan niega despacio, casi divertido.

—No ganaba nada con su muerte.

Hace una pausa. Demasiado calculada.

—Además… —ladea la cabeza— ¿estás seguro de que ese hijo era tuyo?

Lo agarro de la camisa y lo estrello contra la pared. La botella cae y se rompe en el suelo.

—¿Qué estás insinuando? —le escupo en la cara.

Se encoge de hombros, incluso así, atrapado.

—Solo digo lo que todos saben… —sonríe—. Cornudo.

Lo suelto de un empujón. Bogdan cae al piso con un golpe seco.

Aprieto los puños. El corazón me retumba en el pecho, como si se estuviera rompiendo en mil pedazos, uno por uno.

Me doy la vuelta sin mirarlo.

—Dale un escarmiento, Milos —ordeno—. Pero no lo mates.

Salgo del lugar sin volver la vista atrás. Porque dispararle sería fácil. Y yo necesito algo más que sangre, necesito la verdad.

Horas más tarde

Estuve conduciendo sin rumbo fijo, todavía martillándome la cabeza lo que dijo el engendro de Bogdan, pero había una urgencia por tener certezas. Y después de pensarlo con frialdad vine al casino de uno de los lideres de la mafia. August Belsky, un viejo que sabe hasta los oscuros secretos del papa, sobre todo es neutral.

Camino por los pasillos alfombrados siguiendo a su mano derecha. Cada paso se hunde apenas en la alfombra, como si el lugar quisiera tragarse el sonido. El murmullo lejano de las mesas de juego se apaga cuando llegamos a una puerta oscura. Un golpe seco. Un gesto. Paso.




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