Dos días después
Kazanlak
Arianna
Las imágenes aparecen en mi mente confusas, cambiantes, opacas, como recuerdos que caen uno tras otro, fichas de dominó empujándose sin piedad desde mi infancia hasta mi vida adulta. Una en particular me envuelve: yo observando a mi madre bailar, irradiando esa energía que llenaba el escenario, extendiéndome la mano para que la acompañe.
Quiero alcanzarla, pero una voz surge de fondo, lejana, insistente. No logro distinguirla del todo. Solo sé que me arrastra de regreso, que me suplica que no me rinda.
Entonces vuelve el olor a humo. El calor abrasador de las llamas. Los gritos, el pánico. Y lo recuerdo con claridad: estoy en la bodega, golpeando frenéticamente la puerta, el aire escapándose de mis pulmones, los disparos resonando afuera. Y otra vez esa voz, ahora más nítida, más fuerte.
—Mi fiera… despierta, vuelve a mí —suena rota, cargada de dolor—. Despierta, Arianna —añade, suplicante.
Aprieto los labios. Me esfuerzo por abrir los ojos, pero algo me lo impide, como una mano presionándome el pecho. Insisto, con más fuerza.
Abro los ojos de golpe con un jadeo. El pecho me arde. El corazón me late desbocado, como si todavía estuviera corriendo entre las llamas.
—Tranquila… —una voz grave, ronca, conocida—. Ya pasó, mi fiera.
Parpadeo varias veces. La luz blanca me lastima. El olor a hospital reemplaza al humo, pero el miedo sigue ahí, aferrado a mis huesos.
Y entonces lo veo. Dominic está sentado a mi lado, inclinado sobre la cama, con una mano aferrada a la mía como si temiera que desaparezca. Tiene el rostro ojeroso, la mirada hundida, la barba crecida de varios días. Parece agotado. Roto.
Mi estómago se contrae, entonces la imagen de la foto irrumpe en mi mente sin aviso.
Dominic junto a Viktor Dragomir, su vínculo, la sangre que comparten.
Retiro la mano de golpe, como si me quemara.
—Aléjate —digo con la voz quebrada.
Dominic se queda inmóvil, con la mirada confusa, el rostro desencajado.
—Arianna… —susurra—. Estás a salvo. Nadie te hará daño… tampoco a nuestro hijo.
Intenta acercarse. Retrocedo.
—¡No me toques! —le grito, incorporándome con dificultad—. ¡Vete! ¡Lárgate de aquí!
Se levanta despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romperme aún más.
—Tienes que tranquilizarte —dice con cuidado—. Por el bebé. —Hace una pausa—. ¿Por qué no me dijiste que estabas embarazada?
Suelto una risa amarga, sin humor.
—¿Para qué? —escupo con rabia—. Este bebé es mío… solo mío. Y no dejaré que le hagas daño.
—¿Qué te pasa, mi fiera? —pregunta con la voz temblorosa—. ¿Por qué quieres alejarme de ustedes?
—Porque me usaste —respondo sin rodeos—. Como a una más de tus putas. Para quedarte con Divinas. Para tener el control total de Kazanlak.
Niega con la cabeza.
—No. No es así.
—¡Claro que sí! —las lágrimas empiezan a caer sin permiso—. Me mentiste. Me ocultaste quién eras. Me ocultaste que eres igual que Viktor Dragomir.
Su rostro se tensa.
—No soy como Viktor.
—Son medio hermanos —le recuerdo, con veneno—. La misma sangre. El mismo infierno.
Da un paso hacia mí, desesperado.
—Aunque te cueste creerlo, yo no soy él —dice con la voz rota—. Te amo, Arianna. Te amo con mi vida. —Aprieta los puños—. Tenía miedo. Miedo de perderte si sabías la verdad. Eso es todo.
—¿Amor? —susurro—. ¿Sabes lo que me hizo Viktor?
Baja la mirada.
—Por culpa de él, Lucca me traicionó. Por culpa de él fui presa —digo, ahogada—. Por culpa de él perdí a mi bebé.
El silencio se vuelve insoportable.
Dominic alza la vista, devastado.
—No lo mencionaste… —murmura.
—Jamás te voy a perdonar por mentirme —sentencio, con la furia vibrándome en la voz—. Jamás. —Le señalo la puerta con la mano temblorosa—. Vete. No quiero verte. No quiero nada de ti.
Se queda unos segundos más, como si buscara una grieta para reparar lo irreparable.
—Cuídate… cuida a nuestro bebé —pide en voz baja, con la mirada rota.
Sale. La puerta se cierra y entonces me quiebro. Lloro sin sonido, abrazándome el vientre, sintiéndome traicionada, sola, rota, pero me odio…odio que me duela que se vaya.
Al día siguiente
Obligada, sigo en el hospital. O más bien en observación, por haber estado expuesta al humo. Los médicos insisten en controlar que no aparezcan complicaciones con el bebé: problemas respiratorios, cardíacos y otras palabras que escucho sin terminar de comprender del todo.
Aquí sigo encerrada pensando, porque por más que intente convencerme de que no me afecta, no puedo. Me duele la discusión con Dominic. Me duele su traición, sus mentiras. Y aun así… lo pienso. Lo extraño. Ese es el golpe más bajo.
De repente, la puerta se abre despacio.
Desvío la mirada esperando verlo a él, pero no. Es Petar. Se queda quieto unos segundos, observándome en silencio, como si midiera cada palabra antes de hablar.
—Dominic no se despegó de ti en todos estos días —dice al fin—. Y sigue preguntando por tu estado de salud… y por el bebé.
Aprieto los labios. Cruzo los brazos sobre el pecho.
—¿Acaso pretendes que olvide sus mentiras? —respondo, furiosa—. ¿Viniste a pedirme que lo perdone?
Petar suspira.
—Antes incluso de que empezaran su relación, él ya te cuidaba —dice con calma—. Piénsalo. Aún estás a tiempo de recapacitar.
—Si viniste a intervenir por él, pierdes tu tiempo —sentencio—. No lo voy a perdonar.
—No te ciegues por el odio, Arianna —pide, ahora con la voz más firme—. Ese hombre te ama. Lo ha demostrado de mil maneras.
Niega apenas con la cabeza, como si aún no pudiera creerlo.
—Te rescató del incendio. Recibió balas de la gente de Viktor por protegerte…
Se acerca y se sienta en la silla junto a mi cama, invadiendo mi espacio sin tocarme.
—Ya tiene a su gente moviéndose para atacar a Viktor —continúa—. Por lo que pasó en Divinas. Porque casi mueres. Por las muertes de Carla y de Russell.
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Editado: 07.11.2026